
Periodista y escritor
Caballero Bonald, el centenario del hombre apacible
España era rara, decía, joder, qué raro es este país. Lo decía en cualquier circunstancia. Por ejemplo, cuando caminábamos por mi pueblo

José Manuel Caballero Bonald, el 17 de marzo de 2015. / Paco Campos / Efe
Cuando murió José Manuel Caballero Bonald (nació en 1926 en Jerez de la Frontera, murió el nueve de mayo de 2021 en Madrid) yo estaba en casa. Ya había amanecido. Él llevaba muchos días viviendo la agonía, con Pepa Ramis, su mujer, con sus hijos, ya el mundo no era para él. Y esa mañana Pepa me llamó al teléfono y tan solo dijo: "Ya".
Lo conocí en Santa Cruz de Tenerife, yo era un muchacho que lo fue a buscar al aeropuerto. Daría conferencia sobre su literatura, sobre poesía. Acababa de publicar 'Ágata ojo de gato', su mejor novela a mi juicio. Escribí sobre ella en 'Triunfo', la revista que se hundió al fin de la dictadura y frente al auge del periodismo.
Siempre recuerdo de aquellos días su modo de caminar. Subía y bajaba del atril de la acera como si estuviera jugando. Fumaba (lo poco que fumaba) en una boquilla que parecía estar volando. De vez en cuando lanzaba denuestos sobre el momento en que vivíamos (1973). Ya se podía decir en España que todo iba a peor.
Ese modo de explicar su malestar (el malestar español, naturalmente) lo juntaba con su manera de ironizar sobre la permanencia de Franco, aquel hombre. Desde aquel tiempo nos hicimos amigos, exactamente hasta la muerte. Pocos días antes de que Pepa me hiciera aquel aviso inolvidable le hice a Pepe la última entrevista. Respondió por correo electrónico. Jamás, esos días, emitió una queja, ni sobre la salud ni sobre la vida.
Le hice cientos de entrevistas, con muchos motivos, poéticos, políticos, narrativos. Respondió siempre con simpatía, y con el grado exacto de circunspección. Escucharle era hablar con la literatura. Él decía, de coña, pero tenía razón, que no estaba preparado para escribir mal. Doy fe hoy que este hombre fue entonces en el anteayer de nuestra literatura.
Ahora es (lo será el 11 de noviembre) su centenario. Parece que no se fue nunca. Con mucha frecuencia voy a ver a Pepa, su viuda, en la casa que fue de los dos. Y de los hijos. De coña decía: "Los tengo por ahí, son cuatro o seis, no sé". Y cuando entro ahora en su casa, en tardes que se parecen a las que tuvimos siempre en la misma casa, me da la impresión de que él va a salir a encontrarme, ya sin cigarrillo, caminando como si él fuera el que viene de la calle.
Recuerdo la exactitud de sus palabras. Partían del silencio para convertirse en latigazos que no iban dirigidos a ti, sino al ambiente que tenía el momento en que vivíamos. Luego me lo diría de otra manera, al correr de los tiempos: "A ver si digo algo que no digan otros cretinos…"
España era rara, decía, joder, qué raro es este país. Lo decía en cualquier circunstancia. Por ejemplo, cuando caminábamos por mi pueblo. Había poca luz por las calles, el lugar por el que transitábamos se llamara Rambla del General Franco, aquel lugar parecía una taberna pobre, la luz estaba racionada, andar era adivinar de dónde venía la acera… Él hablaba como para inaugurar las cosas, o para tacharlas. Partía de un silencio que ejercía parado, decía lo que fuera y proseguía caminando, un pie junto al otro, ligeramente juntas las terminaciones de los zapatos.
Era aún aquel Caballero Bonal. En el momento preciso en que lo recuerdo andar por aquella calle larga, no era Pepe en la ciudad, era un visitante que acababa de llegar y preguntaba. Buscaba en las esquinas aquellas semejanzas de Jerez, su lugar de la vida, y en este caso yo era el cicerone, él mirando a un lado y al otro, feliz en todo caso de estar en aquel sur del mundo que era Tenerife.
En ese momento en que era nuevo en nuestra plaza de Santa Cruz, a Pepe Caballero le interesaba todo, como si fuera a memorizarlo. En ese tiempo casi nada era memorable, pues este país, aquel país, ofrecía solo la novedad chiquita de amanecer más o menos en paz. En cualquier momento se iba a escuchar, en cualquier parte, en la isla, en Barcelona o en el País Vasco, o en la parte baja de Andalucía, la sirena maleducada de la policía.
Entonces encarcelaban, eso lo vi, a los estudiantes por decir una palabra más alta que la otra. Hubo un día en que un malvado agente llamado Matute mató en comisaría a un joven por estar entre los revoltosos. Otros dormían en la cárcel y quienes los visitábamos ahí sabíamos que aquello era la cárcel de verdad, no era un retiro.
Lo entrevisté hasta el final. Retales de los momentos en que le escuché hablar, en su casa, en las tabernas, en la vida:
“¿El ánimo? Tranquilo. Estoy apacible, algo que no es aconsejable ni recomendable porque creo que la actividad compulsiva a veces tiene sus compensaciones, eso de entrar en una vía de pensamientos interiores de los que de pronto sale un poema”.
Sobre los acostados de su familia: “He tenido la tentación de elegir la cama como un lugar más estable, más recomendable, para gozar de la vida… En mi familia hubo cinco bonalds que conocí acostados y que se levantaron con los pies por delante, como suele decirse… Me metería en la cama por depresión… Tuve una época en mi periodo consumidor de bebidas alcohólicas. Bebía bastante y tenía muy mal vino, con unas resacas terroríficas, aunque lo que bebía entonces era vodka o ginebra, el whisky no circulaba”.
Sobre el color que se respiraba en Madrid y en Sanlúcar: “Un verde oscuro. Entre el verde oscuro y el malva. Quizá el malva, mejor. Cuando voy al sur, a Sanlúcar, me siento distinto, una persona más comprensiva, tengo otros amigos, otro estado de ánimo. Aquí, en Madrid, no es que esté mal, estoy en una situación apacible. Hasta que leo el periódico. Me produce la sensación de que aquí hay peligro”.
Pepe era un termómetro y era una luz, escucharlo era saber que si se subía a la acera era para ver mejor lo que se movía, y cuando se ponía a caminar, o a nadar, era siempre en busca de una luz que hubiera delante. Cuando lo encontrábamos, porque lo íbamos a buscar, siempre hallábamos en él la virtud que subrayó en un libro su amigo Felipe Benítez Reyes: “El estilo es la vida”.
Cuando Pepa me dijo aquella mañana que la vida de Pepe se había roto sentí que se rompió una alegría. Y me bajé al sótano de la casa a escribir una necrológica que jamás pude leer.
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