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Opinión | Fronteras
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Urgencias de sastrería

Vestir de interés nacional las conveniencias domésticas de cada gobierno es una modalidad de travestismo que convierte sus pugnas en un problema de seguridad para los ciudadanos

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con la presidenta de Italia, Giorgia Meloni, el 1 de octubre de 2025, en Copenhague

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con la presidenta de Italia, Giorgia Meloni, el 1 de octubre de 2025, en Copenhague / Pool Moncloa

La política moderna necesita vestir deprisa de interés nacional las conveniencias domésticas de cada gobierno. Meloni se cose un traje para contener al exgeneral Vannacci; Moncloa se viste de firmeza ante Roma porque exhibirla ante Rabat resulta bastante más incómodo.

Viven con urgencias de sastrería. La discrepancia se corta a medida, la política exterior se cose al calendario interior y la represalia termina presentándose como defensa nacional.

Marruecos presiona Ceuta y España responde controlando a los viajeros procedentes de Italia. Roma hace lo mismo con quienes llegan desde España. La frontera exterior se desborda y dos países que deberían defenderla juntos levantan controles entre sí. Esa es la paradoja. Una crisis provocada en África fabrica fronteras interiores en Europa.

Rabat queda al margen del reproche mientras Madrid y Roma se enzarzan en una disputa que perjudica a ciudadanos ajenos a lo ocurrido. La frontera equivocada no es solo la que se vigila. También aquella contra la que se dirige la indignación.

La crisis como pretexto

La entrada masiva en Ceuta no creó el enfrentamiento entre España e Italia; permitió escenificarlo. El choque venía incubándose alrededor de la regularización extraordinaria, la sentencia de la Sala Tercera del Tribunal Supremo sobre las devoluciones y la percepción europea de una protección insuficiente de la frontera exterior.

Veintidós países de la UE han advertido de que las regularizaciones masivas pueden actuar como factor de atracción. No forman un frente bajo las órdenes de Roma, pero su número impide presentar las críticas a España como otra ofensiva de la derecha reaccionaria.

Sánchez y Meloni representan modelos enfrentados. Durante cuatro años consiguieron que la necesidad corrigiera a la ideología. Ambos países comparten intereses mediterráneos, pero compiten por reforzar su peso en Europa. Si España fuera irrelevante, Italia no necesitaría marcar territorio.

Schengen como represalia

Convertir una crisis en la frontera africana de España en una amenaza procedente de nuestros aeropuertos tiene mucho de demostración de autoridad. Palazzo Chigi encontró en Schengen el uniforme de severidad que necesitaba. Moncloa se encargó otro a medida.

La reciprocidad forma parte de las relaciones entre Estados soberanos, pero no siempre es política exterior; en ocasiones constituye una manera solemne de decir «y tú más». Schengen se convierte entonces en instrumento de represalia.

El resultado es la comedia de dos socios controlándose los pasaportes mientras el país desde el que salieron decenas de miles de personas queda fuera del escenario. Si Moncloa calificó lo sucedido como una violación de la integridad territorial, lo lógico era esclarecer qué falló, reforzar la frontera y exigir responsabilidades. No trasladar el conflicto al corazón de Europa.

La firmeza selectiva

Resulta llamativo que la firmeza diplomática aparezca frente a Roma mientras el lenguaje utilizado con Marruecos sigue cuidadosamente medido. Mucha testosterona diplomática en un caso y mucha mesura en otro. España convoca al embajador italiano, lanza ultimátums y restablece controles frente a un socio europeo. No convoca al de Marruecos, que reivindica Ceuta y Melilla: con Rabat administra los reproches con cautela extrema. De una crisis con Marruecos hemos pasado a un conflicto entre aliados. Ese desplazamiento revela una política exterior contundente donde el coste es soportable y prudente donde la respuesta puede resultar incómoda. Italia podrá explotar lo sucedido, pero no abrió la frontera de Ceuta.

Razones y contradicciones

Roma tiene razones para exigir que España proteja una frontera también europea. No las tiene para impartir doctrina. Italia soporta presión migratoria, ha tropezado con los tribunales en su proyecto de Albania y necesita trabajadores extranjeros. Su Gobierno ha autorizado cerca de medio millón de entradas legales hasta 2028. No es lo mismo ordenar flujos laborales que regularizar a quienes ya están en el país. Pero tampoco cabe presentar la inmigración como amenaza y administrarla después como necesidad económica. Convertir una emergencia en munición política puede producir réditos nacionales. También inflige daños europeos.

La frontera que se pierde

Las fronteras exteriores de la UE son responsabilidad de todos. Ni España puede tratarlas como asunto nacional ni Italia utilizar Schengen para escenificar su inclemencia. La inmigración exige control, cooperación, devoluciones posibles y vías legales. No controles entre países que comparten el problema.

Madrid y Roma pueden seguir cruzando comunicados y reproches. Pero cada documento solicitado dentro de Schengen certifica algo más grave que una querella entre gobiernos: la erosión de la confianza entre aliados.

Marruecos no necesita desmontar Schengen. Le basta con sembrar la desconfianza necesaria para que los europeos empecemos a desmontarlo solos.

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