01 abr 2020

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ANÁLISIS

A la desesperada

Javier Pérez Royo

La abdicación del Rey se ha producido en un momento de profunda crisis del sistema político que se construye tras la muerte del general Franco. Es el resultado de la degradación acumulada a lo largo de casi cuatro décadas. Lo que se formalizó ayer no ha sido en realidad una abdicación, es decir, un acto voluntario, sino una renuncia forzada. La continuidad de Juan Carlos en la jefatura del Estado apuntaba de manera inequívoca a un fin de régimen, a la expulsión por tercera vez en nuestra historia constitucional de la dinastía borbónica y a la apertura de un proceso constituyente republicano.

Esto es lo que se pretende evitar con la sustitución de Juan Carlos por su hijo  Felipe. Es una operación desesperada para evitar el colapso de la Monarquía. Abandonada cualquier esperanza de recuperación con el actual jefe del Estado, se ha recurrido a su sucesor como al único clavo ardiendo al que se podía recurrir.

A diferencia de lo que ocurrió con el acceso a la jefatura del Estado del rey Juan Carlos a mediados de los 70,  que fue el resultado de una estrategia largamente meditada y planificada hasta en los más mínimos detalles, su abdicación ha sido una operación precipitada que se ha puesto en marcha porque no había más remedio que hacerlo. El hecho de que se haya hecho pública inmediatamente después de las elecciones europeas del 25 de mayo no hace más que confirmar esta impresión.

¿Puede una operación iniciada de esta manera ser el origen de una renovación de la legitimidad democrática del sistema nacido en la transición, que le permita proyectarse en los próximos decenios? Porque de esto es de lo que se trata. El sistema político español ha dejado de ser legítimo. La sociedad española no se reconoce en él. Se avergüenza de él y, como consecuencia de ello, se avergüenza de sí misma. Esto es lo primera que tenemos que resolver. No se puede vivir establemente con el nivel de autoestima por los suelos.

No creo que el rey Juan Carlos sea el principal responsable de este enorme deterioro del sistema político. Creo que, en este sentido, su posición personal es muy distinta de la de su abuelo, Alfonso XIII, en la crisis del sistema político de los años 20. Juan Carlos no es responsable de la crisis del sistema de la transición como Alfonso XIII lo fue del sistema de la Restauración, pero pienso que las consecuencias para la Monarquía van a ser las mismas.

A estas alturas del guion, intentar relegitimar democráticamente el sistema político español a partir de una magistratura hereditaria me parece una tarea imposible. Un sistema político democrático puede convivir con una jefatura del Estado no democrática, pero no puede regenerarse a partir de ella. El príncipe  Felipe no se encuentra en la posición en la que se encontró su padre tras la muerte del general Franco. Entonces un monarca podía contribuir a transitar de la dictadura a la democracia. En este momento, su condición de monarca hereditario le inhabilita para canalizar un proceso de regeneración.