
Profesor catedrático de Educació-Blanquerna-Universitat Ramon Llull. Director general de la Fundació Blanquerna-URL
Después del eclipse en educación
No creo que necesitemos ahora una nueva reforma, ni una nueva ley catalana, sino reconstruir la confianza y el acuerdo en torno a unas pocas prioridades compartidas

Alumnos de la escuela Fructuós Gelabert, con un zapato de cada para reclamar la escuela inclusiva. / Jordi Otix
Quizá el problema de la educación catalana no sea que no sepamos qué hay que hacer, sino que llevamos demasiado tiempo sin conseguir mirar todos en la misma dirección.
Este agosto hemos levantado los ojos al cielo para contemplar un eclipse. Durante unos minutos, aquello que siempre está ahí ha quedado parcialmente oculto por otra realidad que se ha interpuesto. Quizá no sea una mala metáfora del momento que vive la educación en Catalunya.
Desde hace meses, cuando hablamos de escuela aparecen sobre todo conflictos: malestar docente, huelgas, discusiones salariales, ratios, dificultades para hacer posible una educación realmente inclusiva, abandono escolar, resultados de aprendizaje que nos preocupan y, este verano, el desconcierto provocado por la incidencia en la aplicación de las pruebas PISA.
Todo es importante. Pero la acumulación de problemas corre el riesgo de eclipsar una pregunta anterior a todas las demás: ¿qué proyecto educativo queremos para el país?
No creo que necesitemos ahora una nueva reforma. Hemos hecho muchas. Demasiadas. Ni una nueva ley catalana, porque la que tenemos todavía está en parte por desarrollar. Tampoco una nueva confrontación entre recursos y pedagogía; pública y concertada; innovación y tradición; exigencia e inclusión. Necesitamos algo menos espectacular y probablemente más difícil: reconstruir la confianza y el acuerdo en torno a unas pocas prioridades compartidas.
La primera es recuperar aquello que da sentido a la institución escolar: el aprendizaje. Leer y comprender, expresarse, calcular, razonar, relacionar conocimientos, pensar críticamente. Recuperar los aprendizajes fundamentales no significa volver a la escuela de antes, sino garantizar el derecho a poder seguir aprendiendo después. Durante años aprendemos a leer y escribir para que, después, leyendo y escribiendo, podamos seguir aprendiendo.
Y eso es imposible sin cuidar a quienes educan. Mejorar las condiciones laborales es necesario, pero no suficiente. Hace falta tiempo para enseñar, liderazgos pedagógicos sólidos, formación exigente, autonomía profesional y confianza en los equipos docentes. Y recursos para que la inclusión sea posible y no solo proclamada.
Debemos continuar también combatiendo una de nuestras grandes fracturas: no perder a nadie por el camino. Catalunya ha reducido notablemente el abandono educativo prematuro hasta el 13,5 % en 2025 —es decir, jóvenes de 18 a 24 años que no han completado estudios posteriores a la educación obligatoria y no siguen ninguna formación—. Es una buena noticia, pero seguimos por encima del 12,8% del conjunto de España y muy por encima de la media europea, del 9,1%. Necesitamos una política de orientación actualizada y renovada, mejorar el acompañamiento en las transiciones —especialmente después de la ESO— y seguir apostando por una Formación Profesional potente, que cada vez lo es más, como políticas educativas centrales de país.
Pero deberíamos atrevernos también a abrir una conversación más incómoda: la escuela no arreglará por sí sola los problemas de la educación.
Le hemos pedido que enseñe, eduque, socialice, incluya, compense desigualdades, detecte problemas emocionales, eduque digitalmente y prevenga todo tipo de riesgos. Quizá deberíamos preguntarnos también qué necesita volver a asumir el resto de la sociedad, y especialmente las familias. Educar significa también poner límites, mantener un no, exigir esfuerzo, tolerar la frustración y asumir las consecuencias de los propios actos. No podemos exigir a la escuela que enseñe a los niños a respetar los límites si después desautorizamos al maestro cuando los pone. No lo resolveremos recuperando las «escuelas de padres», sino reconstruyendo una alianza educativa entre familia y escuela basada en la confianza y la corresponsabilidad.
Y necesitamos saber si avanzamos. Por eso es grave lo que ha pasado con PISA: no porque una clasificación internacional deba dictar nuestra política educativa, sino porque necesitamos datos fiables para saber dónde estamos, qué funciona y qué debemos corregir.
Precisamente ahora hemos puesto en marcha la Agencia de Evaluación y Prospectiva de la Educación, dieciséis años después de que la LEC previera su creación. Necesitamos su independencia y rigor para conocer mejor el presente. Pero hay una palabra en su nombre que me interesa aún más: prospectiva. Porque no basta con gestionar mejor la escuela que tenemos. Tenemos que recuperar la capacidad de imaginar la escuela que necesitaremos.
Lo que ha pasado con PISA es grave porque necesitamos datos fiables para saber dónde estamos, qué funciona y qué debemos corregir
Y esto no puede volver a encargarse simplemente a los expertos de siempre ni hacerse lejos de las aulas. Hay que poner en la misma mesa a maestros, profesores y equipos directivos que conocen la escuela de hoy, investigadores que aporten evidencia y personas capaces de anticipar las transformaciones sociales, tecnológicas y culturales que tenemos por delante. No para elaborar otro diagnóstico ni para instalarnos en el lamento o el victimismo, sino para pensar aquello que todavía no existe.
La inteligencia artificial (IA) es solo un ejemplo. Mientras seguimos discutiendo si los alumnos pueden utilizar ChatGPT para hacer los deberes o qué prohibiciones establecemos, ya deberíamos estar preguntándonos qué tendrá que seguir aprendiendo un niño sin IA, qué tendrá que aprender sobre ella, qué podrá aprender con ella o cómo puede ayudar a los maestros a personalizar mejor el aprendizaje.
Resulta casi provocador: mientras intentamos aclarar qué ha ocurrido con PISA 2025, PISA 2029 ya incorporará la alfabetización mediática y en IA como uno de sus nuevos ámbitos de evaluación. No podemos seguir dedicando todas nuestras energías a responder a las urgencias de la escuela de 2026 y llegar tarde a imaginar la escuela de 2035.
Después de un eclipse, el Sol no vuelve. En realidad, siempre estaba ahí. Bajo el ruido de las huelgas, las estadísticas, PISA y las urgencias también sigue estando lo esencial: excelentes maestros que enseñan, niños con deseo de aprender y una sociedad que decide, a través de ellos, qué futuro quiere construir.
Cuando vuelva la luz, propongo que no nos limitemos, pues, a contemplar el mismo paisaje. Decidamos juntos, y con lucidez colectiva, hacia dónde queremos caminar.
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