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Opinión | Inolvidables
Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

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Últimas tardes con Juan Marsé

Cultivó un modo de ser escritor, sentado en su casa, atento al mundo, y a la pasión por la vida, por la rabia y por la risa

El escritor Juan Marsé

El escritor Juan Marsé / Albert Bertran

Fueron tantas las últimas tardes con Juan Marsé. Y sigue habiendo ese tiempo quieto que dejó atrás su vida, y seguimos sintiendo que está, con todos nosotros, con los que lo leímos, con los que le seguimos leyendo y añorando.

Aquel personaje fue sobre todo una persona, una buena persona que cultivó mucho más que la literatura: cultivó un modo de ser escritor, sentado en su casa, atento al mundo, y a la pasión por la vida, por la rabia y por la risa.

Fue a la vez un escritor y un ciudadano cabreado con la manía universal de acabar con la alegría de vivir. Vivió de lleno en la peor de nuestras épocas, la dictadura, y dio señal siempre de estar atento para decir, con respecto a aquel mundo de detritus, que estaba en contra.

Lo escribió, lo dijo, lo compartió con otros personajes de su tiempo, con los nombres propios que fueron señales de un país distinto, hasta el grito. Y cuánto se rio, además, de aquellos tiempos Juan Marsé.

A veces me llamaba por teléfono para que le buscara en la televisión un improbable partido del Barça en Hungría, por ejemplo. A veces llamaba también para preguntar si nos había pasado algo cuando supo que en alguna de las islas Canarias había ocurrido un terremoto o cualquier incidente.

Tachaba cada día los libros que iba escribiendo como si de esa manera se rompiera a sí mismo. Nada de lo que hacía le servía para siempre.

Era un hombre extraordinario del que no me olvido nunca. Es, como reza el título de esta sección con la que subrayo el verano, un ser inolvidable al que llamábamos cada 8 de enero para decirle cuánto le queremos, y ahora ese día se junta con la vida de los que seguimos aquí para celebrar que entre nosotros vivieron Marsé, su mujer, Joaquina Hoyas, sus hijos, Berta Marsé, Alejandro Marsé, la gente a la que él quiso (¡Carmen Balcells, su tan querida amiga…!).

Una vez de aquellos años felices, ese día precisamente, Carmen, su agente, aquella benefactora, llamó a un enorme gentío para que celebráramos juntos el cumpleaños de Marsé. Había tanta gente… Mario Lacruz, benefactor del mundo de la literatura, excelente escritor él mismo, fue conminado por la gran anfitriona, para que tocara al piano 'As time goes by', aquella hermosa melodía, una de las grandes amistades del autor de 'Últimas tardes con Teresa'…

Allí estaba Mario, esperando a que entraran por aquella puerta de la casa de Carmen la propia Carmen, la mujer de Juan y el mismo escritor que cumplía ¡sesenta años! Yo estaba allí, escuchando la música, viviéndola, mientras Juan y su mujer miraban adentro para saber lo que solo no sabía el autor que esa noche ya era mayor y para siempre.

La melodía siguió entre grandes alegrías, y creo que jamás hubo un día más feliz en aquella casa que siempre estuvo cerca de ser, para Marsé, para Carmen, para tantos, como un himno a la alegría.

Recuerdo todos los momentos de aquella noche, y me fui al hotel con una última ocurrencia de Carmen, tan querida, tan ella misma hasta el último instante. Venía conmigo una escritora reciente, una amiga inolvidable, Dulce Chacón. Cuando Carmen Balcells la vio conmigo la anfitriona tuvo la ocurrencia de la noche.

Lo supe luego, cuando llegué al hotel y vi que Dulce lloraba. Carmen le había dicho: “¿Tú eres la de este mes?”. Dulce lloró hasta el día siguiente; Carmen luego dijo “lo siento”, pero nadie podía decir que Carmen no fuera, también, la que hubiera dicho cualquier otra cosa, dentro de un ramo de flores para Dulce.

Juan, tan inolvidable, tan querido.

Le pedí a su hija Berta, escritora también, tan querida, hecha de los dos, de Joaquina y de Juan, que recordara algunos de los hechos que para ella fueran inolvidables de aquella casa, de aquella familia y de aquellos tiempos. Ella me envío estas palabras.

“Querido Juan: Son tantísimos los recuerdos inolvidables que he pensado que lo mejor va a ser optar por estos dos, porque son el Primero y el Último:

El primero es tan antiguo que no sé ni el año, quizá 1975 o 76, en el pueblo de mi abuela Berta, L’Arboç del Penedés. Estoy enferma, con fiebre, acostada en una cama muy grande. Se supone que mi padre está en Barcelona, trabajando, pero de repente está ahí, de pie en la habitación, con su chaqueta de pana, ¡y me trae un regalo!

Es una muñeca japonesa, con kimono verde y el pelo muy negro y brillante, recogido en un moño con alfileres clavados. Es tan exótica y tan bonita que me deja muda. ¿Te gusta?, me pregunta él varias veces, pero yo no puedo decir nada. Recuerdo mirarla durante muchísimo rato, horas, días…

El último es en el Hospital de Sant Pau, en plena pandemia, verano del 2020. Como cada día le visito y le llevo un bocadillo de jamón, que ya no come, y la prensa, que ya no lee. La leo yo mientras él duerme intranquilo, de vez en cuando murmura cosas entre dientes. Cuando me voy se despide de mí como hace cada día, dándome las gracias, gracias por tomarme tantas molestias, gracias por estar ahí pudiendo estar de vacaciones, gracias por todo.

Gracias, y hasta luego”.

Como escribe José Hierro en su poema 'Réquiem', no he dicho a nadie que estuve a punto de llorar.

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