
Director de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC y catedrático de medicina molecular de la Universidad de Leicester.
¿Envejeceremos mejor gracias a la ciencia?
Aunque genere muchas expectativas, un avance científicamente muy importante puede no tener ninguna aplicación práctica inmediata

Dos ancianos descansan frente a un mirador.
Hace unos días me preguntaron en una entrevista qué era lo más interesante que había visto a lo largo de mi carrera científica y yo contesté que, sin duda, haber descubierto que el envejecimiento se puede modular. Me refería, en abstracto, al proceso biológico, una serie de mecanismos cuantificables que cada vez conocemos mejor, aunque, reducida la frase a un titular, la interpretación que hicieron quienes están deseosos de prolongar su juventud fue excesivamente optimista. Es verdad: envejecer no es un proceso inalterable e inevitable, de eso tenemos muchas pruebas. Ahora bien, debemos ser conscientes de que nos queda mucho para poder aplicar todo lo que hemos aprendido y conseguir que los humanos vivamos más y mejor, y eso lo repito siempre que tengo ocasión.
Esta es una realidad que no gusta a quienes han visto cuatro cosas sobre el tema 'online' y se creen que saben mucho, ni tampoco a quienes hacen negocio con esta mezcla de prisa e ignorancia que tienen algunos. No deja de sorprenderme la cantidad de gente dispuesta a enmendarle la plana, a través de los comentarios en las redes sociales, a alguien que, como yo, lleva treinta años estudiando la biología del envejecimiento. En todo caso, las cosas son como son, nos guste o no, y deberíamos aproximarnos a cualquier noticia sobre salud con la mente abierta, no esperando a que nos confirmen lo que queremos oír, que es la receta perfecta para caer de cuatro patas en el engaño.
Pero eso no significa que la investigación sobre el envejecimiento esté estancada; al contrario. Lo cierto es que estamos en un momento fascinante, en el que cada semana hacemos algún descubrimiento clave. Por ejemplo, hace unos días se publicaba en la revista 'Nature' un estudio que revelaba que una rara variante del gen llamado FNIP1 se asociaba a un tipo de metabolismo que protegía contra la obesidad, los problemas hepáticos y las enfermedades cardiovasculares. Así pues, quienes han heredado esta forma del gen tendrían todos los números para disfrutar de un envejecimiento más saludable.
Este es el tipo de hallazgo que, cuando llega a la prensa o a las redes sociales, puede generar falsas expectativas. ¿Es relevante? Sí. ¿Tiene alguna utilidad a corto plazo? No. Eso es lo que debemos aprender a diferenciar, y no solo en temas relacionados con el envejecimiento: un avance puede ser científicamente muy importante y no tener ninguna aplicación práctica inmediata. En este caso concreto, descubrir los efectos de FNIP1 sobre el metabolismo nos permite comprender mejor el proceso y puede proporcionarnos una futura diana terapéutica, pero antes habrá que hacer mucha más investigación.
Descubrir los efectos del gen FNIP1 sobre el metabolismo nos permite comprender mejor el proceso y puede proporcionarnos una futura diana terapéutica, pero antes habrá que hacer mucha más investigación
Es un principio que deberíamos aplicar a otros nombres que suelen aparecer cuando se habla de envejecimiento, como la metformina, el resveratrol, la creatina o el NAD. Los seguidores de este último suplemento harían bien en leer el artículo publicado este abril en 'Ageing Research Reviews', donde, después de revisar los numerosos estudios que se han realizado, se llega a la conclusión de que, aunque en roedores mejora el metabolismo y la función general, en humanos los datos no son concluyentes ni demuestran un efecto sobre el envejecimiento. Parte del problema es que resulta mucho más fácil estudiar animales de vida corta en un entorno controlado que a humanos, que estamos sometidos habitualmente a muchos factores difíciles de evaluar y podemos vivir más de 80 años. Por eso no avanzamos tan rápido como querríamos.
Pero en las últimas décadas hemos encontrado maneras de superar estos obstáculos. Por ejemplo, analizando a las personas especialmente longevas para ver qué les ha permitido llegar tan lejos (tal como explica un artículo reciente en 'Nature Reviews Immunology', puede que una buena parte de la explicación sea un sistema inmunitario especialmente resistente). O buscando maneras de medir cómo envejecen de forma diferente nuestros órganos a través de los llamados relojes biológicos que, aunque todavía son imperfectos, nos permiten estudiar el impacto específico del paso del tiempo. Todo esto acabará dando sus frutos.
Algún día tendremos maneras de conseguir que los humanos no envejezcamos tan rápido o tan mal, estoy seguro, y así lo iré repitiendo. Pero todavía tenemos que comprender mejor cómo responde nuestro cuerpo a la acumulación de años y a las intervenciones que tienen un efecto en animales de laboratorio. Necesitaremos ser pacientes.
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