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LOS ESPAÑOLES HABLAN DEL PROCESO SOBERANISTA

La independencia queda lejos

Los gallegos ven el nacionalismo catalán con una mezcla de fascinación y envidia. Y alguna sombra de recelo

ELOY CARRASCO / SANTIAGO

SALOMÉ MONTES / RICARD FADRIQUE

Unos pocos peregrinos con su kilométrica hazaña recién conquistada pasean la sandalia exhausta por la florida plaza Fonseca de Santiago este domingo en que las nubes, aquí siempres campeonas, se dejan ganar por una vez. Queda una mañana cálida y apta para la tertulia a cielo abierto, cosa rara, y tres gallegos intentan echar sus rayos de luz particulares a esa bruma lejana que les llega como "el proceso" de Catalunya. Emilio Arias, originario del municipio lucense de O Saviñao, de 53 años; Mercedes Espiño, pontevedresa de 58, y Millán Fernández, nacido en Lugo hace tres décadas justas, se acercan a estos capítulos convulsos con ópticas diferentes. La escalera huye del tópico. Sube y baja. Galicia es tierra de independencia a la fuerza, arrinconada geográfica y metafóricamente por el abandono al que la sometieron durante décadas tantos gobernantes (empezando por el paisano innombrable que murió en la cama); tierra de gente con la patria a cuestas, factoría de emigrantes. Quizá por eso existe en muchos gallegos un fuerte nacionalismo latente que les hace percibir con una mezcla de fascinación y deseo lo que se agita en la otra punta de la península.

No se trata, sin embargo, del caso de Emilio Arias, licenciado en antropología y consultor de empresas; un hombre que ha hecho un par de veces ese trayecto vital, de un extremo a otro de España: nacer en una aldea de Lugo, crecer en el aluvión de nómadas que era L'Hospitalet de Llobregat en los 70 y volver a Galicia ya como un adulto y padre, con el pellizco del desarraigo en el pecho. Lo que ocurre en Catalunya, opina, es producto de "un nacionalismo decimonónico enclaustrado en viejas posturas de poder" con el que se han "movilizado sentimientos para usos espurios y de dudosa viabilidad".

Es distinto el diagnóstico de Mercedes Espiño, profesora de lengua gallega en el instituto Eduardo Pondal de Santiago. "En el Estado español -dice con admiración-, Catalunya ha sido siempre la cabeza de los movimientos por la identidad. Aquí hay mucha gente interesada en esto porque se ve como un modelo para el futuro de Galicia, teniendo en cuenta que aún no estamos preparados para asumir unas reivindicaciones tan ambiciosas".

El joven politólogo Millán Fernández, otra generación al habla, argumenta que "Catalunya está dando ejemplo, como tantas veces en la historia, de cómo reclamar derechos sociales, civiles y políticos", aunque incorpora un matiz: "Independentismo es cuando el pueblo reclama para sí la soberanía y la democracia, que hoy están secuestradas por la troika y las élites políticas y económicas corruptas". Y no es ese concepto de independentismo el que, a su entender, se lee en el libreto de Artur Mas, a quien ve como un mero representante "del capitalismo desaforado que lleva al desastre". Espiño no va tan lejos: "Yo creo que el independentismo significa un cambio real en sí. La soberanía es una herramienta y hay que votar".

Aceptan los tres que un proceso enrevesado como este no se interpreta del mismo modo desde Santiago que desde Guadalajara, por ejemplo. "Galicia es una comunidad -explica Arias- que siempre se quiso equiparar a Catalunya, se la ve con cierta envidia, pero por eso mismo se puede pasar rápidamente al recelo". "No olvidemos -tercia Fernández- que Galicia es el reservorio del fascismo español". Espiño apunta que, al menos en su entorno cotidiano, se puede detectar tanto a quienes están "de acuerdo en que los catalanes voten" como a otros que enarbolan el "¿qué se han creído estos que nos roban?".

EL FUTURO DE ESPAÑA

¿Y qué sería de España, desde el punto de vista gallego, con un muñón en los Monegros si se consumara la mutilación catalana? "Para Galicia, un desastre", sospecha Fernández. "La independencia de Catalunya provocaría una recentralización del Estado y mataría cualquier ansia de libertad gallega. Seríamos borrados del mapa como país". Arias considera que España "es una entelequia en la que Catalunya no se siente cómoda", pero vaticina que "si se fuese, en realidad no se iría, porque este es un mundo global". Espiño, por su parte, no intuye una "ruptura emocional". "No es nada tan terrible, es un deber histórico". Como profesora de lengua gallega, pone el acento en la "defensa del idioma de la que hacen gala los catalanes", y se duele de que Rajoy, tan compostelano como cualquier vieja pared de esta ciudad, se niegue a expresarse en su lengua materna "a pesar de que su abuelo fue uno de los promotores del Estatuto gallego" de 1932.

El "proceso catalán", en fin, es una consecuencia "inevitable" que se fortaleció tras "la frustración del Estatut del 2006", en palabras de Millán Fernández. También ha crecido, agrega, por la decadencia y crisis de los "estados nación, con miseria, desahucios y el desmantelamiento de la sociedad a manos del poder excesivo de la banca y unas élites corruptas, incluida la monarquía". Sin olvidar, recuerda, el empujón que han dado figuras como "un ministro (Wert) que promueve la españolización de los niños catalanes". Emilio Arias, aun asumiendo todo lo enunciado por el contertulio, cree que asistimos a "un espectáculo sin justificación" que "condena a tomar posturas irreconciliables sin visos de futuro ni de entendimiento". Propone "pensar más y sentir menos" y, puestos a pedir, "que sea Madrid la que se borre de España".

¿Qué opinas de cómo ven a Catalunya desde el resto de España?