
Exdiputado de ERC.
Frentes de izquierdas que (por ahora) no serán
Por primera vez, una única candidatura del independentismo y del soberanismo catalán hubiera permitido a las izquierdas españolas ser receptoras de una fraternal colaboración e implicación
¿Cómo se concretaría en Catalunya el frente de izquierdas que propone Rufián?

Irene Montero, Xavier Domènech y Gabriel Rufián, en el acto en defensa de un frente de izquierdas en Barcelona, el pasado abril. / MANU MITRU / EPC
El mes de junio, el medio digital 'Crític' aprovechó la presentación de su publicación 'Ganar', dedicada a como combatir el auge de la ultraderecha, para convocar en el recinto de la Modelo un acto a fin de debatir sobre la idoneidad de la convergencia electoral entre las fuerzas de izquierda catalanas, independentistas y soberanistas. Para los defensores de la necesidad de que en las elecciones generales (a celebrar presumiblemente en la primavera) se ofreciera la opción de una única papeleta del frente de izquierdas de Catalunya, encabezada por Gabriel Rufián, donde figuraran los logos de ERC, Comuns, CUP, Comunistes, Podem..., el resultado fue decepcionante.
David Fernández, de manera muy legítima y honesta, no mostró interés, lo cual no sorprendió atendiendo al comportamiento con que ha respondido la organización 'cupaire', y Ada Colau se limitó a afirmar que en todo caso sería de valor conformar pactos estrictamente posteriores. Cabe decir que el tercer ponente, militante republicano, defensor de la propuesta, no pudo esconder lo que ya se conocía: la dirección de su partido no contempla asumir la solución "frente de izquierdas".
Decepción entre los asistentes, que presumo se habrá incrementado al constatar la unanimidad con que se ha renunciado a acelerar un proceso de confluencia de las izquierdas catalanas, que bien seguro se hubiera convertido a la vez en fuerza tractora para que las izquierdas españolas clonaran el modelo catalán, abandonando cainismos facilitadores de la llegada de Feijóo y Abascal a la Moncloa.
Efectivamente, todo apunta a que la ley electoral castigará en todo el Estado la concurrencia de varias candidaturas progresistas, así como la carencia de unidad de acción generará desengaño en un electorado, la desafección del cual se podría revertir si se le ofreciera aquello que ya no espera de las izquierdas. Oportunidad perdida, de lo contrario, porque por primera vez, una única candidatura del independentismo y del soberanismo catalán hubiera permitido a las izquierdas españolas ser receptoras de una fraternal colaboración e implicación del frente de izquierdas de Catalunya durante la campaña, en la medida que en reciprocidad asumieran programáticamente el derecho a la autodeterminación de las distintas naciones del actual Estado español.
En definitiva, traducir en avance el buen trabajo hecho por los diputados y diputadas de Esquerra y Comuns y la ocasión de que nunca un portavoz independentista del Congreso haya sido tan aceptado más allá del Principado. Un hecho que, por otra parte, tiene su correspondencia entre el electorado catalán al figurar como preferido para ser candidato en la Generalitat.
Pero ha sorprendido que ninguna de las direcciones de las fuerzas políticas catalanas aludidas se hayan sentido llamadas a contemplar la propuesta atendiendo a los beneficios que muy seguro, a manera de recompensa, les hubiera reportado el hecho de intentarlo. Resulta, pues, dificultoso de entender, la inhibición al constatar la distancia entre la razonabilidad y el sentido común con que actúa la 'persona de la calle' de ideas izquierdistas y, en consecuencia, temerosa del futuro inmediato, y los argumentos alambicados de los contrarios al frente de izquierdas, muy difíciles de comunicar porque en buena medida denotan miedo a alterar sus intereses partidistas más inmediatos.
Ciertamente, es plausible que la conformación de frentes de izquierda en Catalunya y en el Estado español podría no haber sido suficiente para impedir la victoria de la derecha. Con todo, es evidente que emprenderlos habría evitado tener que pagar una prenda de credibilidad. Porque tarde o temprano, ante el tsunami reaccionario, la unidad de acción será tan inevitable como inexplicable será justificar por qué se han descartado, hasta día de hoy, explorar todas las vías en pro del mantenimiento de una correlación de fuerzas progresista en el parlamento español.
Efectivamente, el debate permanecerá abierto y, en el caso catalán, es muy seguro que emergerá de nuevo ante la cita electoral de 2028, cuando finalice la legislatura de Illa. Los datos demoscópicos patentizan dificultades para hacer posible una mayoría parlamentaria de izquierdas, atendiendo a la pérdida de respaldo de Comuns y la CUP, tan solo reparada por una recuperación de los apoyos al republicanismo.
Si se aspira a ganar, a gobernar la Generalitat, la unidad de acción resultará ineludible, bien a través de la conformación de una candidatura única para 2028 de los independentistas y de los soberanistas de izquierda, o bien a través de la transformación de Esquerra en el espacio de los unos y de los otros, es decir, del conjunto de la izquierda nacional. Un objetivo plausible, siempre y cuando se asuma que el punto de encuentro reside estrictamente en la defensa del ejercicio del derecho a decidir.
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