21 feb 2020

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Germán Rodríguez, otro crimen de la transición

El estudiante pamplonés falleció de un tiro en la frente la noche del 8 de julio de 1978 durante los Sanfermines

El comandante que disparó ya falleció y nunca se aclaró la conexión entre la extrema derecha y la policía

IOSU DE LA TORRE

La carga homicida de la policía en la plaza de toros corrió como la pólvora, valga la redundancia. En 1978, lo más avanzado para comunicarse en la calle eran las cabinas telefónicas. O la radio, por inmediata. Muchos de los 20.000 testigos del desalojo a tiros corrieron para poder contarlo. Era el atardecer del sábado 8 de julio, el ecuador de un fin de semana desbordante en Pamplona con miles de visitantes con ganas de juerga. Lo ocurrido en las horas siguientes nunca debería olvidarse. Se cumplen 35 años de aquella jornada sangrienta. Nadie ocupó el banquillo de los acusados.

¿Qué se puede hacer el tercer día de los Sanfermines que cae en sábado cuando tienes 17 años? Recobrar fuerzas en casa hasta que llegue la hora de lanzarse a la calle. No había anochecido aún cuando sonó el timbre en el piso de mi madre, en el barrio de San Juan. Lo recuerdo teatral como un acto de 'Luces de Bohemia'. Uno de los hermanos Pagola, amigos de mi familia, irrumpió en escena. Venía a explicarnos la batalla campal que estaba montándose en el centro de la ciudad. Una botella de pacharán se nos escurrió y se estrelló en el suelo.

Desconcierto en Pamplona

Las noticias eran confusas como pringosa la huella del pacharán: los grises, como entonces llamábamos a la Policía Armada, se habían liado a tiros con un centenar de mozos de las peñas que habían saltado al ruedo tras el último toro con una pancarta que reclamaba la libertad de los presos. El desconcierto se apoderó del Ensanche, esa red urbana donde todo queda a mano: desde la plaza de toros, en la calle de Amaya y sus paralelas Carlos III y Francisco Bergamín, cruzadas por las de Roncesvalles, Arrieta, Leyre y la avenida de Franco, donde siempre vimos el edificio del Gobierno Civil.

Fuimos casi al galope desde el barrio a la plaza del Castillo. Había que atravesar la feria en Antoniutti, el paseo de Sarasate hasta superar el monumento a los Fueros, esquivando a las riadas de personas entre las que reinaba la confusión. Gente que hacía cola en alguna atracción, desconociendo lo que se cocía medio kilómetro más allá. Rostros de pavor, indignación, sorpresa. Madres que se llevaban a los niños a casa. Extranjeros borrachos que ignoraban por qué el ambiente se ennegrecía por encima de las carreras, los combates con los grises y las barricadas hechas con automóviles. En aquella época no había tantos contenedores de basura.

Recuerdo a unas chicas de Logroño llorando sobre un banco. La parada de taxis que separaba la plaza del Castillo del inicio de la avenida de Carlos III, junto al edificio de la Diputación de Navarra, se había convertido en un observatorio improvisado de lo que sucedía a escasos metros. El silbido de las balas (sí, era fuego real), de las pelotas de goma, los botes de humo y las llamas de los cócteles molotov, los gritos de "asesinos"... el enfrentamiento entre antidisturbios y manifestantes. Uniformes de policía y vestimenta pamplonica con pañuelo y faja rojos. Un esperpento: mientras en el Casco Viejo había miles de personas dispuestas a seguir de fiesta, a iniciar un baile, ignorantes de los sucesos, tenía lugar una batalla que aumentó cuando se supo que en el cruce de Roncesvalles con Carlos III había recibido un tiro en la frente un pamplonés de veintipocos años llamado Germán Rodríguez.

Escarmiento a una ciudad "rebelde"

Hay que volver al documental de Juan Gautier y José Ángel Jiménez, estrenado por el 25º aniversario, para acercarse a aquellos días sin caer en la confusión de los recuerdos. El comandante de la Policía Armada Fernando Ávila prometió dar un escarmiento a esta ciudad porque "era muy rebelde" cuando solicitó el puesto de su compañero Joaquín Imaz, asesinado por unos pistoleros el año anterior en el aparcamiento de la plaza de toros.

La muerte de Imaz se atribuyó a ETA, aunque nunca se aclaró. Que el comandante fuese de sangre navarra cultivó el convencimiento de la gente de que no hubiera ordenado la salvajada policial.

Navarra y las Vascongadas estaban en una de las encrucijadas más complicadas de la Transición española. La tarta autonómica estaba en el horno. El movimiento nacional vasco veía la ocasión de construir una Euskadi con Navarra. El aparato del Estado y los foralistas combatían esa idea porque podía suponer la fractura de España. Los calendarios del año 77 y de los primeros seis meses del 78 estaban marcados por protestas obreras, actuaciones de la extrema derecha, los atentados de ETA, la muerte a tiros de dos manifestantes a favor de la amnistía...

Sanfermines con grises en lugar de miuras

La tarde del 5 de julio, víspera del txupinazo, los 50 alumnos del instituto Ermitagaña que regresábamos de viaje de estudios a Granada pisamos el andén de la estación de Pamplona conscientes del ambiente poco festivo. Existía la sensación generalizada en muchas partes de España de que algo grave sucedería. ¿Por qué? El cúmulo de acontecimientos parecía conducirnos a un huracán imparable en una sociedad dividida al extremo. Pamplona como un escenario de aquella sociedad que se sacudía la náusea franquista. Éramos los de 3º D.

'El Jueves', la revista del Grupo Zeta dirigida entonces por José Luis Erviti, publicó una semana antes una doble página con unos encierros de San Fermín donde los grises sustituían a los miuras. En el ejemplar de 'El Paí's que compró en la estación de Chamartín el profe de dibujo, don Emilio, leímos, firmado por Fermín Goñi, que se habían atrincherado en el ayuntamiento los familiares de unos detenidos por participar en una pelea en la calle de Chapitela zanjada con la muerte de un guerrillero de Cristo Rey que resultó ser un guardia civil. Esa misma tarde, los ultras tomaron el Casco Viejo armados con cadenas y bates de béisbol. Algo tenía que pasar en San Fermín. Y sí, mira qué pasó.

Metralletas en la plaza de toros

Al menos 200 policías armados custodiaban la plaza de toros durante la corrida del 8-J, dirigidos por el comisario Miguel Rubio. Inusitado. Cuarenta de ellos cargaron contra el centenar de espectadores de Sol que pasearon por el ruedo la pancarta con el lema 'Amnistía Total Presoak Kalera San Fermín sin presos', presuntamente para evitar peleas con los que desde la grada increpaban a los del ruedo. El grito de "¡San Fermín, San Fermín!" serenó los ánimos. De repente, otros 40 grises irrumpieron en la plaza tras los niños de las peñas y se liaron a tiros. El enfrentamiento siguió en la calle. A las 22.15 horas, tras una ráfaga de metralleta, cayó gravemente herido Germán Rodríguez. La batalla desatada en el intento de asaltar el Gobierno Civil duró hasta la madrugada. ¿Quién daba las órdenes? ¿El comisario Rubio? ¿El comandante Ávila? La voz de este está grabada dando orden de disparar a matar.

La revuelta contra la policía se extendió por las calles hasta el hospital de Navarra, a las afueras de Pamplona. A las siete de la mañana, aún llegaba gente cargando heridos. La tensión se adueñó de Urgencias. En un quirófano trataban de salvar a Germán Rodríguez --con muerte cerebral--, "había que luchar por ese chico tan joven", me explicó años después uno de los médicos de aquella guardia inolvidable. En el pasillo permanecía Fernando, el hermano médico de Germán en Virgen del Camino. Aún resuenan en la memoria los gritos, las amenazas entre familiares de heridos (manifestantes, policías, guerrilleros). "La guerra civil debía de ser algo parecido", contaba. Suspendidos los Sanfermines --del pañuelo rojo al crespón negro--, las protestas siguieron por Navarra y Euskadi con otro muerto tiroteado por la policía en San Sebastián.

Luego, el silencio. Transición a la navarra. El olvido como sinónimo homicida del perdón.

Germán Rodríguez hubiera sido un perito agrícola feliz. Militaba en la Liga Comunista Revolucionaria (LKI). Tenía un perfil tan intachable que ni la derechona se atrevió a incluirlo en el pelotón de aberzales radicales que sostenía la versión oficial del julio sangriento. La escultura que le recordaba desapareció por el monumento al encierro. Una campaña vecinal restituyó su memoria con un nuevo monolito. Como a muchos muertos de esa época, le recuerdan familiares y amigos. Siguen esperando a que la democracia española aclare los asesinatos de la Transición. Caso por caso.