04 abr 2020

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ANÁLISIS

Cómo cambian las cosas

Jordi Pujol

El 22 de abril de 1988, en el Palau de la Generalitat y bajo la presidencia de los Reyes de España, se iniciaron los actos de conmemoración del Mil·lenari del nacimiento político de Catalunya. En mi discurso, en tanto que president, hice un repaso breve de la historia de Catalunya. Hasta finales del siglo XX. Llegamos a este punto, dije: «Con un desarrollo económico importante, con un modelo social característico y con una conciencia clara de pueblo catalán, de nación catalana. Tres rasgos básicos en la definición de la Catalunya moderna».

Y terminé el discurso en castellano: «Esta vocación europea y europeísta de Catalunya, que le viene desde el origen , que recorre toda su historia y que hoy está viva como nunca; esta ambición que tuvieron Barcelona y Catalunya de ejercitar un gran papel en el Mediterráneo, y que hoy vuelven a tener; este enraizamiento y esta fidelidad a lo que se es, combinados con una gran capacidad de cambio y de adaptación; este sentido de la tradición y de la permanencia, combinado con una vocación de apertura universal; esta capacidad de síntesis y de hacer de puente entre culturas; este país que es Catalunya, también con sus fragilidades y sus hándicaps, que la reflexión histórica nos recordará, con limitaciones que a veces llegan a ser graves pero que nunca nos han destruido, que siempre han constituido el estímulo de una superación; esta realidad de cultura, de lengua, de sentimiento colectivo, de voluntad de ser; todo este patrimonio, toda esta herencia, todo esto, como catalanes y como españoles ¿cómo debemos utilizarlo en este final de siglo XX? Porque esta conmemoración que hoy iniciamos se hace para continuar. Se hace para aportar nuestro patrimonio a un proyecto. Y queremos que vos, Majestades, con lo que vos representáis, nos acompañéis en este proyecto. Por eso hemos pedido vuestra presencia en este primer acto».  Y añadí: «Que durante todo este proceso, y siempre, a todos nos acompañe el espíritu de concordia».

Este era hace 26 años el planteamiento que hacíamos desde Catalunya. Y al que a través del Rey invitábamos a toda España.

No sabemos qué motivo o motivos han hecho que el Rey haya decidido abdicar. Porque son muchas las cosas que desde el año 2000 hacia aquí se han estropeado en Catalu-nya. Y en España. No solo el proyecto que la Generalitat y mucha, muchísima gente, diversa, defendía entonces y que el acto del Palau de la Generalitat de 1988 definía. Hay en toda España una grave crisis institucional. Y un fracaso de proyecto. Que se puede superar. Pero a condición de ser conscientes de él. Quizá la abdicación del Rey podría hacerlo entender.

Pero puestos a entender la amplitud y la seriedad de la crisis española, es necesario que nadie haga la trampa de dejar de lado el tema de Catalunya. Y de seguir creyendo que con Catalunya España puede hacer trampa. Caer en esta tentación de creer que a Catalunya se la puede ir arrinconando políticamente, debilitando económicamente, poniendo en peligro sus servicios sociales y laminando su identidad es lo que ha llevado el espíritu que en 1988 nos permitía creer en un futuro muy positivo a una situación crítica. En muchos sentidos, pero también en el de la relación entre Catalunya y España.

La abdicación del Rey podría ser un toque de atención. ¿A quién? ¿Y con qué capacidad de impactar? Porque Catalunya ha quedado suficientemente escarmentada durante los últimos 15 años como para ahora renunciar por las buenas a la exigencia de trato justo como nación y cultura, como economía y como proyecto de progreso político y social. En 1988, y también más recientemente, había confianza. Ahora no hay. Por eso ha crecido el independentismo.