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Análisis

Análisis de Antón Losada: 'Esperando a Iniesta'

Antón Losada

En esta semana de inevitables hipérboles balompédicas, tal vez alguien aguardase testificar la comparecencia de algún Iniesta que buscase elevarse sobre el patatal de peronés retorcidos en que han convertido el debate sobre política general. Un delantero imaginativo que nos recordara cómo se jugaba al fútbol antes de la negación de la pelota de Mourinho o se hacía política antes del aznarismo. Un jugador rompedor que supiera tocarnos la fibra sensible con un gesto directo al corazón. Pero solo comparecieron holandeses. Armados de una dialéctica tan contundente como cansina y espoleados en la bronca por el protagonismo de un presidente del Parlamento a quien no le importó denigrar aún más la política para asegurarse sus titulares.

De Zapatero se esperaba una explicación más allá del clásico «a los demás también les pasó y no la vieron venir» . Un examen de conciencia que explicase un ajuste que golpea duro a los sospechosos habituales para tranquilizar las carteras de los verdaderos responsables, o que argumentase su silenciosa desarticulación de las cajas de ahorro, ejecutada como remata todo este Gobierno últimamente, al grito de que hay que hacerlo y como hay que hacerlo, no hay que explicarlo. Ayer tampoco tocaba. Ni siquiera en su contundente y acerada réplica a Rajoy. En vez de pagar lo que debía, como hacía el Pepe Isbert de la película Bienvenido Mr. Marshall, prefirió ejercer de economista eficiente. Tampoco tocaba rescatar la España plural para decirnos cómo piensa ir hasta el infinito y más allá de la carpetovetónica sentencia del Tribunal Constitucional.

Por suerte para Zapatero, siempre le quedará Rajoy. Se especulaba si se decidiría a recuperar el balón y dejar de correr tras los quiebros imposibles de su adversario, o se mantendría fiel a su estrategia de agresividad al límite del reglamento. Se echó de menos una defensa contundente de las hipótesis Pons, convirtiendo las detenciones de Alicante en maniobras de Rubalcaba en la oscuridad, o el triunfo mundialista en un intento del Gobierno por desviar la atención de cuanto realmente importa a la gente. Rajoy eligió el peor momento para abandonar su teoría del turno, según la cual ser presidente es como coger número en la carnicería, basta con guardar la cola y no despistarse. Pidió elecciones media docenas de veces como los malos perdedores e incluso tuvo el mal gusto de confesar que tenía calculado si le venía mejor agotar la legislatura o votar.

El debate escenificó la cacareada soledad del Ejecutivo. Esa ausencia de amigos que denuncia con entusiasmo este PP que solo puede gobernar con mayoría absoluta es triste, pero tampoco conviene dramatizar en exceso. Zapatero la encajó con la deportividad de quien sabe que CiU volverá cuando pasen los idus electorales porque en el fondo le gusta lo que hace; que el PNV se ha ido, pero solo a comprar tabaco porque también está de acuerdo; y que la izquierda no tiene otro sitio mejor a dónde ir. ¿Y la afición? Pensará, con Del Bosque, que no solo es ganar, sino cómo se gana.

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