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Opinión | Correspondencia abierta
Agnès Marquès

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Periodista

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¿Por qué la guerra?

Este agosto volvemos a abrir correspondencia ajena. No para fisgonear -o no solo-, sino porque hay preguntas que, confiadas al papel, parecen esperar a que alguien vuelva a leerlas

Albert Einstein, en una imagen de archivo.

Albert Einstein, en una imagen de archivo. 

El verano pasado, en esta misma serie, descubrimos que las cartas no siempre pertenecen a la intimidad. A veces, una carta escrita para una sola persona acaba interpelando a todo un país o atravesando los siglos. En 'Las cartas son para el verano' leímos, entre otras, la de Charles Dickens denunciando las ejecuciones públicas en 'The Times'.

Este agosto volvemos a abrir correspondencia ajena. No para fisgonear -o no solo-, sino porque hay preguntas que, confiadas al papel, parecen esperar a que alguien vuelva a leerlas. El 30 de julio de 1932, Albert Einstein escribió desde Potsdam a Sigmund Freud. La iniciativa surgió de un encargo de la Sociedad de Naciones, a través de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, precursor de la Unesco, que invitaba a figuras destacadas a intercambiar ideas sobre los grandes problemas de la humanidad. Einstein escogió a Freud y le formuló la pregunta esencial: "¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?"

Europa todavía arrastraba las heridas de la Primera Guerra Mundial, el fascismo crecía y Hitler llegaría al poder pocos meses después, en enero de 1933. Einstein, judío, científico y pacifista, contemplaba con alarma como la ciencia había multiplicado la capacidad de destrucción humana. La guerra amenazaba ya a la civilización entera. Einstein señalaba los intereses económicos y políticos de una minoría que necesitaba la guerra y se preguntaba cómo conseguía que la mayoría aceptara sufrir y morir para defenderlos.

La escuela, la prensa y, a menudo, la religión, decía, contribuían a modelar la opinión pública. Pero había una pregunta que lo desbordaba: ¿cómo era posible que la propaganda despertara en las personas "un entusiasmo salvaje, hasta llegar al sacrificio de su vida"? ¿Por qué resultaba tan fácil encender el odio? Einstein no buscaba en Freud una respuesta diplomática. Lo consideraba un "experto en la vida de los instintos humanos" y le preguntaba si era posible inmunizar a la humanidad contra la psicosis de la destrucción.

Freud respondió desde Viena en septiembre de aquel mismo año. Empezó con un matiz que era toda una declaración de intenciones. Allí donde Einstein hablaba de fuerza y derecho, él proponía hablar de "violencia y derecho". El derecho, explicaba, no nace como opuesto a la violencia, sino como su transformación histórica. Primero domina la fuerza individual y, después, la fuerza del grupo. "El derecho es el poder de una comunidad", escribe Freud. Pero ese poder no elimina la violencia, sino que la canaliza.

No existe, por tanto, una frontera clara entre civilización y barbarie. La segunda no desaparece, sino que se reorganiza dentro de la primera. Freud tampoco comparte el optimismo sobre la posibilidad de eliminar la agresividad humana. La vida psíquica, explica, está gobernada por dos fuerzas básicas: las que unen y conservan -los impulsos de Eros- y las que destruyen y separan. Ambas conviven en cada individuo.

"No hay posibilidad alguna de eliminar las tendencias agresivas del ser humano". No es una justificación de la guerra, sino una advertencia: la propaganda bélica no inventa el odio, sino que lo despierta. ¿Significa eso que la guerra es inevitable? Freud no lo afirma. Confía en que, mientras el instinto destructivo no pueda suprimirse, sea posible contrarrestarlo.

"Todo cuanto establezca vínculos afectivos entre los hombres debe actuar contra la guerra", escribe. Estos vínculos pueden proceder del amor, pero también de la identificación, de la sensación profunda de que el otro no es un enemigo, sino alguien con quien compartimos una misma condición humana. La carta termina con una pregunta que es casi una esperanza: "¿Por qué nos indignamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros?" Freud responde que la cultura nos ha transformado. No ha eliminado la violencia, pero ha hecho más difícil aceptarla.

Finalmente, se pregunta: "¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que también los demás se vuelvan pacifistas? Es imposible decirlo". Y añade: "Entretanto, podemos confiar en que todo cuanto promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra". Freud se despide así: "Reciba mi más cordial saludo y, si esta exposición le ha resultado decepcionante, mis más sinceras disculpas".

La correspondencia se publicó en París en 1933 con el título ¿Por qué la guerra?, propuesto por el propio Freud. Aquel mismo año, el nazismo ya había tomado el poder y tanto Einstein como Freud se convertirían en enemigos del régimen. Sus libros serían quemados públicamente. Casi cien años después, muchos seguimos esperando.

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