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Opinión | Humanidades
Josep M. Lozano

Josep M. Lozano

Profesor emérito de Esade (URL)

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Pensamiento... ¿crítico?

La expresión funciona como una variante del pensamiento mágico, una especie de ritual retórico que produce una satisfacción tanto a quien la pronuncia como a quien la escucha, sin que nadie sepa de qué está hablando

Descubren cómo el pensamiento articula su propio lenguaje.

Descubren cómo el pensamiento articula su propio lenguaje. / Crédito: Quilia en Unsplash.

Un día estaba hablando con el director general de una empresa importante, que insistía en lo necesario que era que la universidad preparara a los estudiantes en el pensamiento crítico, una competencia que consideraba cada vez más escasa y una necesidad imprescindible para el futuro inmediato. Le respondí que compartía plenamente su diagnóstico y que daba por supuesto que eso implicaba también, por su parte, fomentar la capacidad de criticar su manera de dirigir y su estilo de liderazgo. Sospecho que el comentario no le hizo demasiada gracia, porque poco después dio por terminada la conversación.

Se habla con frecuencia de la necesidad del pensamiento crítico. Y muchas veces tengo la sensación de que la expresión funciona como una variante del pensamiento mágico, una especie de ritual retórico que produce una gran satisfacción tanto a quien la pronuncia como a quien la escucha, sin que nadie sepa exactamente de qué está hablando. Quizá una de las causas sea que con demasiada frecuencia se olvida que para que exista pensamiento crítico primero tiene que haber pensamiento. Es decir, haber realizado antes el esfuerzo tenaz y paciente de conocer, informarse, analizar y contrastar. Y que, por tanto, antes de excretar el propio pensamiento crítico hace falta, sobre todo, saber escuchar.

Resulta curioso que se reivindique el pensamiento crítico y apenas se mencione la capacidad de escuchar. O que se reclame pensamiento crítico sin plantear que este debería empezar por cuestionar los propios prejuicios y asunciones. Y eso solo puede hacerse dialogando y escuchando cómo nos ven los demás. En un mundo donde parece imprescindible tener opinión sin necesidad de tener criterio —si es posible, opinando antes que nadie y alzando la voz— conviene recordar que elaborar un criterio es una tarea lenta, difícil y exigente, inseparable del deseo y la paciencia de madurar personalmente.

La demanda de más pensamiento crítico suele ir acompañada de grandes jeremiadas sobre la necesidad de recuperar las humanidades. Aquí al pensamiento mágico se le añade la necesidad de cuidados paliativos. No creo que nadie pueda sospechar que minusvaloro la importancia de las humanidades. Pero me asombra esa fe crédula según la cual las humanidades corregirán los déficits y limitaciones de determinados programas educativos... que permanecen intocables. Es una visión mágica y paliativa de las humanidades, concebidas como un barniz enriquecedor para quienes las poseen, pero incapaz de modificar lo que ocurre en las aulas o en los pasillos. Como dijo una vez un alumno, no sabe cuánto le agradezco este curso porque me ha proporcionado temas de conversación para las sobremesas de las comidas de negocios. Hubiera preferido que fuera cínico, pero parecía sincero.

No seré yo quien niegue la conveniencia de leer 'Antígona', 'El extranjero', 'Frankenstein' o 'El rey Lear'. Pero solo si no olvidamos que eso implica entrar en un proceso de receptividad, indagación y aprendizaje compartidos. Que implica poner el acento en hacer(se) buenas preguntas y no en buscar respuestas rápidas. Que implica hablar y escuchar en primera persona, del singular y del plural. Hablar del placer, el deseo y la frustración. Del poder, la justicia y la equidad. De la libertad, la responsabilidad y el compromiso. De la autonomía, la obediencia y los vínculos.

Lo mismo se repite ahora cuando se habla de la educación y la IA. Se suele postular que dicha formación vaya acompañada de más humanidades. Pero apenas se dice cómo debería plantearse la propia formación en IA, que parece concebirse exactamente igual con humanidades o sin ellas. ¿Hace irrelevante esa formación profesional preguntarse en qué tipo de empresa queremos trabajar? ¿Quién diseña los algoritmos y sus sesgos? ¿Qué dependencias contribuirá a fomentar? ¿Qué relaciones de poder y qué conflictos militares la IA está reordenando y reforzando?

Está claro que necesitamos las humanidades. Pero no unas humanidades mágicas y paliativas. No unas humanidades convertidas en arqueología o en mero recuerdo, incapaces de ayudarnos a comprender y transformar el presente que vivimos y el futuro que estamos construyendo.

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