30 mar 2020

Ir a contenido

FIN DE 43 AÑOS DE TERRORISMO EN ESPAÑA

Eguiguren, el negociador que se achicharró

El presidente del PSE abrió la caja de los truenos el miércoles al criticar al lendakari por perder la oportunidad de capitanear la paz en Euskadi

MAYKA NAVARRO / Bilbao

Siempre dijo que cuando terminara el terrorismo viviría fuera de Euskadi. Huyendo de la lluvia, que le entristece, y buscando el sol, que le devuelve el buen humor y las sonrisas. Jesús Eguiguren, presidente de los socialistas vascos, ha protagonizado la semana en la que ETA ha puesto punto y final a 43 años de terror con 829 muertos en los cementerios. Y fue protagonista en las páginas de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, en una entrevista publicada el martes en la que Eguiguren criticaba al lendakari Patxi López por haber perdido la oportunidad de capitanear la paz que llegó el jueves en forma de comunicado grabado en vídeo por tres encapuchados.

Nacido hace 57 años en Aizarna, Guipúzcoa, en el «corazón del huracán de Euskadi», como le gusta decir a él, Eguiguren fue el representante del Gobierno en la última negociación con ETA. En aquellos días, compartió alubias y nueces con Arnaldo Otegi; mesa, mantel y confidencias con Josu Ternera, y Armagnac con Francisco Javier López Peña, Thierry. Pero aquel proceso de paz se frustró el 30 de diciembre del 2006 con una bomba que hizo volar por los aires el aparcamiento de la terminal 4 del aeropuerto de Barajas, asesinando a dos ecuatorianos. Ese día, ETA perdió la legitimidad que hasta ese momento le había brindado la izquierda aberzale.

Eguiguren percibió el cambio. Y supo ver mejor que nadie que ese día ETA había firmado su propia sentencia de muerte. Que tardaría más, que tardaría menos, pero que serían los suyos los que le dirían «basta» y «estorban». Desde ese momento, Eguiguren intentó convencer a sus compañeros de partido, a los dirigentes del PSOE en Madrid y a los del PSE en Euskadi, de que ETA perdería el pulso que, por primera vez, se atrevía a desafiarle la izquierda aberzale, liderada por un Arnaldo Otegi encarcelado tres días después de que la banda rompiera el alto al fuego, por participar en un homenaje al etarra Argala. Pero nadie le creyó. No solo le ningunearon e intentaron silenciar, sino que tuvo que aguantar que le tildaran muchas veces de proetarra y de traidor, mientras él en el País Vasco seguía, 30 años después, sin poder dar un paso sin escoltas. Los más retorcidos le acusaron de estar loco. Eguiguren se fue marchitando y entristeció. Lo pasó mal, muy mal.

Precisamente este jueves hizo un año que grabó una entrevista con Jordi Évole para el programa Salvados en el que vaticinó justo lo que ha pasado ahora. Que ETA dejaría de matar. Y no por convencimiento de los terroristas, sino por la incapacidad de seguir con la lucha armada ante su estrangulamiento gracias a la eficacia policial y judicial, y porque a Batasuna le había dejado de interesar la banda para su exitosa carrera política. Todo eso se lo contó al follonero con esa tranquilidad que le caracteriza, y le llovieron nuevas críticas, algunas salvajes. Nuevamente las acusaciones de ser un traidor y un proetarra. Y todo porque tuvo buenas palabras para Otegi. Por cierto, Eguiguren todavía no se había visto en Salvados hasta este jueves, cuando La Sexta volvió a emitir la jugosa entrevista. Se quedó estupefacto al verse. «No me extraña que pensaran que estaba loco. Menudos primeros planos mirando al cielo. ¿Y qué gordo estaba, no?», soltó. Y es cierto que ha adelgazado desde entonces, y que esos primeros planos con los ojos medio en blanco eran desconcertantes. Pero es que Eguiguren piensa en euskera y traduce al castellano. Por eso se encalla, se hace el silencio y arranca. Y también porque le gusta pensar mucho lo que dice.

El martes, en las páginas de Política de este diario, Eguiguren volvió a contar lo que pensaba. Con honestidad y sinceridad. Y es verdad que pilló a su partido por sorpresa. Porque no preguntó ni comunicó a nadie que iba a decir, una vez más, lo que sentía. Y que no era otra cosa que una impotencia terrible de saber que ETA estaba a punto de anunciar la paz y que eso pillaba al lendakari en Estados Unidos, al otro lado del océano, demasiado lejos de casa. Y de impotencia también al ver cómo se ha permitido que la izquierda aberzale capitalice la llegada de la paz. Ninguneando a las víctimas y menospreciando el trabajo de unos policías, guardias civiles y servicios de inteligencia que solo en los últimos ocho años han protagonizado 400 detenciones.

A Eguiguren el adiós a las armas de ETA le pescó en el coche, con sus dos escoltas, entrando en Bilbao tras una comida en el monte con tres amigos y una veterana periodista de Madrid a la que quiere, admira y respeta desde que compartieron alubias en un precioso caserío. A las siete en punto, cuando Radio Euskadi anunciaba las palabras deseadas -«ETA anuncia que abandona la actividad armada»-, Eguiguren saltó del coche y tuvo la necesidad de telefonear a sus dos hijos mayores. Uno es ertzaintza y la otra vive fuera de España. No era la primera vez que los dos le decían lo orgullosos que estaban de su padre.

Eguiguren se sentía extraño. Habló por teléfono con su querida mujer, Rafaela Romero, con Patxi López, con Alfredo Pérez Rubalcaba, con Jordi Évole, con un periodista vasco de televisión al que quiere muchísimo, con José Luis Rodríguez Zapatero, con Pello Rubio, el dueño del caserío de Txillarre en el que empezó a reunirse con Arnaldo Otegi en el 2002, y con pocos más porque se sentía emocionalmente agotado y tenía muy pocas ganas de hablar. No podía llorar. Tampoco reír. Y le costaba mucho sentirse feliz. El jueves, más que nunca, a Eguiguren le atormentó la ausencia de los amigos que ETA le arrebató de un tiro en la nuca. Esos y los otros muchos que no conocía pero cuya muerte sintió con todo el dolor. «Y todo por este papel. Todos estos años de muertes, de terror, para esto. Para nada...», dijo volviendo a escuchar el vídeo del comunicado del fin de ETA. Y reconoció sentir un odio que hacía mucho tiempo que tenía guardado y que, sin saberlo, esperaba para salir en el momento preciso. Y fue el jueves.

«Esto se acabó, vive en paz»

El lunes, antes de volar hacia Madrid para entregar a un editor el libro que acaba de escribir inspirado en el poeta vasco Guillermo Indalecio Bizcarrondo, un jovencísimo guardia civil del aeropuerto de San Sebastián le reconoció, se le acercó y le preguntó: «¿Acabará pronto todo esto?». Y Eguiguren le agarró del brazo, le sonrió y le dijo: «Puedes estar muy tranquilo. Esto se ha acabado. De verdad. Se terminó. Vive en paz». Y el guardia civil le dio las gracias.

En noviembre del año pasado, los que no la conocían, se enteraron de quién era la mujer que comparte la vida con Eguiguren: la expresidenta de las Juntas Generales de Guipúzcoa, Rafaela Romero. Una mujer a la que la política le hierve en la sangre y madre de una hija con Eguiguren que, según el político, «es más lista que el hambre». En esos días, el dirigente socialista vasco había declarado como testigo de la defensa en uno de los juicios contra Otegi en el Audiencia Nacional cuando Romero, al terminar la sesión, agarró su bolso y su abrigo, se acercó decidida a la presidenta de las víctimas del terrorismo, Ángeles Pedraza, y le dijo al oído: «El día que nos maten, no lloréis».

Ayer, le tocó a Rafaela Romero homenajear a su marido y en su cuenta de Facebook escribió: «No puedo olvidar que lo intentó, que trabajó, que renunció, que sufrió y que siempre nos tendrá. A mí y a sus hijos. Estamos orgullosos de ti, Jesús. Con todo el amor te dedicamos Dale vida a tus sueños. Beti bezala (como siempre), de Benedetti. Gracias, nuestro valiente». Porque a Eguiguren se le pueden reprochar las cosas que uno crea, solo faltaría, pero no la de no haberse dejado la piel y muchos trozos de su alma en la lucha por la libertad de la tierra que tanto ama, Euskadi.