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Opinión | Trasteros
Care Santos

Care Santos

Escritora

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Cosas

Por muchas Marie Kondo y por muchos grandes clásicos que nos animen a deshacernos de todo, no hemos aprendido a renunciar, seguimos acumulando

Imagen de la fachada de un centro de alquiler de trasteros en el centro de Barcelona.

Imagen de la fachada de un centro de alquiler de trasteros en el centro de Barcelona. / MANU MITRU

Me da de pronto por pensar en un apocalipsis a escala mundial en el que solo sobrevivieran los trasteros, todos a rebosar de cosas. Ni rastro de los humanos. Solo sus objetos. Todas esas posesiones que sentimos como una prolongación de nosotros mismos, con las que mantenemos una vinculación emocional. Lo que guardamos a pesar de todo.

Siempre hemos tenido una relación complicada con las cosas, incluso cuando tenemos donde meterlas. Acumulamos como si de ello dependiera nuestra supervivencia (así fue en algún momento). Cuando el espacio se agota lo liberamos a regañadientes para enseguida volver a acumular. Por muchas Marie Kondo que nos animen a deshacernos de todo o por grandes clásicos de todas las tradiciones —de Lao-Tse a Horacio, pasando por Thoreau— que hayan cantado las virtudes de la renuncia, no hemos aprendido a renunciar. Solo el tamaño de los pisos y los precios desorbitados de la vivienda en las grandes ciudades han impuesto el ascetismo. A regañadientes, claro.

En este apocalipsis que imagino, veo a una IA revisando uno por uno los pequeños cubículos llenos de cosas de una ciudad como Barcelona o Madrid y clasificando a los dueños por categorías: «Viajeros estacionales», «Padres nostálgicos», «Imprácticos sin solución»… La imagino formando montones con lo encontrado y elaborando estadísticas mientras otra IA investiga el modo de deshacerse de ello. Tablas de surf, maletas, apuntes de la licenciatura, ropa de bebés que nacieron hace décadas, piezas de recambio de coches extintos, colecciones de inútiles —maquetas de barcos, discos compactos, plumas estilográficas…—, cosas, todas ellas, que ninguna otra especie habría inventado sino nosotros.

La conclusión final de la IA, una vez revisada en línea la literatura existente, sería que Cicerón, Horacio, Lao-Tse y el propio Henry David Thoreau fueron en su vida y su obra fervientes defensores de los trasteros y los pisos diminutos, que lograron en una sola generación lo que grandes pensadores de todas partes llevaban pregonando desde hacía siglos.

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