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Opinión | Urbanismo
Juli Capella

Juli Capella

Arquitecto

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El clima cambia, la ciudad no

Este verano debería marcar un punto de inflexión en el sistema de concebir una urbe protectora

Barcelona registra su récord absoluto de temperatura con una máxima de 40,9 grados

La instalación y el mantenimiento de marquesinas y paneles de información es una de las actividades de Clear Channel.

La instalación y el mantenimiento de marquesinas y paneles de información es una de las actividades de Clear Channel.

Hay una marquesina frente al DHUB, Museo del Diseño de Barcelona, en la flamante plaza de las Glòries, que avergüenza. Ya se ha dicho, pero allí sigue, impertérrita. Su techo es de cristal, por lo que no da sombra y de paso se ensucia. Esperar allí el tranvía o el bus implica achicharrarte. Pero además, cuando llueve, tampoco protege del agua, que gotea entre las juntas justo encima de la exigua bancada. No sirve de nada y costó un congo. Todo ello a 100 metros de la supuesta meca del 'disseny català'. Hoy en día, condenar al transeúnte a la espera de un minuto bajo un sol de justicia debería ser delictivo. Es solo un ejemplo del urgente vuelco radical que deben dar nuestras ciudades frente al cambio medioambiental. La ciudad no está escuchado al planeta.

El pasado 8 de julio, el Observatori Fabra anotó el récord de temperatura absoluto de Barcelona: 40,9 °C. El 90 % de las noches de este verano han sido más cálidas de lo habitual. Si hasta la fecha teníamos 38 noches tropicales, que no bajaban de 20°, a finales de siglo podríamos llegar a las 74. Y otras 50 más, calificadas como tórridas, que no bajarán de 25°. Durante el día, la calle es un horno con un brasero en el pavimento, sus ascuas siguen calentando toda la noche. En la ciudad de Barcelona murieron 370 personas por ola de calor el verano pasado, me temo que la cifra será mayor este año, cuando acabe septiembre. Ojalá me equivoque.

Descubrimos, con sorpresa, que los recursos de la arquitectura popular mediterránea de protección solar se han quedado cortos. Ya no basta con arbolado, ventilación cruzada, pérgolas o persianas. Además es necesaria una revolución en el diseño, los materiales y las tecnologías aplicadas a la construcción. Porque la solución no es atiborrarlo todo de aire acondicionado, depredador energético y fuente de resfriados y que envía a la calle el calor que saca del lugar que refresca.

Las ordenanzas de construcción se ha quedado obsoletas. No tiene sentido restringir los balcones del Eixample a un metro de anchura máximo. ¿A quién molesta un mayor vuelo?, que serviría para arrojar sombra sobre la propia fachada, dar cobijo y ampliar la escasa superficie doméstica para poder vivir a la fresca. ¡Qué poco nos han durado las enseñanzas de la pandemia!

Cada edificio debería gestionar tres cosas que hasta ahora hemos considerado externas a la arquitectura: el sol que recibe, el calor que acumula y el agua que cae sobre él

Hay otras leyes absurdas, por ejemplo la concerniente a cubiertas y terrados, que no permiten que ese preciado espacio, una fantástica quinta fachada, contribuya a paliar la debacle climática. Por ejempl,o con pérgolas que protejan de la irradiación directa, al tiempo que permitan ofrecer un espacio de estar y de cultivo, y ser a su vez soporte de placas fotovoltaicas. Por otro lado, todo edificio público debería ya concebirse como futuro refugio climático. Y claro, garantizar su apertura en verano.

Otra preocupación concierne a la lluvia y el viento. Las ciudades no están preparadas para lo que se avecina. Va a llover menos, pero con gran virulencia. Las predicciones hablan de duplicar los episodios de más de 200mm en 24 horas en las próximas dos décadas. ¿Por qué no es obligatorio recoger toda esa agua en cubiertas, con suelos esponja y reutilizarla? Para refrescar a la gente, los pavimentos o hidratar vegetación.

Cada edificio debería gestionar tres cosas que hasta ahora hemos considerado externas a la arquitectura: el sol que recibe, el calor que acumula y el agua que cae sobre él. Lo mismo a nivel de calle: recoger la lluvia, permitir elementos de sombra como toldos, marquesinas, porches y garantizar pasos e itinerarios a cubierto. Hay muchas plazas y jardines que han estado vacías estos dos últimos meses, eran parrillas humanas. Colgar un toldo blanco apenas sirve de nada. Hemos de considerar la sombra como una nueva infraestructura urbana. El arquitecto suizo Philippe Rahm afirma que, ahora, “la forma sigue al clima y la función sigue a la forma que sigue al clima”, parafraseando la célebre máxima del diseño “la forma sigue a la función”.

Lamentablemente, ya publicamos este artículo el verano pasado, y volveremos a publicarlo cuando las inundaciones otoñales aneguen algún túnel o el viento abata un árbol sobre alguien. Y el verano que viene, otra vez, seguramente con temperaturas al alza y récord de fallecidos. El cambio climático avanza a zancadas ante la inacción política y social.

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