
Periodista
Postales de verano
Es posible que la estación sea un estado de ánimo, escorado hacia el bienestar. Pero no funciona como vacuna ni remedio de nuestras contradicciones

Imágenes de los controles aleatorios de pasaporte hoy en los aeropuertos de Madrid Barajas y Barcelona el Prat / Iñaqui Martínez / ACN
Los recuerdos del verano tienen casa propia en el barrio de la memoria. Aunque por mucho que Instagram se empeñe en edulcorarla, la vida sigue siendo tan compleja como el resto del año. Así que ahí va una pequeña muestra de contrastes
La desconexión. Mont-roig del Camp, Tarragona. Mi trabajo en la radio me sigue llenando; pero la placidez de no estar atado a un horario, el disfrute de las comidas familiares, ¡y encima volver a ver el mar!... eso no se paga con dinero.
La indefensión. Esa sí fue pagada. T1, aeropuerto de El Prat. Larga espera, casi dos horas, de un servicio contratado para guardarte el coche mientras estás fuera con el compromiso de entregártelo a la vuelta. Al final, hubo que ir hasta un aparcamiento en la Conchinchina para recuperar el vehículo. Explicación: “es que estamos desbordados...”.
La plenitud. Valle del Sueve, Asturias. La montaña, el silencio, el cielo, el amor con tu pareja, unos amigos de los de verdad. El catálogo de la felicidad lleno a rebosar. Esos momentos donde te sientes capaz de todo
La fragilidad. Del todo a la nada. Alrededores de la estación central de Amsterdam. Cargado de maletas, las piernas se enredan con un abrigo y me arreo una hostia descomunal. La artrosis ha colonizado mis rodillas y ya no soy el de antes. Me jode –y me asusta- reconocerlo.
La evación. No concibo un verano sin libros. Este año han sido doce. Desde una historia distópica con canibalismo a gran escala, hasta un atentado para cargarse a todos los líderes europeos en la isla de A Toxa. La literatura y la imaginación son continentes sin fronteras.
La vergüenza. En la vida real sí existen las fronteras. Y el puñetero azar de nacer en un lado u otro. En el semáforo de una calle alejada del centro de Madrid, un chaval negro vende pañuelos. Acerca su rostro a la ventanilla, que yo he cerrado previamente. No tengo valor de mirarle a los ojos. Me incomoda, me molesta. Me siento un mierda. Y tal vez lo sea.
Moraleja. Es posible que el verano sea un estado de ánimo, escorado hacia el bienestar. Pero no funciona como vacuna ni remedio de nuestras contradicciones.
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