Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Comtal Street
Álex Sàlmon

Álex Sàlmon

Periodista. Director del suplemento 'Abril' de Prensa Ibérica. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

En la barra del Nick Havanna

El empresario Javier de las Muelas.

El empresario Javier de las Muelas. / 5

Si Javier de las Muelas hubiera nacido en Nueva York su rostro habría sido portada del diario local, que es el periódico más internacional que existe, el NYT. En lo local está la esencia planetaria como demostraron, novela tras novela, García Márquez, Vargas Llosa o Josep Pla.

El De las Muelas de los 80, ya conocido empresario nocturno que no salía por la noche, se había inventado Gimlet, que todavía existe, e intuía que a Barcelona le iban a pasar cosas perdurables. Así que, unos meses antes de la famosa frase de Samaranch, “A la ville de Barcelona” que la convertiría en olímpica, decidió embarcarse en el proyecto más ambicioso, genuino, personal, estético, humanista, loco, avanzado y de diseño, expresión muy utilizada por entonces. Tenía una idea: crear un lugar de encuentro donde pasaran cosas.

No hay generación, ni Z ni millennials, que pueda entender lo que representó Nick Havanna en Barcelona. Fue un todo en un local que ni era un bar, ni discoteca, ni una boîte (hermosa palabra francesa pronunciada en español o catalán), ni una sala de fiestas de arte y ensayo, ni un foro de debate, ni un pub, ni una coctelería, aunque siempre tuvo una preferencia por el “mezclado, no agitado” en su barra. Y menuda barra.

Lo terrible es que el próximo mes de diciembre se cumplirán 40 años de su inauguración. 41 años, exactamente, desde que De las Muelas abriera las puertas de madera de un local en la calle Rosselló, entre Balmes y Rambla Catalunya, que era una antigua imprenta tipográfica que llevaba 30 años cerrada. Avanzándose a estos tiempos audiovisuales, Javier decidió filmar todo el proceso de construcción de la sala y ahora es material puede verse en YouTube. Lo grabó un jovencísimo Rafa Lluch, que entonces trabajaba en RCR Films, una productora de anuncios. Todo un documento histórico.

Existen muchas formas de explicar qué era el Nick Havanna, pero la mejor para mostrar su estilo diferenciado es comenzar por los servicios. Exactamente por el de hombres, donde una cascada de agua, que ocupaba toda la pared, hacía imposible una micción que no fuera placentera, como junto a un río. Puede resultar ordinario. Pero cambien el chip. Eso era el Nick Havanna, un cambio de chip. Las chicas acababan pasando por los servicios de los chicos si era la primera vez que lo visitaban, entre las risas inocentes y libres de aquellos años 80.

El espacio era amplio y de día, luminoso, gracias a una gran claraboya que convirtieron en cúpula. El proyecto fue de Eduard Samsó, habitual en el interiorismo de los locales de aquellos años. El diseño de calidad rezumaba. Las sillas de Philippe Starck, las dos barras cubiertas de maderas nobles redondeadas por artesanos; hasta la puertas de la entrada buscaban la sutileza de lo redondo. Un gran 'videowall' repleto de monitores al fondo, jugando con la música o el ambiente. En la barra, el servicio era humano, no expendedores de alcohol. Aquí hay que recordar a Eddy Collins Jones: gran conversador de barra. Alto, guapo y esbelto. Su zona siempre estaba rodeada de mujeres. Nació en Malabo, descendiente de esclavos africanos, y se sentía un barcelonés más. Por desgracia, ya se fue. En la barra del Nick Havanna puso copas una jovencísima Meritxell Batet, expresidenta del Congreso de los Diputados. Sus ojos irradiaban alegría igual que ahora. Javier de las Muelas lo recuerda. Yo también.

El Nick Havanna fue, como casi todo lo que ha hecho De las Muelas, un proyecto diferente. Hizo un concurso abierto para encontrar el mejor atuendo profesional. “Las mujeres llevaba pantalón y los hombres faldas”, recuerda De las Muelas. Los 'discjokeys', término en desuso, eran intelectuales de la música como Mingus B. Formentor, Jordi Beltran o Elena Posa, que llegó a ser directora del Festival Grec. “Los porteros de la puerta, normalmente mujeres, eran amables. La inauguración del local comenzó a las doce del mediodía hasta la una de la noche”. Casi un tardeo. “En los monitores poníamos publicidad pagada. Recuerdo uno de Alka-Seltzer, un antiácido”.

Muchos comparan su estética con un sentido neoyorkino, que sí, aunque la barra circular se inspirara en el hotel Habana Libre, pero el espacio desbordó la imaginación de cualquiera. Ir al Nick Havanna era una posición frente a la vida. Solo eso.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS