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Opinión | Eclipse
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Aplaudir, vitorear

Cuando aplaudimos siempre tiene que haber un ser consciente de ser el receptor de la ovación. ¿Por qué, pues, vitoreamos la naturaleza si es inerte?

Imagenes desde el El Port Marina Tarraco, durante  el eclipse total de Sol.

Imagenes desde el El Port Marina Tarraco, durante el eclipse total de Sol. / Zowy Voeten

Aplaudir debe de ser una de las actividades humanas más antiguas, ligada indefectiblemente al teatro como expresión pública de viva aprobación o de entusiasmo. En las primeras representaciones del arte dramático -aquellas fiestas que eran explosión festiva y dionisíaca, aunque fueran tragedias (la catarsis era también un ritual colectivo)- ya había aplausos, y no siempre al final de la obra, sino, como ocurre ahora, en medio del espectáculo. El aplauso era, pues, una natural manera de demostrar satisfacción y también de homenajear la labor de los intérpretes o la bondad de la historia que se contaba.

Aplaudir tiene una ventaja sobre el resto de acciones impulsivas de los humanos. Es la más sencilla. La mecánica no requiere ningún manual de uso. De hecho, aplaudir es uno de los primeros gestos coordinados y conscientes de los niños. Como podría haber escrito Cortázar en sus instrucciones, se trata de desplegar las dos manos a la altura del pecho y hacer que choquen una contra la otra de forma acompasada y constante. En catalán, la expresión 'mamballetes' (más o menos palmoteo) es una metátesis de 'ballmanetes', que es cuando los pequeños juegan con las manos. En este resumen sucinto de la importancia histórica de la ovación, es necesario introducir una variante oriental que nos ayuda a entender conceptos como la dualidad y el silencio. El famoso maestro budista Hakuin Ekaku, del siglo XVIII, planteaba un dilema absurdo, pero profundo, a la manera de los kōan, los aforismos zen: “Dos manos aplauden y hay un sonido, pero ¿qué ruido hace una mano sola al aplaudir?”. Como mucho, un leve zumbido en el aire.

Es decir, aplaudir implica tener en cuenta al menos tres características inseparables y necesarias. Que haya un sonido (aunque el maestro budista no previó la variante moderna del lenguaje de signos), que sea compartido (incluso con excesos de éxtasis, como la aclamación o el vitoreo de júbilo, aunque más de uno ha aplaudido, solo, en casa, un gol de Messi), y, sobre todo, que haya un destinatario del aplauso.

Aquí quería llegar. Aplaudimos como reconocimiento a un esfuerzo, como visible y audible premio a una actuación memorable. Plausible, pues. Y siempre tiene que haber, en el otro lado, un ser consciente de ser el receptor de la ovación. En la escena, no hace falta decir que está ahí. También estuvo, aunque más simbólicamente, en los aplausos desde los balcones durante la pandemia. Pero la cosa empezó a torcerse cuando empezamos a aplaudir al muerto en un funeral. No aplaudimos que se haya muerto, claro, sino que estuvo vivo, por decirlo con una punta de ramplonería. La gente que aplaude en el entierro no conoce aquella máxima de Charlot: "La vida es una obra de teatro sin ensayos. Vívela intensamente, antes de que se baje el telón y la obra acabe sin aplausos".

El cadáver no puede captar nada, pero es que los astros y satélites, los planetas y las estrellas tampoco pueden. ¿Por qué, pues, aplaudimos una puesta de sol o un eclipse? ¿Por qué vitoreamos la naturaleza si es inerte y no está dispuesta a regalarnos un bis ni salir a saludar?

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