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Genocidas muertos

Mladić parece que tendrá honores de Estado (serbio) en su adiós. Los derechos humanos y la dignidad ganaron hace nueve años y ahora pueden perder una batalla póstuma

Muere Ratko Mladic, el "carnicero de Bosnia", en la prisión de La Haya donde cumplía cadena perpetua por crímenes de guerra

Ratko Mladic, durante su primera aparición en el juicio por los crímenes de guerra que cometió en Bosnia.

Ratko Mladic, durante su primera aparición en el juicio por los crímenes de guerra que cometió en Bosnia. / MARTIN MEISSNER / AFP

He visto 'La desaparición de Josef Mengele', una película ciertamente interesante de Kirill Serebrennikov, el director de 'Limonov', ese intento alocado de enseñar la figura inquietante del poeta maldito. El filme tiene muchas virtudes, como un acercamiento visual a la figura del “ángel de la muerte”, en blanco y negro, que construye las peripecias del psicópata nazi como si se tratara de un 'thriller', con las tretas que utiliza Mengele para ocultar su personalidad y, gracias a los nazis exiliados en Sudamérica, para esconderse de los servicios secretos israelíes. Todo está rodado, como decía, en blanco y negro, y, a diferencia de lo que podría parecer previsible, las escenas en color las reserva para una hipotética película doméstica hecha en Auschwitz. Claude Lanzmann, el autor del documental 'Shoah', un monumento a la memoria de los deportados, decía que el Holocausto no podía filmarse porque consideraba que cualquier acercamiento ficticio era "una transgresión" y que provocar la lágrima era "una manera de disfrutar". No sé qué pensaría de los fragmentos en los que vemos cómo Mengele practica sus pavorosos experimentos. En cualquier caso, en color, son el contrapunto de la miseria moral del personaje que se esconde.

Mengele murió en una playa brasileña y, al cabo de unos años, en 1985, se descubrió que los huesos de ese cadáver correspondían al criminal genocida. Nadie los reclamó y fueron a parar, documentados y etiquetados, al Instituto Médico Legal de Sao Paulo. Durante un tiempo, los estudiantes de Medicina los utilizaron para las lecciones prácticas de anatomía. En la escena inicial de 'La desaparición de Mengele' hay un médico que advierte a los estudiantes de que aquellos restos son de un famoso nazi, desconocido para los futuros médicos. Terminan la clase y guardan el cráneo y el esqueleto en una caja de madera, similar a las que Mengele enviaba al Instituto Kaiser Wilhelm de Antropología, Genética Humana y Eugenesia, para que verificaran la validez de sus estudios. ¿Validez? ¿Estudios? La práctica efectiva y recurrente de unas torturas inhumanas.

He visto la película los mismos días que hemos sabido la muerte en la cárcel de La Haya de Ratko Mladić, responsable del asedio de Sarajevo y de la matanza de Srebrenica, condenado a cadena perpetua por el Tribunal Penal Internacional en 2017. Como ha dicho uno de los supervivientes del genocidio, “que se haya muerto no significa que nuestros muertos puedan volver. Las fosas comunes siguen ahí”. Slobodan Milosevic, presidente de Serbia en aquellos años lúgubres y padre ideológico de los asesinos, también murió encarcelado, pero tuvo un funeral casi clandestino, con la presencia, eso sí, del premio Nobel Peter Handke. Ahora, Mladić parece que tendrá honores de Estado (serbio) en su adiós. Los derechos humanos y la dignidad ganaron hace nueve años y ahora pueden perder una batalla póstuma. Al menos, en el caso de Mengele actuó finalmente lo que llamamos justicia poética. Esto es, la reparación del mal más allá de las leyes, en el terreno de la superior certeza moral.

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