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barceloneando

Muertos que están muy vivos

OLGA
Merino

É rase una vez, en los primeros versículos del Génesis, cuando del barro y la nada surgió un polígono en lo alto del cerro, bautizado en el origen de los tiempos como Ciudad Meridiana. La mano demiúrgica del especulador apartó las tinieblas y comenzó a construirlo en 1964, al lado de la fábrica cementera de Montcada y sobre un terreno que había sido descartado por demasiado húmedo y en pendiente. ¡Un solar desechado incluso para asentar en él un cementerio!

Y hete aquí que, 50 años después, esta burbuja del extrarradio no está habitada por muertos, sino por 10.000 vecinos vivos y muy cabreados. Ayer, sin embargo, apenas salió a la calle una cincuentena de ellos en protesta por lo que más les duele: los desahucios.

Asentada sobre una vertiente del Turó de les Roquetes, Ciutat Meridiana es un ejemplo preclaro del urbanismo caníbal alentado durante el mandato del alcalde José María Porcioles, el más largo del franquismo (1957-1973). Ya las crónicas de los años 70 hablan del desaguisado tremendo cada vez que llovía sobre un polígono con cañerías incapaces de drenar, de manera que las aguas residuales inundaban los pisos, y no solo los más bajos. Por no hablar de las cuestas a repechar cargando con las bolsas de la compra: un desnivel de 30 metros separa la avenida Rasos de Peguera de la calle Agudes.

Hoy en día, es innegable que la barriada ha ganado en accesibilidad, con el metro ligero, y en equipamientos públicos. Pero Ciutat Meridiana no se ha convertido precisamente en un resort residencial; las tasas de paro se desbordan y el 40% de la población es nouvinguda, un eufemismo empleado para hablar de gentes que a menudo las están pasando canutas. Son tantos los desalojos de viviendas —el porcentaje más elevado de Barcelona— que el sector ya se ha ganado el sobrenombre de Villa Desahucio: un centenar en lo que va de año. Y para este lunes, la asociación de vecinos tiene contabilizadas tres posibles ejecuciones, según confirma su presidente, Filiberto Bravo (Almoharín, Cáceres, 1952).

Filiberto, con su perilla y gafas trotskistas, le conocen en el barrio como Fili. Un hombre que llegó a estas tierras con 15 años para trabajar luego como cortador en la industria textil, y tan comprometido con la causa vecinal que en su avatar de Whatsapp se ha puesto una foto con los ojos del acueducto que corona el barrio, el mismo que lucen los manifestantes impreso en las camisetas color pistacho y bajo el lema: Ciutat Meridiana resiste.

Fili está que trina. «Temo que después del paréntesis de las elecciones vuelvan a la carga y hagan otra sangría con los desahucios», dice.

Desde la Plaza Roja del barrio, caminamos codo a codo entre el puñado disperso de personas que ayer transitaron por un trozo de la C-17 y dos carriles de la Meridiana con el fin de reclamar visibilidad para un drama social. Un problema con nombres y apellidos de Ecuador, República Dominicana, Colombia, Nigeria… El patrón parece repetirse idéntico: sueldos decentes con la bonanza, sobre todo en el sector de la construcción, hipotecas a tutiplén, desempleo, crash de la burbuja inmobiliaria, desahucio, deuda. Ni en una pesadilla de las de Kafka.

Ahora, en un cambio de protocolo, los desahucios por ocupación se ejecutan por la vía penal, sin la comitiva judicial y sin avisar a los servicios sociales. Por sorpresa, y con los mossos de entrada.

Viento de cara

En algunos tramos del trayecto hacia Fabra i Puig, el viento soplaba de cara y con tanta fuerza que a los convocados les costaba lo suyo mantener recta la megapancarta que encabezaba la marcha. Algún claxon solidario saludaba, igual que cuando gana el Barça. La mani, convocada por la Associació de Veïns de Ciutat Meridiana y la plataforma 500x20, era modesta pero ruidosa, y los participantes coreaban consignas durante la caminata para darse ánimos: Únete, no me mires, úneteSi esto no se apaña, caña, caña, caña¿Qué pasa?, ¿qué pasa? Que no tenemos casa. Y el clásico de las últimas temporadas: No hay pan para tanto chorizo.

La asociación de vecinos no pide el voto para nadie. Fili habla claro al respecto: «Ninguno, ninguno, ninguno —sí, lo recalca tres veces— de los candidatos ha llamado a nuestra puerta para preguntar qué está sucediendo en el barrio». Ni siquiera, insiste, Ada Colau, que lanzó su carrera política desde la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. «Gane quien gane las elecciones, nos tendrá de frente, no al lado. Este  barrio no significa nada para ellos; somos un apéndice incómodo de la ciudad», remacha el portavoz vecinal.

La comitiva cogió el metro en Fabra i Puig y se desplazó hasta el Casino L'Aliança del Poblenou para saludar a los alcaldables, antes del debate, con bronca y pitos.

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