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Opinión | Crisis migratoria
Sonia Andolz

Sonia Andolz

Profesora asociada de la Universitat de Barcelona

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Ataques de manos vacías

La respuesta española a la burda instrumentalización que ha hecho Marruecos de las vidas de miles de personas debe orientarse a dejar de confiar la gestión de la frontera a este país no democrático

Los menores, en la crisis de Ceuta: "Han llegado miles y nadie sabe cuántos”

Migrantes llegados ilegalmente a Ceuta

Migrantes llegados ilegalmente a Ceuta / Iván Zambrano / Europa Press

El pasado 30 de julio, de forma inesperada, más de setenta mil personas cruzaron la frontera en Ceuta, desencadenando una crisis. La pasividad del dispositivo marroquí obliga a preguntarse qué pretendía Marruecos y cómo debe responder España. Se ha descrito la situación como un “ataque”, una “guerra territorial” o un “asalto”. Sin embargo, estos términos pertenecen al lenguaje bélico y conviene matizar su uso.

Aunque las guerras actuales incorporan dimensiones híbridas -como la desinformación, los ciberataques o la amenaza de cortar los recursos energéticos-, la entrada masiva de personas desarmadas no constituye una declaración de guerra en sí misma, pero supone una vulneración de la integridad territorial. Quienes cruzaron la frontera buscaban oportunidades, ayuda o asilo y ni siquiera los incidentes o saqueos aislados consecuencia de la falta de atención humanitaria pueden constituir actos de guerra. Son, como mucho, faltas o delitos leves.

Lo que sí debería preocupar al Gobierno y a la sociedad es la vulnerabilidad estratégica de España. La elevada dependencia comercial y energética respecto a Marruecos fortalece la capacidad de presión de un régimen no democrático que ha demostrado utilizar la gestión fronteriza y a las personas migrantes como instrumento político para atacar o debilitar a los gobiernos españoles a discreción.

Por otro lado, que tantas personas se levantasen un día y de forma improvisada y sin tener un proyecto migratorio pensado y definido estuvieran dispuestas a dejarlo todo y jugarse la vida intentando entrar en España no es bueno para nosotros. Ello evidencia la enorme desigualdad existente entre ambas orillas, y alimenta la inestabilidad y la inseguridad.

La respuesta española a la burda instrumentalización que ha hecho Marruecos de las vidas de miles de personas, la mayoría sus propios ciudadanos, debe orientarse a reducir la dependencia estratégica y disminuir la desigualdad en el nivel de vida entre ambos. Dejar de confiar la gestión de la frontera a un país no democrático como es el alauita y permitir que se pueda acceder a esta de forma segura sería un buen inicio.

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