El último verano en París
Conocí a Guille el último día de julio, en el número 24 de la Rue des Lombards en pleno barrio de Le Marais

La Torre Eiffel.
No ha terminado agosto y en París las hojas ya han comenzado a caer, corre un viento frío y huele a lluvia. Como una sombra fúnebre, ha llegado el otoño antes de que el verano pueda consumir sus días.
«No quiero más servir a señor que se me pueda morir», dijo el Duque de Gandía antes de meterse a jesuita. Las malas lenguas cuentan que estaba enamorado de la emperatriz Isabel. La muerte de la amada produjo en él una decepción tan lacerante que terminó por meterse a cura. Al servicio de la Eternidad ya no se sufre la muerte del amor.
Guillermo supo la historia del Duque gracias a las catequesis de los jesuitas de Madrid. Desde que la escuchó a los 15 años había tratado de aplicarla a rajatabla. Aunque a su manera. Por supuesto, no tenía ninguna intención de meterse a jesuita. Gozaba de gran predicamento entre las mujeres. Pero trataba a lo pasajero como tal, sin aferrarse a nada. «Las mujeres llevan la muerte en los ojos — le gustaba decir—. Es el reverso del deseo». Con nueve años había enterrado a su madre.
Conocí a Guille el último día de julio, en el número 24 de la Rue des Lombards. Pleno barrio de Le Marais. Me esperaba sentado en el sofá, en calzoncillos, con un cigarro en la boca y una copa de Chardonnay helado en la mano. Mi amigo Matías se había marchado durante las vacaciones, dejándome libre su cama. Por teléfono me había comentado que tenía un compañero de piso que, como yo, tenía que pasar el agosto entre libros.
Hemos compartido muchas horas de lectura en la Biblioteca Nacional. Él tenía acceso a la zona reservada. A mí me tocaba hacer cola con los parias para la sala Richelieu. Pero cada hora me escribía para salir a fumar. Fumaba como si la vida se le escapase entre los dedos.
Cada día alargábamos el trabajo hasta que el hambre apretaba. Después alargábamos también la comida hasta que nos aguantara el cuerpo. No creo que haya mejor manera de conocer París. Me llevó por todos sus bistrots preferidos. El vino acompasaba las horas de la tarde. Guille tiene una fe ciega en la virtud económica de su padre.
Una de esas largas tardes nos vinimos arriba y acabamos en el Hemingway. Allí conocimos a Miriam, una chica preciosa de Lyon que había empezado a trabajar en la capital. Estaba con un idiota del que pudimos librarnos pronto. Evidentemente, yo no tenía nada que hacer. Cuando uno vive con un personaje como Guille tiene que asumir como máxima aspiración la del trovador.
Pasaron las horas y, fiel a su máxima religiosa, se fue acercando a Miriam con la velada intención de ahuyentarla cuando se hubiera consumido la noche. Ese día volví solo a casa.
Lo raro es que al día siguiente Miriam se sumó a la comida. Lo mismo ocurrió cada día de aquella semana. Se hizo una más del grupo. Por mi parte, igual que nunca quise hacer ver a Guille las rarezas de su extraña interpretación del Duque de Gandía, no iba ahora a molestarle con el accidente que era Miriam en su sistema.
El domingo a las 7 de la mañana me despertaron, como de costumbre, los clochards de la ciudad. Pobres ha habido siempre en París; pero las drogas han corroído el alma y la historia de estos hombres. Son sombras enloquecidas que van dando gritos por la ciudad. Cada mañana acuden como fantasmas a esperar la apertura del Carrefour que hay frente a mi casa para comprar su última cerveza de la noche y la primera de la mañana. Un día más, sus peleas me obligaron a levantarme de la cama para cerrar la ventana. Guille estaba en el sofá. Tenía los ojos abiertos de par en par, como si no hubiera dormido. Me miró, bebió un trago de whisky, se encendió un cigarro con la chusta del anterior.
— ¿Mala noche con Miriam? — le pregunté.
Volvió a dar otro trago y otra calada al cigarro.
— Ayer, después de Legrand, fuimos a su casa. Estábamos besándonos cuando el vecino comenzó a chillar desquiciado. Nos vimos obligados a salir al pasillo. Llamamos a su puerta. Era un señor mayor, jubilado. Miriam solo le había visto salir de casa con su mujer. «Eve no se despierta», dijo el hombre. Fuimos a la habitación. Eve había muerto. Miriam se echó a llorar. Sin decir palabra volví a por mi camisa y me vine a casa.
— Entonces, ¿se acabó?
Guille fijó sus ojos en mí.
— Llevo desde las 3 aquí, en el sofá. No he dejado de pensar en ella. En mi delirio he llegado a imaginar su funeral, con su caja de pino. He escuchado el sonido de la paleta del sepulturero al pasar por el cemento de su nicho. En estas horas he pasado mil noches sin dormir.
Apuró su cigarro y lo aplastó contra el cenicero. Volvió a mirarme y sonrió.
— Desde hace un rato estoy esperando a que despierte para invitarla a desayunar.
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