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LA MUERTE DE LA PRESIDENTA DE LA DIPUTACIÓN DE LEÓN

"Volvería a hacerlo"

La asesina confesa de Isabel Carrasco no ha mostrado hasta ahora el menor arrepentimiento

Madre e hija convivieron tres años con la idea de matar a la que hacían causante de sus desdichas

MAYKA NAVARRO / JOSÉ LUIS ROCA

En la intimidad de los 60 metros cuadrados abuhardillados de suelos de madera, con una luz natural que se cuela por todos los rincones del coqueto apartamento, Montserrat González y Triana Martínez, su única hija, cocinaron durante tres años un odio obsesivo contra la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco. Una inquina delirante de la que se fueron alimentando las dos mujeres sin que ninguna fuera capaz de frenar a la otra en todo ese tiempo. Al contrario. La venganza se empezó a adobar hace tres años, en el 2011, cuando a Triana se le amontonaron las desdichas: cesó de su puesto de ingeniera de telecomunicaciones en la diputación y Carrasco truncó sus aspiraciones políticas en el PP leonés y ordenó perseguirla judicialmente para que devolviera parte de sus nóminas de los últimos cuatro años. «Una madre por su hija debe hacer cualquier cosa», confesó Monserrat en comisaría 30 horas después de ser detenida. «Sí, la maté yo y volvería a hacerlo», aseguró sin un ápice de arrepentimiento. Al contrario. «Daba la sensación de que se había quitado un peso de encima», aseguran a este diario fuentes al corriente de la investigación.

Algunos deben de pensar que perder un trabajo -aunque Triana seguía teniendo encargos de ingeniera, pero siempre fuera de León porque Carrasco ya se encargó de que la contrataran poco en la provincia- y ver truncadas tus aspiraciones en la política no pueden empujar a una madre a descerrajar cuatro tiros por la espalda a la política más poderosa y temida de León. Pero así fue.

MUÉRDAGO / Tras la puerta de la entrada de la que aún cuelga un manojo de muérdago olvidado de la última Navidad, Montserrat y Triana gastaron sus horas en pergeñar la manera de acabar con la que creían única responsable de sus desgracias.

Tramar esa venganza se convirtió en una actividad tan cotidiana de sus vidas que solo así se entiende que pocos días antes del asesinato, Triana pidiera al presidente de su comunidad de vecinos que se limpiaran los canalones de agua del edificio.

Casi nunca nada en los momentos previos de las vidas de los protagonistas de una tragedia hace presagiar un desenlace tan tremendo. Pero quizá en este crimen mucho menos. En León solo mandaba Isabel Carrasco y, pese a sus muchos enemigos, incluso entre las propias filas del PP, no le temía a nada. No hace tanto, la política rechazó la sugerencia de tener escolta tras unas amenazas que le llegaron tras la crisis de los mineros. Le incomodaba que vigilaran su vida privada.

¿Cómo podía sospechar Carrasco que la mujer y la hija del responsable de la comisaría de Astorga, el inspector jefe Pablo Martínez, la habían convertido en la diana de sus desdichas? Carrasco conocía bien a esa familia. En los últimos tiempos, el policía aprovechaba los actos oficiales en los que coincidían para pedir a la presidenta que readmitiera a su hija en la diputación. El hombre sufría porque la veía «amargada».

Es verdad que Triana buscó y encontró otros trabajos, pero León, como advierte un investigador, es pequeño, burgués y provinciano, y los éxitos y las desgracias se viven sin intimidad. «Triana se sentía fracasada porque aquí el poder reside, o residía en la diputación de Carrasco».

Hace más de un año y medio, Montserrat viajó a Gijón, donde se citó con un toxicómano, ya fallecido, en un bar ya cerrado. Ella misma contó a los investigadores que compró dos armas, el revólver y una pistola, por unos 2.000 euros cada una. Pero durante uno de los registros en el piso de Triana, los investigadores encontraron folios impresos de páginas webs de compra y venta de armas. También había un ejemplar de Interviú con un reportaje dedicado a las corruptelas de Carrasco y varias revistas de la diputación. En unas páginas también se encontraron anotaciones a mano con movimientos de la dirigente leonesa.  Como si la hubieran estado siguiendo.

«NO SALGO EN LA VIDA» / Hasta ahora, Triana no ha querido hablar. La joven risueña, apasionada de los coches y conservadora en el vestir, está «hundida» psicológicamente. A pesar de no soportar la presión, solo ha admitido que estuvo cerca de la pasarela la tarde del crimen y que su madre le entregó una bandolera y le pidió que la guardara. Ante lo que se le viene encima, el jueves, cuando pisó por primera vez la cárcel de Villahierro, se derrumbó junto a un funcionario: «Y ahora, ¿qué? No salgo en la vida». Madre e hija llegaron hambrientas. En comisaría apenas probaron bocado, y en los calabozos de los juzgados pidieron que les llevaran algo de comer. Fue imposible encontrar nada a esas horas.

Por esa misma puerta de la prisión, el viernes por la tarde entró la tercera mujer implicada en un crimen plagado de personajes femeninos. Raquel Gago Rodríguez, la agente de la policía municipal de León que guardó el arma del crimen 31 horas, después de que se lo entregara su buena amiga Triana.

Queda mucho todavía por investigar y conocerse de un crimen que no se puede interpretar solo como una venganza estrictamente personal. Hay más. Un odio enfermizo y enquistado en un contexto cerrado en el que, cuando las protagonistas  se lamentaban de los males que sufrían por culpa de Carrasco, sus interlocutores probablemente asentían, sin sospechar el plan que se tejía con ira en sus cabezas. «Esto es Puerto Hurraco, pero en versión urbana», zanja un veterano policía.