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El señuelo bipartidista

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David Miró
David Miró

Periodista

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Si alguien quiere saber por qué es noticia que el PSOE y el PP pacten algo tan nimio como no subir el recibo de la luz, solo hay que echar un vistazo a esa multitud de canales de extrema derecha que pululan por nuestra TDT. Hay programas dedicados casi en exclusiva a insultar a José Luis Rodríguez Zapatero y a cualquier socialista en particular así como a los homosexuales y a los catalanes en general. Uno ve esos programas y se da cuenta de que, como ya ha escrito en este espacio Joan Tapia, la España del 78, en lo que tuvo de consenso y cierta altura de miras, ha sido derrotada. Ya no hace falta esperar a la sentencia del Estatut. Descansa en paz.

El bipartidismo feroz entre PP y PSOE ha llevado a que en el Estado español coexistan hoy dos realidades paralelas, la que dibuja la extrema derecha, que tiene como objetivo mantener tensionado al electorado conservador y comerle la moral al contrario, y la otra, que por suerte es mucho más sensata. El problema es que entre las dos no existen apenas puntos de conexión. Una persona que se informa habitualmente en según qué cadenas y según qué periódicos puede llegar a tener dificultades para interpretar las noticias de otro medio. Son como Marte y Venus. Y no existe tampoco ningún foro transversal de debate, ninguna ágora pública común, entre unos y otros solo hay una enorme tierra de nadie, donde de vez en cuando se adentra algún catalán distraído, como Josep Antoni Duran Lleida, que, como está solo, queda cegado por la luz de los focos. De ahí que unos y otros pugnen por que CiU se sume a su bando, y cada vez que pasa lo jalean como una victoria (vaya papelón le han hecho hacer a Monserrat Candini con el burka, por cierto).

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Los expertos en campañas hace tiempo que descubrieron que el factor determinante para ganar no es convencer a los indecisos, como se pensaba antes, sino movilizar a los tuyos y lograr que los otros se queden en casa. Esa táctica, aplicada en el día a día de la política según el canon neocon, ha llevado a cavar una profunda brecha entre rojos y azules. El sistema electoral español, además, permite mayorías absolutas con menos del 50% de los votos, incluso con el 40%, de manera que las decisiones gubernamentales cuentan, de entrada, con la oposición de la mayoría. Ningún plan, ninguna ley, nace con legitimidad suficiente. Siempre están bajo sospecha.

Por eso, cuando algunos en Catalunya sueñan con un esquema bipartidista, me pongo a temblar. Un arco parlamentario plural, que obliga a tejer acuerdos de forma permanente, aunque complique la toma de decisiones, cumple mucho mejor con el sentido de lo que debe ser una democracia. Por el contrario, el bipartidismo puro se asemeja demasiado a una dictadura, pues en ambos casos solo hay malos y buenos.