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Opinión | OPINIÓN

Anna Grau

Anna Grau

Periodista, escritora y exdiputada en el Parlament

Dejen respirar al Raval

El Gremi de Restauració de Barcelona, liderado por Roger Pallarols, es clave para la vitalidad y acogida de la ciudad frente a las políticas municipales.

Barrio del Raval, Barcelona.

Barrio del Raval, Barcelona. / EPC

Viví brevemente en el Raval, en la calle de la Cera, a mediados de los 90. Mis padres estaban horrorizados pero a mí siempre me había gustado el barrio, que, incluso en sus momentos más ásperos, ha mantenido un peculiar código de honor. A mí me han robado varias veces en Barcelona. Nunca en el Raval, y menos cuando era vecina.

Inicié luego una especie de diáspora, de la que, a lo tonto, a lo tonto, no volví hasta veinte años después. Durante esos veinte años, en incursiones relámpago, iba sacando la impresión de que el Raval perdía sus contornos patibularios para reinventarse en una mezcla de diseño extramuros y melting pot. En 2021, cuando me reencontré pateando Barcelona día sí, día también (con sus noches...), comprobé con emociones encontradas que el Raval me recordaba más a un suburbio de Bombay que a la leyenda canalla de toda la vida. La mía.

Cuando yo residía en Nueva York, muchos amigos que venían a visitarme me envidiaban la poderosa “experiencia multicultural”. Digamos que cuando estás de vacaciones gusta salir a la calle y oír hablar más idiomas de los que en tu cabeza caben. Otra cosa es de lunes a viernes, cuando vas a trabajar o a todo lo contrario, y no estás para cosmopolitismos. O cuestan más. En fin. Que porciones enteras de esta ciudad amenazaban y amenazan con disolverse como azucarillos no en una amalgama cultural más rica y más amplia, sino en un caos de desconfianzas, exclusiones o algo peor. Ya saben.

¿Qué caballería suele venir al rescate de la cordialidad humana? ¿Qué fuerza de choque es la primera interesada en promover la convivencia? No falla: la restauración. El Gremi de Restauració de Barcelona, con Roger Pallarols al frente, ha hecho más por mantener la ciudad viva, vibrante, acogedora y además confiada en ser capaz de mantener su personalidad y su estilo, caiga quien caiga y venga quien venga, que muchos presidentes de la Generalitat y casi que ningún alcalde.

¿De verdad las mismas autoridades que no atinan a garantizar la seguridad de un barrio tienen que encarnizarse con impuestos, multas, inspecciones y zancadillas de todo tipo a los que ponen el cuerpo y el negocio para que el Raval siga siendo un sitio al que ir, no del que huir? ¿No se han dado cuenta la izquierda caviar y/o la izquierda butifarra de que hay vida inteligente y exigente más allá de la plaça Sant Jaume?

Da también mucho que pensar que la feroz y creciente desigualdad social entre propietarios e inquilinos (esa brecha que no para de agudizarse y de crecer gracias a las catastróficas políticas de vivienda de las ya mencionadas izquierda caviar + izquierda butifarra...), marque la diferencia entre la vida y la muerte de los negocios. Ya hay que tener casa propia hasta para poder trabajar de sol a sol, sin tregua, sin pausa y casi sin festivos (excepto a la hora de desayunar, mira tú: otro indicio de extinción de la clase obrera). Si Terenci Moix levantara la cabeza...de Juan Marsé, ya mejor ni hablamos.