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Opinión | Fuegos forestales

Sergi Sol

Sergi Sol

Periodista

Barcelona

Pedro Botero era de Sant Quintí

El Correfoc de la localidad del Alt Penedès juega en otra liga del fuego y cuando Llucifer y la Diablessa encienden sus mazas, cargadas con centenares de carretillas, la bola de fuego que los envuelve y el estruendo que las acompaña se convierten en una orgía mitológica de llamas y chispas

Espectáculo de diablos y correfocs en una fiesta popular.

Espectáculo de diablos y correfocs en una fiesta popular. / Jordi Otix / EPC

La máxima salvajada de fuego. Orgásmica, adictiva, adrenalínica. En este verano tórrido como ningún otro, Sant Quintí de Mediona vive un espectáculo de pólvora tan singular como único. No porque Catalunya no sea, por méritos propios, la región europea con una cultura popular y tradicional que sobresale como ninguna otra, sino porque la fiesta del fuego que se vive en esta pequeña localidad del Alt Penedès no tiene parangón, al menos en lo que a intensidad se refiere.

Y no será por falta de cultura de humo y fuego, con fiestas tan sonadas como la Patum de Berga o el Aquelarre de Cervera. O los correfocs y pasacalles del Penedès, la veguería que, con diferencia, exhibe las fiestas tradicionales más deslumbrantes. Vilafranca, Vilanova, Sitges o L'Arboç son la cuna y la llama de esta cultura popular y tradicional. Lo que tiene Catalunya es un tesoro. Y Sant Quintí, en particular, la joya de la corona.

El Correfoc de esta pequeña localidad de 2.500 habitantes juega en otra liga del fuego. Incluso temeraria. Cuando Llucifer y la Diablessa encienden sus mazas, cargadas con centenares de carretillas, la bola de fuego que los envuelve y el estruendo que las acompaña se convierten en una orgía mitológica de llamas y chispas, multiplicada por las estrechas calles de Sant Quintí y por la traca final en una abarrotada plaza de la Vila que acaba convertida en la caldera de Pedro Botero.

La Colla de Diables de Sant Quintí es modesta en efectivos. Afortunadamente. Si fueran muchos más, la llamarada de chispas se vería desde el espacio. Sus integrantes tienen que estar hechos de una pasta especial, fruto de una tradición profundamente arraigada que se hereda y se contagia generación tras generación. Con la complicidad de una parroquia local que salta y baila enloquecida, que se coloca pegada a ellos, justo debajo de la bola de fuego, humo y truenos, con sombreros, gafas, pañuelo al cuello y la ropa empapada para no acabar asados, mientras sus diablos se enfrentan al Hades calzados con unas alpargatas de 'veta' y sin más protección que el mono azul que llevan puesto. Es, sencillamente, alucinante.

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