
Periodista y escritor
Cristina Fernández Cubas. El mundo del que nace la escritura
Cuando hablas con ella y le preguntas de dónde le vienen los cuentos te das cuenta de que no hay uno solo de sus relatos que no hayan viajado con ella a su niñez, su adolescencia o hacia ese momento mismo en que está
Cristina Fernández Cubas, maestra del relato, gana el Nacional de las Letras Españolas

La escritora Cristina Fernández Cubas, firma ejemplares de sus libros en la Fira de Llibres de Sant Jordi / LORENA SOPENA / EUROPA PRESS
Así la vi la primera vez que la encontré en un avión raro que nos llevaba de Madrid (¿qué hacía ella en Madrid?, ¿qué hacíamos viajando tan lejos?) a México. Íbamos, claro, a una de las series de encuentros que organiza, cada año, la Feria del Libro de Guadalajara, México. Ella estaba en la zona previa al embarque, tomándose un güisqui al que yo me sumé.
Cristina estaba sola y yo también lo estaba. Estar solo con Cristina Fernández Cubas es mucho más que estar acompañado por el mundo entero. Más seguro, más alegre, más lleno de futuro, aunque no haya ni conversación ni prisa. Sus ojos miran como si el recién llegado fuera allí con la idea de que ella, precisamente, lo estuviera esperando, con los ojos 'hiperabiertos', haciendo que su cara sea, desde que entras en el lugar, la señal inevitable y gozosa de un reencuentro. Es como si allí mismo te dijera, mientras tú te presentas: "¿Qué demonios haces que me llegas tan tarde?"
Así la he visto siempre, antes, entonces y después. De hecho, ocurrió hace un mes en Gijón, cuando coincidimos en la Semana Negra. Ella quiso ir con su editor, Juan Cerezo, de Tusquets, a contemplar una boda unisex que se celebraba en uno de aquellos bellos lugares marinos del territorio imborrable de Juan Cueto. El editor, ella, otros amigos, eran parte de lo que se esperaba esa tarde, cuando ella debía hablar de sus libros y los demás estábamos esperando a que tocara el turno para cualquier cosa.
Ella sabía a lo que estaba: seguro que ahí había más de un cuento, y nosotros sabríamos de su naturaleza meses después, o quizá nunca; pero ella seguro que ya, en ese instante, lo tenía en su cabeza. De todos los que estábamos allí, esperando al atardecer de las palabras, la que mejor se situaba en los sitios, de pie o sentada, era Cristina, porque a la vez que se situaba bien en sus alrededores daba la impresión de que con sus ojos nos iba contando los cuentos que decía hacia dentro.
Luego, cuando la vi hablar de sus libros, sentada en lo más alto, me estuve fijando en su modo de mirarnos a los que estábamos abajo: de aquellas miradas suyas a los que la seguíamos habría un cuento o más, o nada, pero ella sería capaz de contarlo. Era para mí un enorme gusto imaginarla viéndonos hacia adentro, como si le estuviera dictando a alguien todos los cuentos que incluyen el cuento que esa misma noche se iba a inventar para dormir.
Decía que los encontré, a Cristina y a su editor, como si hubieran estado allí siempre, en una boda muy esperada. Ellos estaban tan felices, buscando en ese solaz en el camino a la comida, sin quitarse aún de encima la ropa que traían de Barcelona. Los ojos de Cristina eran entonces, lo son siempre, los que tenía en aquella noche de México, mirando a los celajes como si ella estuviera buscando, entre las que se casaban, los argumentos para un cuento.
De hecho, cuando hablas con ella y le preguntas de dónde le vienen los cuentos (todos los cuentos, precisamente) te das cuenta en seguida de que no hay uno solo de sus relatos que no hayan viajado con ella a su niñez, a su adolescencia, hacia ese momento mismo en que está, como aquel día, en Gijón esperando que le den cobijo en el hotel que aún no le abre la puerta.
Leyendo sus cuentos ('Todos los cuentos', Tusquets, es el que mejor explica su modo de contar) se sabe de su imaginación y de su mente, y viéndola sentada como el día en que la vi en aquel aeropuerto de locos, uno llega a saber mucho de esta mujer extraordinaria: tranquila, explicando su presencia sin decir nada, mirando como si siempre hubiera estado sentada allí.
Me produjo entonces la sensación de ser una enviada de la noche para que ni yo ni nadie de los que se iba a montar en el avión se sintiera solo. Ella tiene un don apacible que reaparece cuando se leen sus libros, algunos de los cuales ('Mi hermana Elba', por ejemplo, o 'Lúnula y Violeta', o 'Parientes pobres del diablo', o 'La ventana del jardín', o cualquiera de los de su hermosa colección) parecen escritos para explicarnos en cierto modo nuestras vidas.
Fernando Valls, exégeta sin tacha de su escritura, cuenta en las páginas de su prólogo este texto: "Si un libro de narraciones es como un buque bien estibado, entonces este volumen [Todos los cuentos] que recoge 'Todos los cuentos' (…) acaso habría de concebirse como un trasatlántico". Me la encontré, de veras, en un trasatlántico, lo que pasa es que pareció, nada más sentirla cerca, que ella viajaba en el aire, pensando en cuentos que no acabarán jamás. Los lleva dentro.
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