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Opinión | Comtal Street
Álex Sàlmon

Álex Sàlmon

Periodista. Director del suplemento 'Abril' de Prensa Ibérica. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

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Huchas para la colecta de la Sagrada Família

Cuestación de la Sagrada Família en 1996

Cuestación de la Sagrada Família en 1996 / Pepe Encinas

A los niños que vivíamos en las calles próximas a la Sagrada Família en los años 70 nos divertía salir una vez al año con una hucha petitoria para las obras del templo. En aquella década solo estaban construidas cuatro de las torres, las de la fachada del Nacimiento. La ahora basílica comenzó a construirse en 1882. Habían pasado 90 años y la imagen que daba nada tenía que ver con la que ahora observamos. Al otro lado de la fachada, una escuela, en la esquina de la calle de Sardenya, a la que asistían los hijos de los artesanos que trabajaban en la obra y, en aquellos 70, también algunos chavales del barrio. En la otra esquina, la cripta donde sigue enterrado Antoni Gaudí y eran habituales las misas a la que asistían muchos vecinos. Se podía acceder por Sardenya o Provença, y estaba rodeada por un muro de no más de tres metros. En la esquina de la calle de Mallorca, el taller artesano repleto de grandes piedras y suciedad por las aceras del polvo gris del material.

La zona acostumbraba a estar vacía, excepto los dos parques que encajan la iglesia: el de la Sagrada Família y el de Gaudí. En el primero había una pista para patinar, ahora desaparecida, donde los niños se ajustaban unos rudimentarios patines de cintas de cuero. Eran habituales en aquella época. El parque se llenaba los Domingos de Ramos con familias de la zona que después hacían el vermut en los bares que rodeaban las zonas ajardinadas.

Los colegios cristianos que rodeaban la iglesia, junto con las parroquias de la zona, impulsaban una vez al año una salida masiva de niños de EGB a pedir por las calles dinero para la construcción del templo, como con el Domund. En aquella época, las cuatro torres de la fachada del Nacimiento ya estaban construidas y los adhesivos que anunciaban la recolecta hacían hincapié en las cuatro nuevas torres, las de la fachada de la Pasión.

Los días coincidían con los viernes, sábados y domingos. Las huchas eran repartidas entre los chavales los jueves. Aquella misma tarde ya se hacía un saqueo bondadoso entre familiares y vecinos conocidos. Después se trataba de acercarse a los transeúntes, y con cara de bondad y alegría aproximar la hucha y esperar algo a cambio. Los recipientes, llenos de monedas más que de billetes, volvían al colegio los lunes. El peso delataba el éxito, pero nunca las abrían delante de los alumnos.

El colegio Claret, en la avenida Sant Antoni Maria Claret, siempre competía por hacer la mejor recaudación. Pero había escuelas en las cercanías con muchos más alumnos. Los Maristas y, sobre todo, los Jesuitas de Caspe, además de las parroquias con sus feligreses.

Esa era una de las formas como el conocido templo expiatorio lograba ingresos, además de las ofrendas expiatorias y limosnas que se daban en las misas del claustro, en muchas ocasiones con no más de 20 personas, menos las de los sábados y domingos que normalmente se llenaban. Con estas premisas, se entiende que la velocidad en su construcción fuera mínima. De 1882 a 1980 el avance de las obras estaba relacionado con el ritmo de expiación ciudadano. Un ritmo lento, pero también muy artesanal. Hasta mediados del siglo XX los andamios que se utilizaban en las obras todavía eran de madera y la mayoría de piedras estaban cinceladas a mano, golpe a golpe.

Las Olimpiadas y el consecuente turismo del siglo XXI han situado a la Sagrada Família en una máquina de ingresos todos destinados a su construcción. Ahora es tan importante la logística financiera del templo como la tecnología avanzada para su construcción.

Los niños que paseábamos con una hucha por aquella Barcelona gris entendíamos que la basílica finalizaría en el siglo XXII. ¿Por qué no? Estudiábamos que la media de tiempo de construcción de las grandes catedrales había sido de más de 200 años. El ritmo demostraba esa lentitud. Ahora, la velocidad de los últimos años ha sido impresionante. Ya no es necesario que las parroquias del barrio movilicen a sus feligreses, ni que las escuelas actúen como agitadoras de chavales recaudadores para participar en la grandeza de la basílica. Ahora todo es un recuerdo ‘vintage’. Las impresionantes hordas de turistas que inundan los alrededores de la Sagrada Família son producto de todo aquello.

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