09 jul 2020

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DEBATE DE POLÍTICA GENERAL EN EL PARLAMENT

Mas y Junqueras ponen tierra de por medio antes del 9-N

El 'president' y el líder de ERC exhiben fuertes tensiones en la recta final del proceso

El dirigente de CiU rechaza las ofertas de Esquerra y PSC para evitar las elecciones

JOSE RICO / BARCELONA

Catalunya vuelve a estar en precampaña electoral, si es que alguna vez ha dejado de estarlo. Artur Mas Oriol Junqueras han decidido iniciar los trámites de divorcio casi dos años después del matrimonio de conveniencia soberanista que CiU y ERC firmaron y al que, un año más tarde, le pusieron una fecha que todo apunta a que será la de caducidad: el 9 de noviembre. El presidente de la Generalitat y el líder de ERC, cuyo trato mutuo siempre había sido exquisito, exhibieron ayer por primera vez sus diferencias en la recta final del proceso soberanista, hasta el punto de que Mas rechazó el flotador que le lanzó Junqueras para evitar las elecciones anticipadas: gobernar juntos. Es el ruego que tantas veces le había hecho en el pasado a los republicanos, pero que ahora llevaba parejo el peaje, impagable para CiU, de tener que desafiar la legalidad del Estado. El aroma preelectoral impregnó definitivamente el hemiciclo cuando el president hizo oídos sordos al otro pretendiente que le cortejó, el PSC.

Esta ofensiva in extremis para intentar evitar otro abrupto final de legislatura demostró que ni siquiera a la musculada ERC le convienen unas elecciones anticipadas que, si las encuestas aciertan, llevarían a Junqueras al Palau de la Generalitat y, probablemente, a tener que satisfacer a los partidarios de la declaración unilateral de independencia. Pero con su empeño por desdeñar cada uno de estos auxilios envenenados, Mas mostró su resignación a sacar las urnas -pero las de toda la vida, y no las del 9-N- para intentar escapar del laberíntico escenario actual.

Emparedado entre la espada de la presión independentista -que en la reciente Diada le empujaba en dirección a la desobediencia civil- y la pared de la legalidad estatal -cuyo Gobierno volvió a mostrar ayer su hostilidad con la amenaza del ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, de suspender la autonomía catalana si hay desacato al Tribunal Constitucional, de la que se desmarcó Moncloa-, Mas planteó el lunes un órdago a Junqueras poniendo a prueba su disponibilidad a blindar la «unidad» de las fuerzas soberanistas cuando, en muy pocos días, sea el momento de buscar un recambio para la consulta. Pero el líder de ERC, cuyo entorno se confiesa incómodo por la falta de concreción del jefe del Govern en las últimas semanas sobre lo que hará cuando el Estado fulmine el 9-N, le dio la vuelta a la apuesta y, ejerciendo por primera vez como líder de la oposición, convirtió el reto en una patata caliente para Mas: aceptar lo que siempre ha anhelado (un Govern de coalición) pero no para salvaguardar la unidad soberanista, sino para consumar el desafío al Estado y sacar las urnas a la calle el 9-N con la legitimidad popular como la principal y más importante «garantía democrática» a ojos del mundo.

Mas, que no solo necesita blindar la unidad del frente soberanista, sino que ve a diario cómo se tambalea la unidad de CiU por el costado democristiano a medida que se acerca el 9-N, optó por desairar a su hasta ahora fiel socio y, aunque en la forma le dio largas, en el fondo rechazó su propuesta al afirmar que el plebiscito «ya está blindado». Pero ERC sospecha que detrás de ese blindaje se esconden unas elecciones de corte plebiscitario con el gancho de una candidatura unitaria entre convergentes y republicanos. Plan que podría salvar a CiU de la quema que le auguran la demoscopia, pero que podría lastrar la pujanza de ERC.

CANDIDATURA O ESPEJISMO / De ahí que Junqueras comenzase a enviar ayer señales de que no se dejará enredar, y si CiU termina por plegarse a las directrices del Tribunal Constitucional, cada uno tendrá que ir por su lado. La última frase del líder de ERC atronó como un auténtico obús: «Si alguien no esperaba la respuesta del Estado, es que no es merecedor de la confianza de los ciudadanos». La grosse koalition independentista parece más un espejismo al escuchar cómo el líder de ERC asumió con energía el reto de, llegado el caso, combatir a CiU en las urnas para cambiar la mayoría parlamentaria.

Herido por los dardos de Junqueras, Mas coqueteó en un primer momento con la posibilidad de buscar otro socio de gobernabilidad que le permitiese llegar hasta el 2016. Pero el azucarillo, que debía endulzar a un PSC en fuera de juego desde hace cuatro años, se diluyó en cuestión de minutos. El socialista Miquel Iceta, veterano en la brega política pero novato en un debate de política general, se había preparado para recoger el guante y tratar de colarse por las grietas del pacto CiU-ERC, a fin de neutralizar la amenaza de un nuevo retroceso electoral. Dos años de oxígeno para Mas a cambio de olvidarse del 9-N y abrazar la reforma constitucional federal. El president esquivó la red socialista y desechó el último cartucho que habría frenado los comicios, pero a costa de traicionar a las huestes independentistas.

ÁRNICA ECOSOCIALISTA / Mas encontró árnica en el tercer socio del frente soberanista. El líder de ICV-EUiA, Joan Herrera, tras atizarle sin tregua en el capítulo económico y social, salió de la trinchera para apoyarle en el llamamiento a la unidad como mejor anclaje para el 9-N. No pidió desobediencia -como sí hizo la CUP-, ni elecciones, que tampoco a los ecosocialistas pillarían en un buen momento ante la ebullición que se manifiesta a la izquierda de la izquierda. Solo Ciutadans, el otro extremo del tablero catalán, aplaudió con las orejas el horizonte electoral hacia donde Mas dirige ya su timón.