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Opinión | Comtal Street
Álex Sàlmon

Álex Sàlmon

Periodista. Director del suplemento 'Abril' de Prensa Ibérica. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

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Can Oller, un siglo de bar

El local actual es producto de tres generaciones, la última, la del joven dominicano que ha mantenido la esencia del bar como en aquellos lejanos años 20

Alcides Pimentel, tercera generación y responsable del Bar Can Oller

Alcides Pimentel, tercera generación y responsable del Bar Can Oller / Marc Asensio Clupés

En casa siempre fue "El padre y el hijo", pero su nombre es Can Oller. Se trata de un bar situado en la esquina de la calle de Còrsega y el paseo de Sant Joan, frente a la fuente de Hércules, considerada la más antigua de la ciudad. Se inauguró en 1928, aunque la placa bajo su entrada rece 1929. Cosas de la lenta burocracia de entonces. Lo abrió Pep Oller, que llegó de Vallirana para establecerse en Barcelona.

Hacían ollas de barro desde tiempo muy atrás. De ahí el apellido Oller. El bar, poco a poco, se fue convirtiendo en punto de encuentro de muchos vecinos por su ubicación en la esquina. Además, el barrio, conocido por la Masia d’en Grassot, comenzaba a consolidarse. En los años 60 llegó al bar el hijo que trabajaba en la banca: en Pepitu, así lo llamaba su padre y también los clientes. Existe algún dibujo de él en el local.

Tenía un aspecto bonachón que iluminaba el establecimiento. Una sonrisa plácida ayudada por unos mofletes divertidos. Su pose en la barra era única. De amigo de todos. Según recuerda Alcides Pimentel, el tercer personaje de esta historia, al que siguen llamando "Junior", vivieron padre e hijo en el mismo bar, en los 60 y 70, entre el altillo y una especie de sótano donde ahora tienen un despacho.

Eran de Vallirana. Tenía casas y terrenos, aunque en aquellos años eso valía poco. El futuro estaba en la ciudad. “Pepitu me llevó alguna vez a su pueblo. Nunca entendí cómo pudieron vivir en el bar durante tantos años. Claro que eran otros tiempos”, afirma con cierta nostalgia hacia el hombre que confió en él y le traspasó el negocio. En los años 70, Can Oller era un centro de debate. Nos encontramos al final del franquismo en un barrio cualquiera de Barcelona.

Se reunían en charla privada las fuerzas vivas del barrio: Ramon Passoles, el de la pastelería, ya desaparecida; el escritor Javier Tomeo, vecino de Roger de Flor; los de la farmacia, aún abierta con otro propietario, leídos y cultos, y los de la librería Internacional, en la calle de Nàpols, a los que un grupo de extrema derecha les puso una bomba. Tenían fama de comunistas. Sería 1973. Aquellos eran intelectuales kilómetro cero, y a mucha honra, esos que no salen en las grandes historias.

De Can Oller eran conocidas, y lo son, las tortillas de patatas y una especie de empanadillas que ha ido evolucionando con el tiempo. “Era el aperitivo más típico. Pero la llegada de las empanadas argentinas ha provocado un cambio en los hábitos de esta comida. La pasta la han dejado de hacer”. Y el secreto estaba en la masa, como siempre.

Can Oller conserva la mayoría de las piezas con las que inauguraron en 1928. Sobre todo un gran espejo que parece el escudo del Barça y que Alcides recuerda que un americano le quiso comprar. La gran barra, situada en perpendicular con el paseo de Sant Joan, mantiene el mármol, pero la parte frontal se cambió en 1989. "Yo llegué al bar en 1992. Mi madre era la cocinera de en Pepitu. Somos dominicanos y yo había empezado a estudiar Geografía. Primero fueron cuatro horas los fines de semana y poco a poco se fue incrementando el tiempo. Pep me quería mucho. Le gustaba que no estuviera mirando el reloj", recuerda en un excelente catalán.

Muchos clientes habituales pensaron que Pepitu, a partir de ahora Pep, lo había adoptado. Oller no tenía hijos. Estuvo casado y su pareja todavía vive en Palau de Plegamans. "En el 2002 me hizo un planteamiento serio, sobre todo de cara al alquiler". El bar está en una finca de propiedad vertical, y aunque el local tiene un alquiler protegido, siempre existe el miedo a la relación contractual. "Aunque nunca ha habido problemas".

Can Oller no siempre ocupó toda la esquina. A finales de los 70, y como el negocio iba muy bien, sin un solo día de fiesta, Pep Oller hijo, arrendó el local de al lado. Era de unas planchadoras que se jubilaban, en un momento que ese oficio comenzaba a desaparecer. Todavía puede observarse la puerta a ese local, ahora convertida en ventana.

El Oller actual es producto de tres generaciones. La última, la del joven dominicano que ha mantenido la esencia del bar como en aquellos lejanos años 20. El lugar ha superado todo tipo de vicisitudes políticas. Y ahora está a punto de cumplir un siglo de historia.

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