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Opinión | Colombia
Erika Torregrossa Acuña

Erika Torregrossa Acuña

CEO de Diplocorp

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Cuando la tierra tiembla, los pueblos se sostienen

Colombia vuelve a estremecerse mientras Venezuela aún no ha cerrado sus heridas

Terremoto en Colombia, en directo

Labores de rescate en Pereira, una de las ciudades más afectadas por el terremoto en Colombia, este martes.

Labores de rescate en Pereira, una de las ciudades más afectadas por el terremoto en Colombia, este martes. / CARLOS ORTEGA / EFE

Mientras agosto transcurre entre días largos, viajes y reencuentros, una sacudida al otro lado del Atlántico nos recuerda que la tragedia no entiende de estaciones ni concede treguas.

Esta vez, la tierra volvió a temblar en Colombia.

El 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente del país. Su epicentro se localizó en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, una de las regiones históricamente más olvidadas de Colombia. El movimiento se sintió en buena parte del territorio nacional y alcanzó también Panamá y Venezuela. Según el Servicio Geológico Colombiano, ha sido el sismo de mayor magnitud registrado en el país durante el siglo XXI.

Las cifras provisionales hablan de más de dos centenares de personas fallecidas, miles de heridos, edificios derrumbados y comunidades enteras pendientes de las labores de búsqueda y rescate. Pero ninguna tragedia cabe por completo en un balance. Detrás de cada número hay un nombre, una familia y una historia que, en apenas unos segundos, quedó dividida entre un antes y un después.

Colombia es un país de intensa actividad sísmica. La interacción de las placas tectónicas de Nazca, Sudamérica y el Caribe provoca alrededor de 2.500 sismos al mes, aunque la inmensa mayoría solo sea detectada por los instrumentos. La población está habituada a los temblores. Desde niños, sus habitantes aprendemos qué hacer cuando el suelo se mueve. Sin embargo, una cosa es conocer los protocolos y otra muy distinta aprender a convivir con la pérdida.

Uno puede acostumbrarse a los temblores, pero nunca al dolor.

El sufrimiento colombiano llega, además, cuando América Latina todavía llora la tragedia ocurrida en Venezuela. El 24 de junio, dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 golpearon el país. La Guaira, Caracas y otras zonas del litoral central sufrieron una destrucción devastadora. El balance oficial terminó superando los cinco mil fallecidos y dejó miles de heridos y de personas sin hogar.

Ahora, el sismo de Colombia se ha sentido también en el territorio venezolano que apenas comienza a levantarse. Colombia y Venezuela comparten familias, migraciones, afectos y una historia que ninguna circunstancia política puede dividir. Hoy comparten también el miedo, el duelo y la difícil tarea de empezar de nuevo.

La tragedia colombiana tampoco puede entenderse como un episodio de desastre natural aislado. América Latina se extiende sobre una de las regiones sísmicas más activas del planeta. Desde México hasta los países andinos y el extremo sur del continente, millones de personas viven cerca de fallas geológicas y zonas de subducción.

Pero los terremotos no matan por sí solos. Matan los edificios que se derrumban, la pobreza que obliga a construir sin garantías, la falta de planificación urbana y la desigualdad que condena a muchas familias a vivir en los lugares más vulnerables. Más del 80% de la población de América Latina y el Caribe reside en ciudades. Por eso, la prevención, la vivienda segura y el cumplimiento de las normas de construcción son también cuestiones de derechos humanos.

Colombia conoce bien esta lección.

Quienes en 1985 teníamos uso de razón conservamos en la retina la tragedia de Armero. El 13 de noviembre de aquel año, la erupción del Nevado del Ruiz provocó una avalancha que sepultó la ciudad y causó alrededor de 25.000 muertes. Entre todas aquellas imágenes permanece la mirada de Omayra Sánchez, la niña que tenía entonces la misma edad que yo y que habló al mundo mientras esperaba un rescate que nunca llegó.

Omayra no fue únicamente el rostro de una catástrofe. Fue la expresión de la esperanza frente al desamparo. Su mirada continúa interpelándonos porque detrás de los llamados desastres naturales también hay advertencias desoídas, decisiones humanas, responsabilidades públicas y posibilidades de prevención.

Dos años antes de Armero, el 31 de marzo de 1983, Popayán había sufrido otro terremoto. En apenas 18 segundos, gran parte de la ciudad quedó destruida. Murieron unas 250 personas, alrededor de 1.500 resultaron heridas y miles de construcciones desaparecieron o sufrieron daños muy graves.

La memoria pierde su sentido si solo sirve para conmovernos. Recordar debe servir para actuar.

Popayán también se convirtió en un ejemplo de reconstrucción. La ayuda nacional e internacional permitió levantar de nuevo la ciudad y recuperar buena parte de su extraordinario patrimonio. De aquella tragedia surgió, además, una transformación decisiva: Colombia aprobó en 1984 su primera normativa obligatoria de construcción sismorresistente, antecedente de las reglas que hoy buscan impedir que los edificios se conviertan en trampas mortales.

Las ciudades pueden reconstruirse. Las viviendas pueden reforzarse. Las normas pueden perfeccionarse. Pero ninguna obra devuelve una vida perdida ni recompone por completo una familia rota.

Colombia necesita ahora una respuesta coordinada y eficaz: equipos de rescate, atención sanitaria, refugios seguros, agua potable, comunicaciones y apoyo psicológico. Necesita también la colaboración de los países hermanos de América Latina y de toda la comunidad internacional. Me ha conmovido especialmente el gesto del alcalde de Barcelona, que llamó a su homólogo de Cali para ofrecerle todo el apoyo de una ciudad solidaria por naturaleza.

Colombia necesita, asimismo, verdad. En las horas posteriores a una catástrofe, la desinformación puede propagarse con la rapidez de una réplica. Debemos acudir a las fuentes oficiales, evitar los rumores y respetar la intimidad y la dignidad de las víctimas. El sufrimiento humano no puede reducirse a imágenes de dolor que circulan fugazmente por las redes sociales al ritmo de un reel. Las redes deben servir para informar con rigor, movilizar conciencias, canalizar peticiones de ayuda y tejer redes de apoyo.

Colombia volverá a levantarse. Lo ha hecho antes. Lo hará gracias a sus instituciones, a sus profesionales, a sus voluntarios y, sobre todo, a un pueblo cuya fortaleza no consiste en soportarlo todo, sino en no abandonar a nadie cuando todo parece derrumbarse.

En este verano ensombrecido por la tragedia, acompañamos a Colombia y a Venezuela. A quienes han perdido a un ser querido. A quienes todavía buscan. A quienes esperan una llamada. A quienes trabajan entre los escombros. A quienes ofrecen una cama, un plato de comida, una mano o una oración.

Cuando la tierra deja de sostenernos y todo lo que parecía firme se derrumba, nos corresponde sostenernos los unos a los otros, para que ninguna persona afronte sola la difícil tarea de volver a empezar.

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