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José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno

Cuando gobernar es decidir

Joan Tapia

El domingo 16 de mayo, tras el brusco anuncio del plan de ajuste, suspendió. Los recortes eran obligados por la crisis del euro y la desconfianza de los mercados en la deuda de los estados. Pero el presidente del Gobierno no había preparado al país para una austeridad que, desde la agudización de la crisis griega, se veía inevitable. José Luis Rodríguez Zapatero pecó de exceso de confianza y tuvo que dar un volantazo. El gasto público suaviza la recesión –así paso en España, y en Europa, el 2009– pero el keynesianismo es imposible en un solo país. Y de repente toda Europa se lanzaba a los recortes.

El mes transcurrido ha sido un calvario. Solo había que verle la cara cuando le decía a Felipe González –en el homenaje a Pablo Iglesias– que no estaba «depre». «Depre», o triste, está haciendo lo que debe y se empieza a visualizar. El lunes también Angela Merkel y James Cameron anunciaron duras medidas en Alemania y Gran Bretaña. No es solo la España socialista. Y la vicepresidenta Elena Salgado, que debería hablar más, ha aprobado el primer examen de Bruselas al plan español. La huelga de funcionarios (con poco seguimiento aunque sin un incidente), mostró que a la gente no le gusta los recortes y por eso baja el PSOE en los sondeos. Pero también evidenció que los ciudadano saben que son recortes inevitables. No estamos en diciembre del 2008, cuando la economía crecía con fuerza. Y el sentido común se impone.

Además España ha tenido gran demanda, en buena parte extranjera, para una emisión de deuda a medio plazo (aunque subiendo un punto el tipo de interés). También se ha visto que no se frena la reforma laboral. La economía vuelve a crecer (muy poco) y la flexibilización del mercado del trabajo es clave para avanzar en el cambio de modelo productivo, que exige menos contratos temporales y más trabajadores fijos que se formen en la empresa. Como en Alemania. Habría sido mejor un pacto…pero los empresarios no ceden casi nada y los sindicatos no quieren avalar una reforma conveniente pero que rompe el discurso sindical tradicional. Zapatero ha estado dos años negociando (no es tiempo perdido porque se ha cargado de razón), pero no podía esperar. La inacción se interpretaba ya (quizá en parte lo era) como debilidad a la hora de decidir. O como sumisión a UGT.

El apoyo claro de Felipe González ha sido una demostración de unidad socialista y la visita, pocas horas antes, al Papa Benedicto XVI muestra que hace sus deberes. Los mercados han levantado acta. La bolsa ha subido más de un 7%, la mayor alza semanal en un año. Y el diferencial del bono español a 10 años con el alemán ha mejorado algo. Aprueba porque toma medidas, aunque sean impopulares.

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