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Opinión | Onze de setembre
Albert Soler

Albert Soler

Periodista

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Los extremeños nos esperan

En Catalunya la Diada nos la sopla. Ya es un engorro que siempre caiga en septiembre, cuando más a gusto se está en la playa

Salvador Illa: "La Diada de Catalunya este año también se celebrará en Extremadura"

El president de la Generalitat, Salvador Illa, dissabte a Alcarràs.  | ANNA BERGA / ACN

El president de la Generalitat, Salvador Illa, dissabte a Alcarràs. | ANNA BERGA / ACN

Como este año el 11 de septiembre cae en viernes, y los catalanes somos más de puentes que de país, celebraremos la Diada en Extremadura. Allí no tienen playa y, ante la falta de alternativas, a lo mejor hay quien que se apunta. Aquí, entre aprovechar los estertores del verano en la costa y viajar por fin a Eslovenia, que todavía lo tenemos pendiente y ya ha ido todo el mundo, el 11-S se va a manifestar solamente Lluís Llach, y eso para intentar vender alguna camiseta de la ANC.

En Catalunya la Diada nos la sopla. Ya es un engorro que siempre caiga en septiembre, cuando más a gusto se está en la playa, lo suyo sería celebrar el 11-S a mediados de noviembre, no creo que a los catalanes de 1714 les importase. Como además coinciden tres días de fiesta, no hay nada que hacer, si hay algo que los catalanes ponemos por delante del patriotismo, es vivir bien. Aquí las revoluciones, si las hubiere, se harían después de vacaciones, y nunca en fin de semana. Por eso hay que alabar la feliz idea de Presidentilla de festejar la Diada también en Extremadura, un lugar donde no tienen ni puente ni playa a la que ir. Además, no están tan hartos como nosotros de manifestantes pelmazos y de políticos ofrendando flores a no recuerdo quién, a un cacereño le puede parecer curioso, pero aquí lo tenemos todo muy visto. Lo único que siento es que no se van a librar de la actuación de alguna colla castellera, música de gralla incluida. La culpa es suya, por no tener playa a la que huir.

La única utilidad de las fiestas nacionales debería ser correrse una juerga. La discoteca veraniega de mi juventud organizaba cada 14 de julio la «Fiesta francesa», aquello sí valía la pena. Otros días organizaba la fiesta belga, la alemana, la suiza y hasta la holandesa, no sé si las fechas eran inventadas. Salvo las banderas decorativas, cada fiesta era igual, lo importante es que las turistas estaban más receptivas: el patriotismo suelta la lascivia, y más si se acompaña con sangría barata. El Gato Negro -así se llamaba tan patriótico lugar- nunca organizó la «Fiesta catalana», el dueño pensaría, con buen criterio, que tener allí un montón de gente sollozando por la gloria que nunca fue, más que atraer público lo repelería. Lo mismo les va a ocurrir a los extremeños, que para una vez que no están olvidados de todo el mundo, se acuerdan de ellos los catalanes para ir a llorarles por algo sucedido en 1714. El año que viene, ni locos nos aceptan.

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