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Tribuna

Sumar para ganar

Joan Herrera

Un proceso nacional en medio de la más profunda de las desigualdades. Aquí es donde estamos, donde lo mejor del país está, en la movilización de su gente. El debate del «proceso», si queremos que sirva para cambiarlo todo, y para encarar todo lo que tenemos que afrontar -la relación con la UE, la pertenencia al euro, las pensiones o la deuda-, es importante que sea ágil y es fundamental que sea amplio y ganador .

Difícilmente podemos hacer un país nuevo mientras nos deshacen el país que se ha de construir, sea desde las privatizaciones que se ejecutan desde Catalunya hasta las contrarreformas laborales o en materia de pensiones que votan las derechas en el Congreso.

Es mediante la consulta, un ejercicio democrático, como podemos resolver la relación de Catalunya con el Estado. Solo así entraremos en el contraste de información, abandonando la lógica de la consigna, un debate que se está cargando de miedos y desinformación. Solo desde la acción de tener que decidir conseguiremos que el contraste y el matiz pueda aflorar. De hecho, como decía Jordi Évole, la consulta es lo que nos permite hablar de otras cosas, y añado, y entender que para salir de donde estamos también debemos derrotar las que nos vienen dictadas por los mercados y la Comisión Europea.

Si queremos la consulta es para que se convoque y no solo para hacer ver que la queremos y que otros nos la nieguen. Y por eso hay que poner en marcha todos los mecanismos para poder ejercerla. Quizá es hora de que entendamos que es el momento de la acción y de proponer, asumiendo que necesitamos una mayoría lo más amplia posible para que la negativa del Gobierno del Estado aún sea más difícil de justificar.

Confieso, y es toda una declaración de intenciones, que en el debate nacional no soy nada amante de la polarización. Entre otras cosas porque creo que en este debate hay argumentos, pero sobre todo hay sentimientos, identidad, pertenencia o pertenencias. De hecho, y aunque parezca un sacrilegio, en el terreno nacional reclamo el terreno de la frontera, de la confluencia, porque creo que es ahí donde se conecta con una realidad compleja como la del país. Y a la vez creo que la frontera se ha movido. Que este país ya no está en el pacto constitucional o el modelo estatutario. No estamos en el inmovilismo ni en la recentralización, ni tampoco en el quedarnos igual o un poco más. La mayoría de la sociedad se sitúa entre un independentismo cada vez más transversal y aquellos que no aceptan que todo siga igual y optan por una relación diferente con el Estado, confederal o federal. Entiendo que el adversario de un federalista no es el independentismo sino la inacción, cuando no la recentralización.

Estamos atrapados en el inmovilismo del PP y la inacción del PSOE. Y yo, que vengo de una tradición federalista, reconozco que la única opción para que esta vía tenga alguna opción parte de la afirmación de nuestra soberanía, de un Estado propio que se pueda federar, confederar o ser directamente en Europa. Dicho en otros términos, estamos en una vía muerta y para salir de ella no hay otra opción que la opción del derecho a decidir, ganadora, amplia e inapelable en términos democráticos. Para hacerlo tenemos una fuerte movilización. Y lo que ahora necesitamos es política y audacia frente los que no se mueven o los que dicen querer el derecho a decidir siempre que no se materialice.

Un solo pueblo

Se ha hablado mucho de terceras vías, pero estas dependen de terceros. En cambio, depende de nosotros definir una propuesta que sea amplia y mayoritaria entre los más movilizados y para entrar en aquellos territorios humanos, personales y geográficos que no están movilizados en la misma proporción. Una propuesta de ruptura con el statu quo y que conecte con lo que queremos ser: un solo pueblo. Se trata de hacer un trato, un pacto, para definir una amplia mayoría. Un pacto que haga que todos aquellos que no queremos continuar como hasta ahora sumamos. Unos aceptarían el Estado propio directamente en Europa en caso de que no se pueda establecer una relación de igual a igual con el Estado. Los otros asumirían que si esta vía se abriera se pudiera evaluar.

Cuando el Gobierno del Estado niega el pan y la sal, hace unos Presupuestos desastrosos o mantiene la ley Wert, no hace solo anticatalanismo; busca lanzar el proceso catalán hacia el unilateralismo y hacia un escenario de mayor polarización. Y la mejor respuesta es hacer exactamente lo contrario, siguiendo los pasos que nos acerquen más a la vía quebequesa que a la báltica. No aceptar la lógica de bloques y definir una amplia mayoría ganadora, siendo un solo pueblo, conscientes de que lo que está en juego no es el rédito electoral que unos y otros le saquen al «proceso» sino avanzar de forma compartida en un momento tan interesante y complejo como el actual, hacia un futuro de libertad , justicia e igualdad.