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Lo que decide el 28-N

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David Miró
David Miró

Periodista

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Un Montilla circunspecto y tenso lanzó ayer una grave admonición al pueblo catalán. Cuidado con lo que votáis, vino a decir, que luego no tendréis derecho a quejaros. Aunque el escepticismo respecto a la política es general, hay un fondo de verdad en las palabras del president. Hasta ahora las elecciones catalanas se dirimían en dos campos. Por una parte se votaba un modelo de sociedad, en el eje clásico izquierda - derecha, y por otra, un esquema de relación con el Gobierno central, entre el peix al cove nacionalista y la sincera implicación federalista (con la salvedad de ERC y el PP, situados fuera de este marco). El objetivo era comprobar quién era capaz de sacar mayor tajada de Madrid y ser más influyente. Pero en estas elecciones el paradigma (Ridao dixit) es otro. Más que el esquema de relación, lo que está en juego es si se quiere tener esa relación, o, al menos, si se van preparando los papeles para una eventual separación futura. De ahí la advertencia de Montilla.

A grandes rasgos, la elección es entre tres tipos de independentismo -a ocho años vista como mínimo (CiU), a cuatro como máximo (ERC) y el de pit i collons (Reagrupament y Solidaritat Catalana)- versus la perseverancia en intentar adecuar España a las ambiciones y anhelos de los catalanes (PSC e ICV-EUiA) y, como telón de fondo, la opción del Game over del PP catalán. El imaginario izquierdista y tripartista ha sido arrasado por una crisis económica que ha dejado a los gobiernos a los pies de los caballos después de haber salvado el pellejo a los bancos. Con un Ejecutivo socialista promoviendo reformas laborales al gusto de la patronal y a las puertas de una huelga general, el votante de izquierdas vive sumido en una profunda depresión. De manera que al PSC solo se le ocurre una manera de despertarle: agitando el fantasma de la secesión.

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La estrategia puede funcionar, pero tiene puntos débiles. Primero, porque es el PSC quien ha legitimado el independentismo entre su electorado al pactar con ERC no una, sino dos veces. Y en segundo lugar, porque al demonizar al PP en sus campañas también ha dado, aunque de manera involuntaria, alas al soberanismo, pues una parte de la gente que afirma que votaría que sí en un referendo es porque no quiere compartir país con los odiados Aznar, Acebes, Rajoy o Aguirre (¡ay, Zaragoza, todo experimento tiene efectos imprevistos!).

Así las cosas, Montilla debe ahora desandar parte de lo andado y encabezar una candidatura que, al lado del festival nacionalista, aparece como inmovilista, conservadora y, por qué no decirlo, aburrida. Tiene dos meses para convencer a los catalanes de que en tiempos de crisis no es aconsejable hacer mudanza. Aunque sea a plazos tan lejanos como de ocho años.