
Vicepresidente ejecutivo del AMB y alcalde de Cornellà de Llobregat
Recuperar el sentido de la política
Las sociedades progresan cuando creen que el mañana puede ser mejor que el presente y cuando perciben que el esfuerzo colectivo merece la pena.
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Barcelona, 08/10/2025 Política. Debate de política general en el Parlament. Intervenció dels grups parlamentaris i debat amb el president. Salvador Illa. AUTOR: MANU MITRU / Manu Mitru / EPC
Vivimos una época en la que las sensaciones pesan más que los hechos. La sobreactuación de minorías ruidosas y la hiperfragmentación del espacio público han convertido el debate en una sucesión de impactos instantáneos. Nunca habíamos dispuesto de tanta información y, sin embargo, nunca había sido tan sencillo imponer un relato al margen de la realidad.
La indignación relega el análisis, el ruido oculta los argumentos y la emoción suplanta los datos. Todo se consume deprisa y casi nada deja poso. En ese proceso hemos ido perdiendo algo más importante que la calidad de la conversación: el sentido mismo de la política. Nadie roba por completo el futuro de una sociedad. El futuro también se pierde cuando una comunidad deja de reaccionar, se instala en la resignación o convierte la búsqueda permanente de culpables en un proyecto político. El "y tú más" puede resultar rentable a corto plazo, pero nunca construye una mayoría social ni consolida un proyecto de país.
Durante demasiado tiempo creímos que bastaban los hechos y una buena gestión. Pero los hechos no derrotan por sí solos a los relatos, ni las evidencias neutralizan el miedo cuando este se convierte en el lenguaje dominante de una sociedad. Gobernar bien sigue siendo imprescindible; hoy, sin embargo, ya no basta. Una sociedad necesita un relato compartido que dé sentido a los cambios que vive. Cuando se renuncia a explicarlos, otros ocupan ese espacio con simplificaciones, identidades excluyentes y falsas soluciones. La política no está perdiendo porque gestione peor, está perdiendo porque otros han aprendido a organizar mejor las emociones colectivas.
La acción pública necesita convicción, pero también serenidad. Ha de ser pasional en sus ideales, pero sobria en sus gestos; firme en sus principios y paciente en sus explicaciones. Debe ser capaz de convencer, pero también de perseverar, porque la confianza no nace de un instante de entusiasmo, sino de la coherencia mantenida en el tiempo. La naturaleza de la gestión pública es transformar despacio, pero cuando es constante, sus cambios perduran.
Hubo un tiempo en que una frase resumió una época: "Es la economía, estúpido". Hoy quizá habría que reformularla: "Es el miedo y la incertidumbre". Porque el miedo condiciona buena parte de nuestras decisiones colectivas. Alimenta la desconfianza, exagera las diferencias y convierte cualquier dificultad en una amenaza existencial.
El poder siempre ha existido, pero hoy adopta formas distintas. Quienes controlan la información, la atención, los algoritmos y las plataformas digitales disponen de una capacidad de influencia que ninguna generación anterior había conocido. Ya no solo se producen bienes de consumo; también se mercantilizan nuestras emociones, percepciones y comportamientos. La polarización genera más beneficios que el acuerdo y la ira circula más rápido que la reflexión.
La socialdemocracia necesita recuperar su "masa madre": ese conjunto de valores, método y cultura política que permite interpretar la realidad antes de proponer soluciones. Sin esa fermentación lenta, las ideas se convierten en ocurrencias y la política acaba reducida a una competición de eslóganes. Recuperar esa cultura política exige paciencia, inteligencia y generosidad. Significa volver a responder con honestidad a tres preguntas esenciales: qué hacemos, por qué lo hacemos y para quién lo hacemos. Significa también reconstruir un «nosotros» capaz de integrar una sociedad diversa.
Siempre habrá corrupción y habrá que combatirla con firmeza. Pero reducir la política a la corrupción significa entregar la victoria a quienes desean desacreditar lo público. La política no puede definirse por sus peores ejemplos, sino por su mejor función: proteger el interés general y garantizar una acción equitativa de los poderes públicos. El gran problema de nuestro tiempo no es solo económico. Es también cultural. Hemos sustituido el bien común por la suma de intereses particulares.
Cada generación reclama respuestas únicamente para su franja de edad y cada individuo exige soluciones a su medida. Hemos convertido la inseguridad del «yo primero» en una forma de entender y organizar la sociedad. Sin embargo, las grandes transformaciones nunca fueron individuales. Ningún avance democrático nació del aislamiento. La historia avanza cuando una sociedad es capaz de construir un «nosotros» compartido.
La alternativa a la democracia sigue siendo el autoritarismo. No necesariamente con los rostros del siglo XX. Hoy adopta formas más sutiles: liderazgos que llegan envueltos en la promesa de soluciones fáciles, en el desprecio a las instituciones o en la idea de que deliberar es perder el tiempo. Las democracias rara vez mueren de golpe; se vacían lentamente cuando la ciudadanía deja de confiar en la política.
Mientras tanto, nuestras ambiciones comunitarias se han eclipsado ante un nuevo orden feudal tecnológico. Hemos cedido nuestra atención, nuestras conversaciones y parte de nuestra capacidad crítica a plataformas cuyo negocio consiste en mantenernos conectados, gobernándonos desde intereses privados, tratándonos como vasallos y no como ciudadanos libres.
El miedo se ha convertido en la gran multinacional de nuestro tiempo. No cotiza en bolsa, pero obtiene beneficios extraordinarios. Convierte la incertidumbre en resignación y la resignación en inmovilismo. Sin embargo, el malestar social no nace de las grandes cifras macroeconómicas. Germina en la frustración de afrontar la vida cotidiana: del difícil acceso a la vivienda, de la precariedad, de la soledad y de la incapacidad de imaginar un futuro mejor que el presente.
Es ahí donde la política de progreso debe volver a demostrar su utilidad. Construir siempre ha sido más difícil que destruir. El progreso nunca ha pertenecido al mercado de la inmediatez; exige tiempo, acuerdos y la voluntad de pensar más allá de uno mismo. Necesitamos reconstruir una hegemonía cultural que vuelva a situar el bien común en el centro. No para negar las diferencias, sino para articular intereses compartidos y recordar que ninguna sociedad prospera cuando cada cual camina únicamente en defensa de lo propio.
Defender la política implica recuperar la confianza y volver a imaginar un horizonte compartido. La política no puede limitarse a administrar problemas; debe volver a construir futuro. Porque las sociedades progresan cuando creen que el mañana puede ser mejor que el presente y cuando perciben que el esfuerzo colectivo merece la pena. El poder nunca desaparece. Cuando la política retrocede, otros ocupan su lugar: los mercados sin reglas, los monopolios tecnológicos, los intereses particulares o los líderes que prometen soluciones sencillas para problemas complejos.
La diferencia es que esos poderes no responden ante la ciudadanía ni están sometidos al control democrático. Por eso, defender la política sigue siendo, hoy más que nunca, defender la democracia.
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