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La crónica

Indecisos e indignados

Rafael Tapounet

Ese difuso movimiento de contestación social al que algunos llaman los indignados, como si fueran el título de una novela decimonónica, había anunciado su irrupción en la campaña electoral para las 0.00 horas de ayer, sábado 5 de noviembre. La elección de la fecha se antojaba oportuna, por cuanto fue precisamente un 5 de noviembre cuando Guy Fawkes y sus colegas de conspiración intentaron hacer volar por los aires el Parlamento inglés. Eso ocurrió en 1605. La operación salió mal. Fawkes fue detenido y brutalmente ajusticiado y, cuatro siglos después, legó su rostro a una máscara que, popularizada por la novela gráfica y la película V de Vendetta, lo mismo sirve hoy para celebrar el carnaval y disfrazarse en Halloween que para hackear la web de MasterCard o protestar en la Puerta del Sol.

El caso es que los indignados finalmente no comparecieron. O, para ser más precisos, comparecieron en número del todo irrelevante. Apenas un centenar largo de personas se presentaron en Sol, el kilómetro cero de la revuelta. Muy pocos para hacer una contracampaña en condiciones. La lluvia, aliada esta vez del capitalismo y la partitocracia, aplacó las ganas de indignarse y obligó a dejar la proclamación de la Comuna de Madrid para una fecha más propicia. La plaza de Catalunya, sede barcelonesa del 15-M, fue también castigada por el temporal y registró asimismo una pobre entrada.

DE VUELTA Y MEDIA / Ya se sabe que ir de acampada resulta un plan más sugerente en mayo que en noviembre. Pero, aun así, la sombra del movimiento germinado en los días previos a las últimas elecciones municipales se cierne sobre la presente campaña. Los enragés ya han anunciado próximas movilizaciones. Y, lo que es más importante, el altísimo porcentaje de electores que en el sondeo del CIS publicado el viernes se declaran indecisos -un 32%- pone de relieve el acusado sentimiento de orfandad política que se ha instalado en buena parte de la ciudadanía. Aferrándose a ese clavo, el PSOE hace esfuerzos cada vez más paroxísticos por arrancar votos entre los miembros de un colectivo tan numeroso, incluidos quienes se identifican con las protestas. «Que nos critiquen, que nos pongan de vuelta y media, pero que nos voten», soltó ayer Alfonso Guerra en un volcánico discurso pronunciado en Dos Hermanas (Sevilla).

Se diría que los socialistas no acaban de comprender por qué aquellos a quienes aún consideran de los suyos se muestran desde hace un tiempo incapaces de discernir entre la izquierda y la derecha a la hora de depositar la papeleta en la urna. «Un ratón no puede votar a un gato», sentenció ayer José Antonio Griñán, dando así cumplido testimonio de su propio desconcierto. En lo que respecta al voto indignado, tanto uno como otro escupen contra el viento. Las encuestas prueban que la aparición del 15-M ha tenido un efecto devastador para las expectativas electorales del PSOE.

Por ello, resulta cómico recordar cómo, en los primeros días del movimiento, los gacetilleros de la extrema derecha atribuían las protestas a una maquiavélica conspiración urdida por el propio Alfredo Pérez Rubalcaba no se sabe muy bien con qué propósito. Esa escuela de pensamiento parece hoy arrinconada, aunque sin duda resurgirá con fuerza si las algaradas persisten una vez que el PP haya obtenido la victoria que le adjudican las encuestas.

ENTRE VISILLOS / Hasta que llegue ese momento, Mariano Rajoy y los suyos se limitan a contemplar las barricadas desde el confort del hogar, atisbando entre las cortinas. De hecho, se diría que eso mismo hacen con la campaña electoral: mirarla a distancia. Ayer, mientras Alfonso Guerra se desmelenaba en Sevilla como un orador bolchevique de Petrogrado (y, con la ayuda de Felipe González, prendía en la pechera de un atribulado Rubalcaba la medalla del mérito en la lucha contra ETA), Rajoy se dedicaba a pedir moderación al auditorio congregado en el Pabellón Europa de Leganés y alimentaba las especulaciones sobre la composición de su futuro Gobierno (cosa que hizo al sugerir que dirigentes como Soraya Sáenz de Santamaría, Alberto Ruiz Gallardón y Ana Mato tienen «mucho futuro político»).

«Existe una marea en los asuntos de los hombres que, cuando se toma en la crecida, conduce a la fortuna», solía decir Jeeves, el inmortal personaje de Wodehouse. El líder del PP se sabe cabalgando en la ola ganadora y limita al máximo sus movimientos para no desequilibrarse. Le sobran los 13 días de campaña que restan por delante, aunque no deja de lanzar la red sobre los cardúmenes de desencantados a ver si se cobra alguna pieza más. Su presencia en Leganés, antaño plaza fuerte del cinturón rojo madrileño y hoy gobernada por el PP, se enmarca en esa estrategia.

Tan sobrado va el candidato popular que hoy desaparecerá de la escena y se encerrará con sus colaboradores para preparar el cara a cara de mañana. Un debate al que Rubalcaba y su equipo fían todas sus esperanzas de decantar en su favor el voto de los indecisos. Los candidatos no estarán solos. El colectivo de piratas informáticos Anonymous ha convocado una concentración de indignados frente al Palacio Municipal de Congresos de Madrid para intentar boicotear el encuentro. Y ha pedido a los asistentes que se presenten con máscaras de Guy Fawkes.

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