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el personaje de la semana

El negociador de la corte de Mas

El 'conseller' de Territori es un liberal que ha hecho del diálogo con el Ministerio de Fomento su línea de actuación en un momento en el que la tirantez entre Catalunya y Madrid es extrema. Sus aptitudes le colocan en la línea sucesoria pero su actitud pa

CRISTINA BUESA

Santi Vila es un liberal. Y liberal viene de libertad. Es un hombre que va por libre. Bajo la apariencia de persona obediente, de orden, se esconde un conseller difícil de clasificar, tanto para propios como extraños. Esta semana ha vuelto a demostrar que su apuesta absolutamente personal de buena relación con el Ministerio de Fomento le da frutos.

El día que aterrizó en el departamento de Territori i Sostenibilitat, el 27 de diciembre del 2012, fue revelador. Cuando su antecesor, Lluís Recoder le entregó la cartera (tal cual) alertándole de lo que le esperaba y mientras los focos grababan cada gesto, él ya avisó, sonriente, de que aplicaría la «presunción de bondad» hacia su interlocutora en Madrid, la ministra Ana Pastor.

Ella también había sido hábil y la noche anterior le había llamado para felicitarle por el nombramiento, algo que otros en Catalunya no habían hecho aún. De esa premisa inicial de considerar que desde Madrid podía llegar alguna buena intención, muchos pensaron que los hechos le llevarían la contraria. Pero dos años y dos meses después, Vila muestra una hoja de servicios con numerosos acuerdos con Fomento (algunos más sobre el papel que en la realidad) en una legislatura en la que saltan las chispas entre los dos gobiernos.

Santi Vila nació en 1973 en Granollers (Vallès Oriental) por cosas del destino familiar, pero creció en Figueres (Alt Empordà). Historiador de formación, se convirtió en alcalde en el 2007 aunque sus ocho años en la oposición ya demostraron que sus formas eran distintas. Por ejemplo, se puso de lado del alcalde Joan Armangué (PSC) en el plan urbanístico de la avinguda de la Nova Estació, lo que le valió aparecer en pancartas críticas junto al nombre del alcalde. Su madre llegó a preguntarle cómo podía ser que saliera en esos carteles si era concejal del otro bando. Ya entonces se intuía que prefiere actuar al dictado de su conciencia que de lo que marca el ring político.

Un hombre de grises

Participó en el movimiento escolta en su juventud y de esa etapa cuentan quienes compartieron campos de trabajo con él que era un líder nato. En La Salle, donde estudió, había quien le aventuraba un futuro en la política. No esconde que flirteó con las juventudes de ERC y tuvo maestros de las filas del PSC como Josep Pallach. De hecho, se autodefine como un liberal de izquierdas. Pero esta y cualquier otra afirmación sobre sí mismo siempre se debe relativizar. Escéptico, socarrón, un punto tocado por la tramontana, le molestan quienes ven las cosas en blanco o negro.

De esa forma de tomarse la vida y las directrices marcadas nacen los resquemores entre sus propias filas. Se le ha colgado el cartel sucesorio en el caso de que el president Artur Mas fracase en su plan soberanista, pues a veces ha expresado sus discrepancias sobre el rumbo que ha emprendido Convergència Democràtica de Catalunya. Ha jugado el papel de moderado y dialogante, en un momento en el que la coyuntura pedía ponerse en un bando u otro.

En los primeros meses de su mandato como conseller de Territori ya se le catalogó como un verso libre, algo que ha mantenido y le ha provocado no pocas llamadas de reprimenda. Hubo quien temió por su continuidad en el Govern si Mas afrontaba una remodelación aunque los calendarios electorales y el hecho de que ERC no entrara en el Ejecutivo le han mantenido en la silla con sus negociaciones posibilistas con Fomento.

Provocador con perfil propio

Rechaza que se le tilde de nacionalista por las connotaciones negativas que a su modo de ver destila. En verano, pidió erradicar los «comportamientos adolescentes» en el seno de su partido para alcanzar la independencia, reivindicó la figura de Puig i Cadafalch por encima de Francesc Macià o Lluís Companys y defendió el papel de árbitro del Tribunal Constitucional en pleno enfrentamiento con el Estado por la consulta del 9-N.

Verbalizar todas estas opiniones le ha dado visibilidad, para bien y para mal. Ahora hace un año se publicó Un perfil propi, del periodista Francesc Soler, sobre el personaje, que abonaba esa fama de inclasificable y autónomo. Otra pasión confesada y políticamente incorrecta son los toros. Va solo una vez al año a una corrida en Céret (Vallespir), en la Catalunya Nord, pero la boutade responde una vez más a ese deseo transgresor, libertario, contrario a las imposiciones.

Y con todo esto, es extraño que borre la sonrisa, algo que descoloca a veces al interlocutor. Seductor, buen orador y muy accesible para los medios de comunicación, Santi Vila escucha y asiente. Aunque se discrepe de lo que piensa, el otro siempre acaba teniendo la sensación de que ha alcanzado un acuerdo. Y él siempre subraya que la botella está medio llena, no lo contrario. H

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