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Opinión | Ser policía en Ripoll
Albert Soler

Albert Soler

Periodista

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Sílvia Orriols y los jurados

El Ayuntamiento de Ripoll contrata a una hija de la alcaldesa Sílvia Orriols como policía local: "No permitiré que se la acuse de ser una enchufada"

Silvia Orriols,durante la sesión plenaria de aprobación de los presupuestos de la Generalitat de Catalunya 2026.

Silvia Orriols,durante la sesión plenaria de aprobación de los presupuestos de la Generalitat de Catalunya 2026. / Jordi Otix

Hizo muy bien Sílvia Orriols de amañar un poco el jurado que había de decidir si su niña conseguía plaza de policía. Los jurados han de estar siempre en el bolsillo, y aun así saltan sorpresas. Famosa es la anécdota de César González Ruano, intelectual y escritor prestigioso durante el tardofranquismo, que se presentó al primer premio Nadal de literatura convencido de ganarlo, no tanto por su indiscutible calidad como escritor como por su amistad con el presidente del jurado y otros miembros del mismo. Sorprendentemente, resultó ganadora una desconocida veinteañera llamada Carmen Laforet, que había escrito la maravilla de Nada, casi nada. Un indignado González Ruano llamó a su amigo para pedirle explicaciones por tamaña afrenta, a lo que quien comandaba el jurado respondió disculpándose como buenamente pudo, añadiendo que la novela de Laforet era muy buena, incluso, ejem, mejor que la suya. González Ruano soltó entonces una frase que ha quedado para la historia: “¿Y desde cuándo los premios literarios los ganan los mejores y no los amigos de jurado?”.

Una vez, hace casi cuarenta años, fui jurado. No de premio literario, sino de certamen de Miss, a cada cual según sus necesidades, que decía Marx. Gintónic en mano, sentados en primera fila, los miembros del jurado veíamos desfilar a un metro de nuestras narices a una docena de jovencitas en bañador, a cual más apetitosa. Salvo una, que era un adefesio y nadie sabía qué hacía allí, además de provocar la hilaridad de público. Terminado el gintónic -camarero: ¿podría traerme usted otro, mientras delibero?- nos retiramos los jueces a decidir el resultado. El presidente del jurado era mi colega Mateu Ciurana, periodista de prestigio todavía en activo, quien seguro que recuerda los hechos y me desmentirá si no son ciertos. Hablamos, bebimos, votamos en secreto mediante papeletas y procedimos al escrutinio. Ante la sorpresa unánime, ganó el adefesio. Entonces alguien se dio cuenta de que había más votos que miembros de jurado. El organizador del evento, que también votaba, nos explicó un poco azorado que, como promotor, tenía derecho a unos cuantos votos, que fueron los que decantaron el resultado en favor de su protegida.

-Este se trajina al adefesio- deduje al instante, e imagino que lo mismo el resto de jurado (que lo dedujeron, no que se la trajinaban).

A mí me daba igual, mejor para el viejo. Pero hete aquí que Mateu Ciurana, que ya entonces tenía más dignidad que yo, y la sigue teniendo, aunque eso no tenga mucho mérito, se plantó y, solemnemente, advirtió al pobre viejo -quien ya empezaba a ver cómo se alejaba su noche de lujuria- que, si la farsa continuaba, la prensa se haría eco de la misma. A regañadientes, tuvo que echar marcha atrás el organizador, y fue proclamada Miss una de tantas guapas concursantes en lugar del adefesio, adiós definitivo a toda esperanza del viejo, que le habría prometido corona, banda y título a la chica, a cambio de favores húmedos. El pobre hombre se había molestado en organizar un concurso solo para que su protegida ganase un título de belleza, pensando que ella le agradecería el tiempo y el dinero que había dedicado a ello. Si eso no es amor, que baje Dios y lo vea.

Cierto es que, una vez terminado el concurso y liberado ya el jurado de sus funciones, me faltó tiempo para acercarme a la ganadora y asegurarle que yo había votado por ella, a ver si, ya que no trajinaba el viejo, lo hacía yo con el mismo método. Ni por esas. Lo único que saqué en limpio aquella noche fue la barra libre que disfrutamos los miembros del jurado, gracias a la generosidad del viejo, que a estas horas estaría asegurando al adefesio que él había hecho todo lo posible y que la culpa había sido del jurado, así que alguna contraprestación merecía. ¿Desde cuándo ganan los concursos de belleza las más guapas y no las que se trajinan al organizador?, respondería el adefesio.

Sílvia Orriols ha hecho santamente, siempre es mejor tener el jurado a favor. Si la niña, como tantos niños en la historia de la humanidad, quería ser policía, más vale asegurarse los votos para ello, y así evitar la misma sorpresa que Gómez Ruano o el viejo sátiro del concurso. Porque, a ver, ¿desde cuándo los puestos de policía local los consiguen los más cualificados y no los hijos del alcalde?

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Fuente: Diari de Girona