Opinión | INTERNACIONAL

Periodista
El día en que Saddam Hussein afrontó su crimen y castigo
Bajo una estera se ocultaba el zulo de Saddam Hussein, en la mesilla descansaba un ejemplar del clásico de Dostoyevski, y los periodistas debíamos contar una de esas noticias que son historia

La cocina de la granja donde se escondía el exlíder iraquí Saddam Hussein, en Ad Dawr (Irak), el domingo 21 de diciembre de 2003. / STEFAN ZAKLIN / EFE
Más de veinte años después puede admitirse: hubo cierto jolgorio entre los corresponsales españoles por dejar plantado a Federico Trillo. El 14 de diciembre de 2003, los periodistas que estábamos destacados en Irak nos desplazamos hasta Base España, en el sur del país, para cubrir la visita de Trillo, ministro de Defensa, a las tropas desplegadas. En coche era un viaje largo, de casi tres horas, por una autopista en línea recta salpimentada de cráteres de bombardeos y controles de los soldados de Estados Unidos. Nos aguardaba un día rutinario, las visitas oficiales, incluso en aquellos días y en aquel país, no son excitantes. Sin embargo, al poco de llegar un suspiro empezó a tomar forma de rumor y después de noticia: los estadounidenses habían encontrado el zulo de Saddam Hussein. Los periodistas nos mirábamos perplejos, hacíamos llamadas con nuestros teléfonos satélites, maldecíamos nuestra mala suerte, era increíble que la noticia más importante desde el inicio de la guerra nos pillara fuera de Bagdad. Cuando a las tres de la tarde, hora iraquí, el inefable Paul Bremer, administrador civil estadounidense en Irak, anunció públicamente la captura del dictador ("Ladies and gentlemen, we got him"), la mayoría de la prensa española había plantado a Trillo y regresaba como podía a Bagdad. A toda velocidad. En la capital, los barrios chiís celebraban la caída del tirano. Los sunís, afilaban armas. Los periodistas españoles atravesábamos por segunda vez a 180 km/h un país en el que circular por carretera era uno de los riesgos asumidos del oficio. La noticia se lo merecía.
La caza de Saddam era la historia. El dictador iraquí desapareció en cuanto se inició la guerra y, salvo una fantasmal aparición en un barrio afín de Bagdad, nada más se había sabido de él. Su régimen se desmoronó, los soldados de EEUUocuparon el país con mayor facilidad de lo esperado, George W. Bush culminó el trabajo que su padre no hizo, no quiso o no supo hacer, pero faltaba el premio gordo: poder mostrar la cabeza de Saddam. No es una figura retórica: Saddam acabó ahorcado. **"**El presidente Bush envía sus recuerdos", le dijo al tirano el soldado que lo capturó.
Verlo y contarlo
Los grandes acontecimientos históricos son un chute de adrenalina para cualquier periodista que se precie. Los corresponsales en el extranjero, sobre todo en zonas como Oriente Próximo, tenemos el privilegio de ser testigos y, sobre todo, de poder contarlos. Al día siguiente de la espantada a Trillo, los dos hoteles de periodistas de Bagdad, el Sheratony el Palestina, se vaciaron a primera hora en caravana hacia el norte del país, hacia Ad-Dwar, cerca de Tikrit, donde estaba la granja en la que Saddam había sido capturado. Primera ironía: después de buscarlo por todas partes, Saddam había pasado la guerra escondido al lado de su ciudad natal.
Ad-Dawr era una zona agrícola de palmerales, naranjos y huertos, a unos 15 kilómetros al sur de Tikrit, muy cerca del Tigris. Los marines nos aguardaban para escoltarnos en grupo a la granja donde estaba el zulo. Parecía un parque temático. Segunda ironía: para alguien tan apegado al lujo, el último palacio de Saddam no era un búnker sofisticado, sino un refugio rudimentario en un pequeño complejo formado por una caseta de adobe, un cobertizo metálico y algunos corrales. La entrada al zulo quedaba oculta bajo una alfombra o estera y su tapa tenía dos pequeños tiradores de alambre para poder abrirlo por dentro. El pozo descendía entre dos y dos metros y medio.
No era una habitación subterránea. Era un pozo vertical que, en el fondo, giraba hacia una pequeña cavidad horizontal. Esa cavidad era tan estrecha que apenas permitía tumbarse boca arriba. No era posible sentarse ni incorporarse. Para entrar había que bajar primero los pies y luego retorcer el cuerpo hacia un lado. El escondite disponía de un sistema muy elemental: un tubo de ventilación que llevaba aire al interior, un pequeño ventilador eléctrico y un tubo fluorescente para iluminar el fondo del refugio. Algunos periodistas hicieron cola para entrar y fotografiarse, sonrientes, con los soldados. Turismo de guerra.
El conducto de ventilación estaba disimulado en el exterior. La granja contaba con dos habitaciones muy pequeñas, un dormitorio con ropa sucia tendida y otra esparcida por el suelo. Por doquier había basura, platos sin fregar, fruta podrida. En una mesilla vi un libro en árabe. Le pregunté a un traductor. Era un ejemplar de 'Crimen y castigo'. Me dio el título de mi reportaje: 'Crimen y castigo en la mesilla'. Tercera ironía: ¿cómo no imaginarse al tirano que aterrorizó a Irak, culpable de asesinatos masivos, leyendo en sus últimos días de libertad 'Crimen y castigo'?
Horror, miedo, sangre
Cuarta ironía, esta trágica: al día siguiente, dos coches bomba explotaron contra comisarías iraquíes en Bagdad. Murieron al menos 8 personas y decenas resultaron heridas. Fue la constatación de que la propaganda estadounidensementía. Capturado Saddam no acabó la insurgencia. Al contrario, el país cayó en un pozo de horror, miedo y sangre del que hoy aún no ha acabado de salir.
No mucho después dejé de viajar a Bagdad: otros países, otras historias que contar, otros periodismos que aprender. Tardé veinte años en regresar. Encontré un país de cicatrices, desangrado, de generaciones perdidas en un baño de sangre sin fin. En las calles de Bagdad ya no hay rastro del dictador. La carretera a Diwaniya sigue siendo un zigzag que los iraquíes afrontan a 180 por hora. Y en Tikrit, a orillas del Tigris, recuerdan.
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