
Periodista
De Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós
La autora de 'Los pazos de Ulloa', la intelectual que defendió la educación y la emancipación de las mujeres, aparece en sus misivas en toda su plenitud

Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán.
Kafka decía que cartearse era tratar con fantasmas y que los besos escritos no llegan a su destinatario porque se los beben por el camino. Una bonita manera de expresar cómo las palabras a veces se quedan cortas cuando hablamos de amor y deseo. Una impotencia que encontramos también en una de las relaciones amorosas más sonadas de las letras españolas, la que mantuvieron Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós.
Año 1883. El naturalismo de Zola está revolucionando la novela europea y ambos se encuentran en el centro de la renovación literaria del momento. La primera carta conservada entre ellos es de Galdós, del 5 de abril de 1883; dos días después responde Emilia. A partir de ahí, prácticamente solo escucharemos su voz: de las 92 cartas que recoge 'Miquiño mío. Cartas a Galdós', 91 son de ella.
Pardo Bazán tiene 31 años, tres hijos y está casada con José Quiroga. El matrimonio se romperá poco después, aunque no llegarán a divorciarse. Es la España de finales del siglo XIX. Galdós es ocho años mayor y nunca se casará. Las primeras cartas son las de una escritora que se dirige a un autor ya consagrado, y la admiración puede leerse desde el encabezamiento: “Mi ilustre maestro y amigo”. Un año después todavía será “querido y respetado maestro”.
Pasan los años y la complicidad va creciendo. Hablan de literatura, de libros, de crítica, de política y también de las intrigas de la vida literaria. Y es a partir de 1889 cuando las cartas dejan pocas dudas sobre lo que ha ocurrido entre el maestro y la admiradora.
La del 26 de febrero está fechada “a media noche”. Pardo Bazán tiene que confirmar a Galdós que ha tenido una aventura con José Lázaro Galdiano, a quien había conocido en Barcelona el mayo anterior. No se anda con rodeos e incluso le corrige el rumor que le ha llegado: “Mi infidelidad material no data de Oporto sino de Barcelona, en los últimos días del mes de mayo”. Y añade: “Perdona mi brutal franqueza”. Lo atribuye a “un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas”, pero la explicación resulta menos sumisa de lo que cabría esperar. Dice que se vio “seguida, apasionadamente querida, y contagiada” y que se dejó llevar hacia donde creía que “llenaba yo mayor vacío y hacía mayor felicidad”. Termina pidiéndole perdón. Y antes de despedirse todavía le dice: “Haga usted por comer y no fume demasiado”.
Dos días después habían quedado en la Ronda de Atocha, en Madrid. “Allí esperé y cuando vi que el sol se ponía me volví a Madrid con el corazón oprimido”. Y continúa: “Ignoro por qué no has ido. Pudo ser por dos motivos; uno puramente accidental; otro intencional, porque después de la confesión que encierra mi carta no creíste que merezca la dicha de verte y hablarte y pedirte perdón una vez más. Si esto es así, bien me duele, pero no me quejo: he merecido tu cólera, tu desdén, tu indiferencia; lo merezco todo, y sin embargo, te quiero, te quiero, te quiero”.
En mayo, algo se ha recompuesto. Benito ha pasado a ser “Miquiño del alma”. Emilia es gallega y el diminutivo forma ya parte del lenguaje privado que han construido entre los dos. En una carta del 9 de mayo, después de que él parezca dudar, ella toma la iniciativa: “Mi ultimátum es este. Déjame a mí el cuidado de buscar el día... Fíate en mí, he comprendido. ¡Si supieses qué mezcla de sentimientos y de deseos!”.
El 18 de junio, desde París, escribe: “Ratonciño: tu rata está aquí, en el Hotel Central, rue Lafayette”. Ha ido a la Exposición Universal y, de momento, París se le traduce en “gasto, polvo, sudor, mareo y traqueteo de tren”. Pero en la carta también aflora la existencia de otra mujer: Lorenza Cobián, con quien Galdós mantenía una relación y a quien las notas de la edición identifican probablemente con «la Peluda», por su abundante cabellera.
“Pero ya no me acordaba, que no soy yo, sino la capilar ninfa quien ha de hacer tu felicidad en esas regiones paradisíacas…”, le espeta Emilia. Y se despide: “Adiós, miquiño. Estos franchutes me empalagan. ¿Te acuerdas de mí? Un besito en la sien y en el pelo, si la Peluda no ha profanado ese palacio de tu hermosa cabeza inteligente”.
Es difícil encontrar un retrato más potente de Emilia Pardo Bazán que el de estas cartas. La autora de 'Los pazos de Ulloa', la intelectual que defendió la educación y la emancipación de las mujeres, aparece en ellas en toda su plenitud. La inteligencia, la ambición, el deseo, los celos, el humor, la culpa y la necesidad de ser amada están ahí al mismo tiempo, sin fantasmas que roben nada.
Acabaron siendo buenos amigos, por cierto.
Suscríbete para seguir leyendo
- El juez Peinado se abre a retrasar la audiencia con Begoña Gómez tras reconocer que mañana se va de vacaciones
- Última hora de la alerta por lluvias y la cancelación de clases, en directo | Previsión del Meteocat, ES-Alert y comarcas afectadas por el Inuncat
- Qué hay que hacer para sintonizar La Séptima en la televisión desde el próximo 5 de noviembre
- Marc (25 años) lleva 70 días viviendo en una tienda de campaña en el bosque: 'Cuando vives en un entorno natural ni siquiera te das cuenta pero empiezas a encontrarte mucho mejor
- Juan Leo, jubilado con una pensión de 1.600 euros: 'He cotizado 45 años para recibir la jubilación y hay jóvenes que cobran más que yo
- El Rey examina con Robles y la cúpula militar la situación en Ceuta en plena polémica por la gestión del Gobierno
- Marius irá al funeral de Harald V con tobillera telemática: el tribunal prorroga el arresto domiciliario cuatro semanas más
- Audiencias TV ayer | 'Pasapalabra' arrasa con un 17,8% y 'Rueda la letra' se estrena como tercera opción, por debajo de Sonsoles y La 1