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ENTREVISTA CON EL CONSEJERO JURÍDICO Y EXPORTAVOZ DE HUMAN RIGHTS WATCH

Reed Brody: «España ya no es el templo de la justicia universal»

NÚRIA NAVARRO

AReed Brody le gusta comparar su activismo en Human Rights Watch con la tarea de Sísifo, condenado por los dioses a empujar una roca montaña arriba hasta la cima, para ver, impotente, cómo rodaba cuesta abajo y vuelta a empezar. Pues el mundo le proporciona a Brody un pedregal. Solo que, a diferencia de aquel tipo sufridor de la mitología griega, él y su equipo han logrado más de una vez que la piedra se quede arriba, quieta. El cazador de dictadores le llaman.

-Imponente apodo, señor Brody. 

-Es el título de un documental suizo sobre mi trabajo y se ha convertido en una inmejorable tarjeta de visita. Pero los tiranos que he cazado con éxito son pocos: Augusto Pinochet, Jean-Claude Duvalier e Hissène Habré.

-Eso es caza mayor.

-Son muchos más los casos que perseguí y no prosperaron. A George Bush, por ejemplo, por el trato a los prisioneros de su «guerra contra el terror». O al exdictador de Etiopía Mengistu Haile Mariam, que vive en Zimbabue bajo la protección de Mugabe. Creo que mi mayor contribución es en el caso de Habré, el exdictador de Chad responsable del asesinato de 40.000 personas y 200.000 torturados. He dedicado los últimos 15 años a perseguirlo y será juzgado por crímenes de lesa humanidad en mayo del 2015 en Senegal.

-En el caso Pinochet fue usted quien presionó a los lores para que le negaran la impunidad.

-Sí. Durante los ocho meses previos a la decisión de los lores hicimos un trabajo jurídico y político para allanar el camino a Garzón. Estuve dentro de las audiencias y encabecé el lobi de presión. Verá, los abogados que trabajamos en derechos humanos estamos acostumbrados a tener la razón y a perder, pero llegó el día y ganamos, y lo hicimos con el dictador icónico de América Latina. Vimos que teníamos en la justicia universal un instrumento para sentar en el banquillo a quienes parecían fuera del alcance de la justicia.

-Pinochet se quedó sin inmunidad y Garzón, sin empleo. Ya ve.

-Para los activistas de los derechos humanos Garzón era lo más parecido a una estrella de rock. Gracias a él cayeron muros de inmunidad. El problema es que cuando intentó hacer lo mismo en su país no se lo consintieron. Pero el perdedor no es Garzón, sino las víctimas de América Latina, de Guantánamo, de Nigeria, que sabían que en España había un juez y una ley a la que podían acudir.

-Ahora pasaron la ley por la piedra.

-España ha dejado de ser el templo de la justicia universal. Hoy la ley española no cumple ni con los requisitos mínimos internacionales. Tampoco la belga. ¿Explicación? El doble rasero se ha hecho muy evidente.

-¿En qué sentido?

-No se puede hacer abstracción del mundo político. Los países del Consejo de Seguridad, China, Rusia y EEUU, están totalmente protegidos y pueden proteger a sus aliados. China protege a Sri Lanka, Rusia a Siria, EEUU a Israel... Eso es así, y antes la grieta por la que forzar la justicia era la independencia de los jueces. En Bélgica estaba Damien Vandermeersch y aquí Garzón, a los que el poder no podía controlar. Pero los intereses políticos se encargaron de cambiar la ley y los jueces.

-Centrémonos en Israel y su invasión sobre Gaza en toda regla. 

-La matanza de los civiles en Gaza es una preocupación central en la agenda de Human Rights Watch. Pero no somos una organización pacifista, no tomamos partido en una acción militar. Sabemos que un conflicto no es sinónimo de crimen de guerra y que hay que trabajar sobre el terreno de manera independiente, escrupulosa y objetiva.

-Objetivo es que ya van más de 260 palestinos muertos -entre ellos niños- y dos israelís. Asimétrico es.

-Pero debemos identificar por qué han muerto, quiénes son, desde dónde les dispararon. Expertos militares de nuestra organización están estudiando los casos. Sé que la opinión pública preferiría que señaláramos a buenos y malos, pero no elaboramos panfletos. Analizamos y denunciamos. Eso requiere tiempo. Para tumbar a Pinochet hubo un trabajo previo de 25 años de reconstrucción de la memoria.

-A más información, menos rápida parece ir la condena.

-Depende de los gobiernos y de sus intereses económicos, pero creo firmemente en que los pueblos quieren un mundo justo. La cuestión es traducir eso en voluntad política. Y es posible. Yo lideré el movimiento contra la guerra de Vietnam y los norteamericanos llegaron a imponerse al Gobierno. Evidentemente, no es lo mismo cuando 50.000 norteamericanos mueren en una guerra internacional que los presos de Guantánamo. Pero para que los gobiernos apliquen una política consecuente de derechos humanos hay que obligarles a hacerlo.

-Ahora los derechos humanos se vulneran escandalosamente en el primer mundo.

-En España Human Rights Watch ha criticado la ley del aborto de Gallardón y ha hecho un informe sobre el trato a menores inmigrantes en las Canarias. Pero el país en el que más informes hacemos es EEUU. Sobre racismo, pena de muerte, condiciones laborales en empresas como Wal-Mart... Hay que ser paciente, perseverante, imaginativo.

-Ese tiempo de espera es intolerable para los que sufren injusticia social.

-El tercer mundo en el primero sobrecoge. Yo viví mis primeros 17 años en Fort Greene, un barrio negro de Brooklyn, donde trabajé para combatir la pobreza extrema. Entonces iba puerta a puerta. Hoy hablamos de justicia ambiental, denunciamos que las zonas urbanas pobres están más contaminadas y hay mayor riesgo de cáncer, por ejemplo. Algo ha cambiado. El arma contra la violación de los derechos humanos es «nombrar y avergonzar».

-Aquí nadie parece avergonzarse al nombrar el desahucio, la desnutrición infantil, el deterioro de las condiciones laborales.

-En EEUU, sí. Hemos visto más cambios a raíz de nuestros informes que en cualquier otro país. Hicimos uno sobre la acumulación de pruebas de semen y sangre de mujeres violadas que, por falta de recursos humanos o desidia, nunca fueron utilizadas para identificar a los violadores. Y las autoridades de California y

Washington ya han puesto los recursos para hacer justicia. En cambio sobre Siria hemos hecho infinitos informes, mostrando la ubicación de los centros de tortura, entrevistando a desertores, revelando nombres de oficiales que dieron la orden de matar. ¡Lo hemos hecho todo!

-Y Asad sigue en la presidencia.

-Este no es un buen momento para los derechos humanos. Pero toda tentativa es importante. Y nos animan éxitos como la creación del Tribunal Penal Internacional, el tratado internacional contra las minas antipersona, el fin del apartheid.

-Tiende al optimismo, ¿eh?

-Todos los sísifos estamos obligados. También sabemos que unos pocos pueden cambiar las cosas.

-Ojalá fuera así.

-Mire, en 1984, como toda la gente de mi catadura, me interesó lo que sucedía en Nicaragua. Viajé allí y me contaron las atrocidades de la contra, financiada según las víctimas por Reagan. Volví muy afectado a EEUU y abandoné mi trabajo de fiscal de Nueva York para el derecho de los consumidores, para horror de mi padre, que, después de todo el tormento de Europa, valoraba por encima de todo la estabilidad.

-Una inquietud justificada.

-Pues volví a Nicaragua y elaboré un informe con 250 testimonios de las atrocidades. Reagan había calificado a la contra como el «equivalente moral de los padres fundadores de EEUU» y dos semanas después mi informe aparecía en la primera página de The New York Times. Se desató una tormenta y el Congreso acabó votando en contra de la ayuda a la contra, y de paso cerró el grifo de la venta de armas a Irán que financiaba esa ayuda.

-¿Y usted salió indemne?

-No. Fui atacado directamente por Reagan, que dijo que «el autor del informe» estaba pagado por los sandinistas. La presión fue en aumento y acabé refugiándome en Ginebra durante un tiempo.

-¿Pagar precios como ese merece la pena?

-Absolutamente.

-Y hasta creerá en la Justicia, así, en mayúsculas.

-Martin Luther King decía que «el arco del universo moral es largo pero se inclina hacia la justicia». Vivimos en un mundo más justo que hace 100 años, de eso no hay duda. Y frente a las prerrogativas del poder económico, los defensores de los derechos humanos debemos seguir presionando. Somos mayoría. H

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