El debate de política general

La crisis aplasta a la épica

Artur Mas ofrece sangre, sudor y lágrimas y defiende, sin mucha convicción, la viabilidad de un pacto fiscal

Está por nacer el político que reconozca errores sin una pistola en el pecho

Distensión 8 Artur Mas y la presidenta del PPC, Alicia Sánchez-Camacho, bromean al término de la sesión.

Distensión 8 Artur Mas y la presidenta del PPC, Alicia Sánchez-Camacho, bromean al término de la sesión. / JULIO CARBÓ

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Carles Pastor
Carles Pastor

Periodista

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Correcto en la forma, previsible en el contenido. Aunque eficaz en la transmisión de ideas fuerzas, Artur Mas no fue capaz ayer de transmitir la épica mesiánica de su maestro y mentor, Jordi Pujol, ni siquiera la de su gran rival, Pasqual Maragall. Pero estos jugaban con ventaja: tenían ante sí unos objetivos capaces de movilizar las ilusiones colectivas.

Cuando su primer debate de política general, en septiembre/octubre de 1980, Pujol se enfrentaba a la tarea de construir una Generalidad desde la nada, y la crisis económica de aquellos años parecía un problema secundario, al menos para quienes no la sufrían directamente. En el primer debate de Maragall, en septiembre del 2004, el socialista tenía en perspectiva la elaboración de un nuevo Estatut y la ilusión de encontrar un encaje cómodo de Catalunya en la España plural que prometía Zapatero. José Montilla, también en su primer debate de este tipo (septiembre del 2007), trató de insuflar optimismo tras el parto estatutario mediante la apelación al trabajo, el esfuerzo y la solidaridad de los catalanes, lejos de retóricas emocionales y debates esencialistas tan alejados de su carácter y aptitudes

Mas, sin embargo, debe administrar la miseria hija de una crisis que obliga a la Generalitat, por primera vez en su historia, a rebajar su presupuesto de un año para otro, con el corolario de recortes en servicios sociales y ajustes para adaptar las estructuras de un país que se creía rico y vivía como tal a otro que debe hacer de la austeridad su santo y seña. Una situación nada distinta, por cierto, a la que acontece en otras comunidades autónomas y en el conjunto de España.

Ambición y utopía

Ayer, el president ofreció a los catalanes sangre, sudor y lágrimas para superar la crisis, aunque reiteró su conocida propuesta para salir del túnel, tan ambiciosa como utópica en las circunstancias actuales: un pacto fiscal para Catalunya que se asemeje, «aunque no sea milimétricamente», al concierto económico del que disfrutan vascos y navarros, que permita a la Generalitat controlar los ingresos fiscales fruto de su laboriosidad y esfuerzo para que «una parte más significativa» de ellos se quede en Catalunya y los catalanes podamos vivir mejor. Es decir, para que se reduzca el déficit fiscal, que es el objetivo que desde hace años se han fijado los distintos gobiernos catalanes y que dio pie al sistema de financiación aprobado por el Estatut y que aún está vigente.

La diferencia es que, al contrario de sus antecesores, lo enmarca en una transición hacia la independencia, término que ayer no utilizó pero que estaba implícito cuando dio por agotadas la vía constitucional y estatutaria y advirtió de la marea centralizadora que, según él, se nos viene encima. Sabe, además, que España no aguantaría como Estado si el regalo fiscal a vascos y navarros se extendiera a los catalanes, por lo que el choque de trenes está garantizado.

Pero, incluso ese objetivo estratégico con el que cerró su discurso, el pacto fiscal, lo planteó con tanta contención, casi con tristeza, consciente de sus pocas opciones de éxito, que no animó ni a los suyos: apenas cuatro breves aplausos le despidieron de la tribuna. Posiblemente sea ese pesimismo en su capacidad para influir en la política española el que le llevó a poner sus esperanzas en que de la crisis económica surja una nueva Europa, más federal y estructurada, que diluya el papel de los estados y permita recuperar la vieja aspiración catalanista de que sean las regiones los principales agentes políticos sobre el territorio.

Una sola novedad

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Del discurso de Mas retengo una novedad (¿la única?): el anuncio de que su Gobierno es partidario, por «razones pedagógicas y de equidad», de una nueva figura tributaria que grave las «grandes fortunas», aunque solo estará en vigor mientras dure la crisis. También de forma temporal conservará los incrementos fiscales del tripartito.

Justificó, sin embargo, la polémica y temprana decisión de suprimir totalmente el impuesto de sucesiones, con el argumento de que se trataba de una promesa electoral, y de que discriminaba a los catalanes porque algunas otras comunidades autónomas ya lo habían suprimido. En conclusión, está por nacer el político que admita sin una pistola en el pecho que se ha equivocado.