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Opinión | Estafas
Olga Ruiz

Olga Ruiz

Periodista

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La desconfianza

Engaños cada vez más sofisticados han conseguido algo más peligroso que robarnos dinero: que dudemos de todo y de todos

Mensaje de SMS de la práctica del 'phishing'.

Mensaje de SMS de la práctica del 'phishing'. / JOSÉ LUIS ROCA / EPC

Un desconocido se acerca mientras acabo de repostar y me pregunta algo que ni siquiera alcanzo a escuchar. No me doy ni le doy tiempo. Me meto en el coche y me voy. ¿Y si es una artimaña para distraerme y robarme? Lo mejor es desconfiar.

Intento hacerme un selfi ante unas vistas espectaculares de la costa asturiana y un chico se ofrece a hacerme la foto. Compruebo, casi instintivamente, que no va acompañado y le digo que no. ¿Y si desaparece con mi móvil en cuanto lo tenga en sus manos? Lo mejor es desconfiar.

Me llaman de la comercializadora de gas: una factura ha sido devuelta por un error de unos céntimos y me ofrecen pagarla a través de un enlace. Ni hablar. Busco otra forma de pagarla, aunque eso dilate el proceso y me arriesgue a un corte de suministro. Lo mejor es desconfiar.

En los últimos meses me han llamado desde el número de mi banco para alertarme de una transferencia sospechosa. Era una estafa. He recibido un SMS de la Agencia Tributaria con un enlace fraudulento a una inexistente notificación e intento sortear decenas de llamadas reclamándome una deuda de un máster que nunca he cursado.

'Phishing', 'smishing', 'vishing'… Estafas cada vez más sofisticadas que han conseguido algo más peligroso que robarnos dinero: que dudemos de todo y de todos. Vivimos en una especie de paranoia permanente, sospechando de cualquiera que se acerque, que nos pida algo.

El otro día, el coche me avisó de que una rueda tenía poca presión. Paré en una gasolinera, pero no me aclaraba con el dichoso pitorro del aire. Me acerqué a una chica para pedirle ayuda.

—Lo siento, tengo prisa —me dijo antes de que pudiera explicarle nada.

Y pensé que quizá desconfiar es lo más sensato. Pero no sé si es lo mejor.

El enlace para pagar aquella factura era real y me habría ahorrado un buen número de gestiones.

Quizá tan real como la amabilidad del chico que se ofreció a hacerme una foto en Asturias.

Tal vez el problema no sea que desconfiemos. Tal vez sea que estamos olvidando que también se puede confiar.

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