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Opinión | Industria militar
Josep Ramon Bosch

Josep Ramon Bosch

Presidente de 'The Grey'

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Mientras Europa invierte, ¿Catalunya duda?

La frontera entre industria civil y militar es cada vez más difusa. La defensa se ha convertido en un poderoso motor de innovación

Catalunya aspira a crecer en 1.000 millones de euros anuales y 10.000 empleos si despliega la industria de defensa

El vehículo blindado Anaconda que Santa Bárbara quiere desarrollar desde Sant Cugat de la mano de Gutmar.

El vehículo blindado Anaconda que Santa Bárbara quiere desarrollar desde Sant Cugat de la mano de Gutmar.

La defensa ya no es solo una cuestión militar. Es seguridad, industria, innovación y tecnología. Europa ha iniciado una transformación histórica y Catalunya dispone de todo lo necesario para liderarla. La cuestión es si sabrá aprovechar la oportunidad.

Europa vive una transformación estratégica sin precedentes desde el final de la Guerra Fría. Durante décadas creyó que la paz era irreversible y que la seguridad podía darse por descontada. Esa convicción permitió reducir presupuestos de defensa, deslocalizar industrias estratégicas y confiar en que la globalización garantizaría el suministro de todo lo necesario. Hoy esa certeza ha desaparecido.

La invasión rusa de Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, la creciente inestabilidad en el Mediterráneo y el norte de África y el auge de las amenazas híbridas han obligado a la Unión Europea a replantear sus prioridades. Bruselas ya no habla únicamente de defensa; habla de autonomía estratégica, resiliencia industrial, soberanía tecnológica y seguridad económica. Europa no solo se está rearmando: está protagonizando una de las mayores reindustrializaciones de las últimas décadas.

Ese cambio afecta directamente a Catalunya. La defensa del siglo XXI ya no consiste únicamente en fabricar blindados, fragatas o aviones. Significa desarrollar inteligencia artificial, ciberseguridad, satélites, robótica, comunicaciones seguras, materiales avanzados, drones, logística inteligente y protección de infraestructuras críticas. La frontera entre industria civil y militar es cada vez más difusa. La defensa se ha convertido en un poderoso motor de innovación.

Pero también se ha convertido en una política de seguridad. Las amenazas ya no llegan únicamente en forma de un ejército cruzando una frontera. Los ciberataques, el terrorismo, el crimen organizado, el sabotaje de infraestructuras críticas o la utilización de los flujos migratorios como instrumento de presión política forman parte de la nueva realidad estratégica. La crisis vivida en Ceuta, con la entrada masiva de personas puso a prueba la capacidad de respuesta del Estado, evidenció que la seguridad nacional exige la actuación coordinada de las Fuerzas Armadas, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, los servicios de inteligencia, la diplomacia y la protección civil.

Defensa y seguridad son hoy dos caras de una misma moneda. Sin embargo, Catalunya continúa observando esta transformación con cierta distancia. No porque exista un rechazo generalizado hacia las Fuerzas Armadas, sino porque durante décadas la cultura de la defensa ha ocupado un espacio muy reducido en el debate público. La memoria de la Guerra Civil y del franquismo, una sólida tradición pacifista y el predominio del debate identitario durante los años del ‘procés’ desplazaron cuestiones que hoy resultan esenciales: la seguridad, la política industrial y la autonomía tecnológica.

La paradoja es evidente. Mientras Europa acelera, Catalunya corre el riesgo de llegar tarde precisamente cuando reúne condiciones excepcionales para liderar esta nueva economía. Dispone precisamente de los activos que demanda esta nueva revolución industrial. Su potente industria de automoción, la ingeniería, la electrónica, la química, el 'software', las universidades, los centros tecnológicos y una extensa red de pequeñas y medianas empresas innovadoras la sitúan en una posición privilegiada para participar en este proceso.

Las grandes empresas ya lo han entendido. La oportunidad no consiste únicamente en fabricar equipos de defensa. Consiste en integrar a la industria catalana en las cadenas de valor de la nueva economía europea. Este aspecto resulta especialmente relevante para el sector de la automoción. La transición hacia el vehículo eléctrico y la creciente competencia internacional obligan a muchas empresas auxiliares a diversificar su actividad. Las tecnologías duales vinculadas a la defensa ofrecen una oportunidad para conservar empleo industrial, aprovechar capacidades ya existentes y abrir nuevos mercados internacionales.

Pero existe otro factor que tampoco puede ignorarse: la confianza. Las grandes inversiones industriales necesitan estabilidad institucional, seguridad jurídica y previsibilidad. En Catalunya, parte del tejido empresarial observa con inquietud la persistencia de discursos abiertamente antimilitaristas impulsados por algunas formaciones políticas y determinados movimientos sociales. Esas posiciones forman parte del legítimo pluralismo democrático y deben ser respetadas. Sin embargo, también es cierto que las empresas valoran el clima institucional cuando deciden dónde invertir proyectos concebidos para varias décadas.

Mientras otras regiones europeas compiten por atraer centros tecnológicos, fábricas y programas estratégicos, Catalunya no puede permitirse proyectar dudas sobre un sector que la propia Unión Europea considera prioritario para su autonomía estratégica. Catalunya no necesita renunciar a su tradición de apertura, innovación o europeísmo para participar en esta transformación. Todo lo contrario.

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