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Así fue el 2014

El año en el que se desbordó el vaso

Ha sido el año de la consulta -o sucedáneo- del 9-N. También el año en el que se ha consolidado Podemos, una insólita alternativa política hija del movimiento del 15-M. Dos tsunamis de largo alcance cuyas primeras consecuencias veremos en próximos meses

JUANCHO DUMALL

¿Tienen los años un perfil propio, algo que les distinga para la historia de los anteriores o los posteriores? ¿Podemos fragmentar con rigor el continuo histórico en periodos estancos de 12 meses? Seguramente, no, pero sí hay años de resonancias incontestables. Para nosotros, 1936 siempre será el año de la guerra civil; 1992, el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona, y el 2001, el de los atentados de las Torres Gemelas. La siguiente pregunta es si el 2014, el año que se nos va, tiene algún hilo conductor, alguna etiqueta que sirva al menos para catalogarlo en los tradicionales resúmenes anuales de los medios de comunicación como este. Aquí va una calificación que debe ser contrastada en el futuro inmediato, pero que puede recoger el aroma de estos  tiempos convulsos: el 2014 fue el año en el que la gota derramó el vaso.

Han sido, en Catalunya y en España, 12 meses crispados, con un hilo conductor que puede resumirse en el término hasta aquí hemos llegado, como síntesis de un hartazgo irreversible. La sociedad tragó mucho en los años en los que la economía iba aparentemente bien. Toda burbuja es bella cuando se hincha y brilla a la luz del sol. Había calma chicha en la política, con un turno PP-PSOE garantizado por el sistema electoral, pese a una corrupción desbocada. El soberanismo catalán se rebelaba, pero sin ir mucho más allá de las manifestaciones masivas del pataleo colorista. El mundo, bajo la mirada blanda de Obama, parecía digerir la globalización que implicaba la decadencia económica de Europa, el ímpetu expansivo de China y la consolidación del poderío militar de EEUU tras las horribles y fallidas guerras de Afganistán e Irak.

AÑO BISAGRA. Pero del enorme hartazgo de la crisis financiera internacional, que viene del 2007, ha cristalizado este año en fenómenos que cambiarán nuestras vidas. No, no hay a la vista un nuevo orden internacional. Pero en los planos más locales tenemos un conjunto de síntomas que han tomado cuerpo en el 2014 hasta convertirlo en un año bisagra. Sin el estruendo, desde luego, del de hace un siglo, el 1914, inicio de la Gran Guerra; ni con la sensación de borrón y cuenta nueva que marcó entre nosotros el 1975 de la muerte de Franco.

En Catalunya, el 2014, el año del Tricentenari, ha sido el de la crecida independentista, seguramente la más fuerte de su historia, con el imponente colofón de una consulta que, pese a ser imperfecta, tortuosa en su convocatoria, despreciada por muchos, y de no venir precedida de un debate profundo en la sociedad catalana, fue un éxito de los convocantes, pese a no resolver, porque era imposible, el pulso entre los catalanes que quieren un Estado independiente y quienes optan por un reacomodo de Catalunya en España. En cualquier caso, el 9-N, precedido de la enorme trompetería historicista del tricentenario de la caída de Barcelona en la guerra de sucesión, es un hito de dimensiones colosales en la historia del país y un reflejo de que la sociedad catalana, cuya mayoría anhela ser consultada sobre el futuro de su territorio, no se conforma con el tradicional juego de tensiones Madrid-Barcelona desde que se recuperó la democracia. La gota ha desbordado el vaso. Lo hizo sobradamente con la V del Onze de Setembre, un rotundo éxito del independentismo y, por ello, una de las fechas clave del año que termina. La querella presentada por la fiscalía contra el president de la Generalitat, Artur Mas, añade tensión al proceso y su evolución en los juzgados será, sin duda, uno de los grandes asuntos del 2015.

El gran borrón en el campo del nacionalismo catalán fue la confesión realizada el 25 de julio por el expresident de la Generalitat Jordi Pujol, quien emborronaba su legado de padre de la patria con la muy prosaica admisión de que tenía una fortuna en el extranjero que no estaba declarada a las autoridades fiscales españolas y que muchos piensan es la tapadera del súbito enriquecimiento de varios miembros de la familia de Jordi Pujol al calor de su pasado poder institucional. Tras años de rumores no contrastados sobre las millonarias corruptelas de la familia del padre del moderno nacionalismo catalán, llegó la gota que derramó el vaso en forma de confusa confesión veraniega.

las  tARJETAS. Pero si los síntomas de agotamiento del statu quo han sido evidentes en Catalunya, no menos lo han sido en España. El 2014 será el año de la irrupción de Podemos, pero también del fin de la incomprensible tolerancia con la corrupción política. Después de la inacabable lista de casos de turbios manejos del dinero público, han sido las tarjetas black de Bankia las que han terminado por poner ante la opinión pública el insoportable monstruo de la corrupción. Es seguro que seguirá habiendo casos, pero lo que hasta ahora parecía una lluvia fina que apenas calaba el cuerpo del electorado, ahora se ha convertido en un huracán frente al que se ha levantado el muro de la regeneración democrática, que amenaza con llevarse por delante el bipartidismo tradicional en el sistema español.

Si Pablo Iglesias compite con buenos argumentos para convertirse en personaje del 2014 es porque su formación política ha sido, independientemente de cómo le traten las urnas en futuras elecciones, el elemento efervescente que ha derramado el vaso. La llegada impetuosa de Podemos ha sido, no obstante, la punta del iceberg de la imparable pulsión renovadora que ha traído el 2014, cuyo efecto más importante ha sido la abdicación del rey Juan Carlos I y la llegada al trono de su hijo, Felipe VI, quien comienza el reinado como un propósito de enmienda de la institución en relación con los aspectos menos presentables del periodo de su padre, fértil en cuanto a la convivencia y a la recuperación de la democracia, pero turbio sobre los límites de los poderes del Rey en el terreno privado.

La sacudida regeneracionista no se ha quedado en la Zarzuela. Otras instituciones del Estado, como el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal  de Cuentas o la Fiscalía General del Estado han vivido crisis y relevos. Y lo mismo ha ocurrido en las formaciones políticas, con la excepción del PP, donde han aparecido caras jóvenes que tratan de huir del estigma de la vieja política.

DEL 'FRACKING' A CUBA. También ha sido el 2014 el año en el que se derramó el vaso en el campo internacional. El más espectacular de los cambios es el muy reciente anuncio de restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, un giro que supone un añadido a la caída del muro de Berlín hace 25 años y que augura cambios políticos profundos en Latinoamérica.

El nuevo equilibrio mundial se sustenta en un nuevo mapa de la energía, en el que Estado Unidos, merced a sus grandes inversiones en fracking, ha logrado el autoabastecimiento, lo que, de rebote, ha supuesto una gran bajada de los precios del petróleo en los mercados internacionales que ha terminado por desestabilizar economías como la de Rusia. Si Vladimir Putin empezó el año desafiando a Europa y Estados Unidos con su anexión de la península de Crimea y el despliegue militar en otras regiones de Ucrania, lo termina pidiendo la hora, con el rublo por los suelos como consecuencia del hundimiento de los precios de la energía.

El otro foco de tensión internacional del 2014 ha sido el avance del yihadismo en Siria e Irak. La guerra contra el Estado Islámico continuará en los próximos meses con su espiral de odio, muerte y desolación. Los fracasos de muchas de las primaveras árabes y el encono en el eterno conflicto entre palestinos e israelís no permiten ningún optimismo sobre esa atormentada zona del planeta.

2014 ha sido, en conclusión, el año de múltiples hartazgos que solo vaticinan grandes cambios. Tanto en España como en Catalunya los veremos dentro de muy pocos meses. H