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el personaje de la semana

Carlos Fabra, la caída del cacique

Como a Al Capone, solamente las triquiñuelas con Hacienda han tumbado al expresidente de la Diputación de Castellón, pese a las innumerables sospechas de corrupción. El linaje que inauguró su tío-tatarabuelo en el siglo XIX se ve ahora truncado.

JOSE RICO

Por selección natural o por aquellas casualidades del destino, en la misma semana, la que hoy acaba, han sido fulminados de la política Carlos Fabra y Silvio Berlusconi. Dos personajes de quienes, salvando las distancias, podrían hallarse fáciles similitudes en la forma de ejercer la política. Y en el desenlace de sus carreras: sus probadas triquiñuelas con Hacienda no han logrado manchar un expediente judicialmente impoluto de corrupción… al menos de momento. Como a Al Capone, debió de pensar más de uno.

Lo cierto es que a Fabra -Charly para los amigos y Don Carlos para todos en Castellón- le pirra Italia y, en especial, las baladas de los años 60. Los partidos de golf y las corridas de toros fueron sus otras grandes pasiones. Fueron, en pasado. Como pasados son aquellos tiempos en que reinaba con poder absoluto sobre una provincia que avaló sus modales con votos (aunque nunca se atrevió a encabezar una lista electoral para poner a prueba ese tirón) y un partido que le bendijo con continuos parabienes.

Jamás el PP osó amonestarle. Simplemente le obvió cuando la condena se hacía ya inevitable, después de un periplo judicial prolongado mediante argucias durante más de 10 años. Tampoco le ha echado. Se ha ido él, como y cuando ha querido, sin aceptar una vez más que nadie le dijese lo que tenía que hacer. Esa ha sido la vitola del único político que, ya imputado, consiguió el halago público del siempre prudente y comedido Mariano Rajoy: «Es un ciudadano ejemplar».

En efecto, la conducta de Carlos Fabra Carreras (Castellón, 1945) fue un ejemplo hasta para el prestigioso The New York Times, que le señaló como el mejor estandarte de la corrupción en España, con epicentro en la Comunitat Valenciana. Pero ni el mayor oprobio podía avergonzar a quien se sentía «absuelto por el pueblo». «El New York Times me la trae al pairo», espetó con su clásico carácter altivo, ufano y lenguaraz con sus enemigos. Una acritud acentuada por la imagen que transmiten sus características gafas ahumadas -su hermano le clavó unas tijeras en el ojo de forma fortuita cuando eran niños-, pero que sabía convertir en simpatía, ocurrencia y desparpajo en las distancias cortas.

Flores y Dom Perignon

Igual que llamaba «hijo de puta» a un concejal socialista, regalaba flores a las mujeres por su cumpleaños. Igual que agasajaba a invitados de altura en fiestas privadas regadas con Dom Perignon y whisky con cola -es hombre de buena mesa-, se burlaba de quienes denunciaban su sospechosa suerte en los juegos de azar, que le sonrió siete veces: «Si me toca la lotería, me sacaré la pirula y mearé en la sede de IU».

Igual que bromeaba jocosamente con el matrimonio Aznar-Botella durante sus veraneos en Les Platgetes de Oropesa, tachaba de «gentuza» a quienes no entendían que las desérticas pistas del aeropuerto de Castellón no eran para los aviones, sino para que «paseasen las personas». Desde luego, si algún avión sobrevuela el recinto algún día, Fabra no irá a bordo. Tiene fobia a volar, a pesar de que uno de sus cuatro hijos es piloto.

La mezcla de autoridad y beneficencia, de rigidez y don de gentes, explica su progresivo dominio sobre todo lo que se movía Castellón pese a dirigir una institución de rango secundario. «Si ser cacique es ejercer la autoridad en mi partido y ejercer de presidente, pues sí, soy cacique», reconocía con la misma falta de rubor que expuso, sin saber que le grababan, el engranaje de su maquinaria: colocar a «un sinfín de gente» en empresas públicas y privadas, conceder pequeños y grandes favores y otorgar modestas y millonarias subvenciones. Todo revertía en miles de votos cautivos que blindaban el poder del PP.

Tanta influencia y clientelismo eran un secreto a voces en Castellón, pero desconocidos para el resto de España hasta que uno de sus socios, Vicente Vilar, convirtió una venganza personal en denuncia judicial. La mujer del empresario le acusó de violación y Fabra la apoyó. Así detonó en el 2002 el caso que ha llevado su nombre, pero en el que no vio motivo para dimitir. Solo una grave infección hepática, con trasplante incluido, le obligó, en el 2010, a preparar su adiós.

El prócer castellonense fue fiel a su abolengo. Siete Fabras han gobernado la provincia desde su tío-tatarabuelo, en 1874, pasando por su bisabuelo, su abuelo y su padre. En 1995 le tocó su turno. Estudió Derecho en Valencia y Granada, y por entonces regentaba ya un despacho de abogados, una correduría de seguros y varias empresas, además de ocupar la secretaría general de la Cámara de Comercio provincial, cargo en el que ha sido ratificado pese a su condena.

Fidelidades y deslealtades

Como mandamás del PP de Castellón, contribuyó a aupar a Eduardo Zaplana antes de romper con él para catapultar a Francisco Camps. Elaboró personalmente centenares de listas electorales, premiando fidelidades y castigando deslealtades, devolviendo favores y vengando desaires gracias a su extraordinaria memoria. Y echando mano del nepotismo. Su actual pareja, la periodista Esther Pallardó (27 años más joven que él), pasó de firmar artículos críticos con Fabra a ser concejala y vicepresidenta de la Diputación. Esta fulgurante escalada causó malestar en el partido, que no pudo pararle los pies.

En cambio, sí consiguió frenarle en su pretensión de situar a su hija Andrea como cabeza de lista provincial. Fue de número dos. La caída en desgracia de su padre puede ser ahora un obstáculo para que la autora del «¡Qué se jodan!» a los parados siga honrando la estirpe.