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Opinión | Urbanismo
Susana Cabrera

Susana Cabrera

Susana Cabrera es Regional Manager and Head of Investment Management Iberia de PATRIZIA

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La oportunidad del 22@ para seguir transformando Barcelona

La reutilización de edificios obsoletos en este distrito ha demostrado que la regeneración de activos existentes puede ser una palanca de competitividad, sostenibilidad e identidad urbana.

Una fábrica textil del Poblenou renacerá como edificio singular de oficinas

Render del proyecto 'Nocco' para transformar una antigua fábrica de tules y encajes del Poblenou

Render del proyecto 'Nocco' para transformar una antigua fábrica de tules y encajes del Poblenou / Patrizia

Durante años, el debate sobre el crecimiento de las ciudades se ha planteado casi siempre en términos de nueva construcción. Construir más viviendas, más oficinas, más infraestructuras, más equipamientos. Sin embargo, en ciudades consolidadas, densas y con una elevada presión sobre el suelo, como Barcelona, una de las grandes oportunidades urbanas no pasa únicamente por construir más, sino por reprogramar mejor lo que ya existe.

Esta tendencia no es exclusiva de Barcelona. Otras ciudades europeas, como Ámsterdam o Milán, vienen priorizando desde hace años la transformación sostenible de sus tejidos urbanos frente a modelos basados únicamente en la expansión. En ese contexto, Barcelona cuenta con una ventaja especialmente relevante: un distrito como el 22@, capaz de demostrar que la regeneración de activos existentes puede ser una palanca de competitividad, sostenibilidad e identidad urbana.

Fábricas en desuso, edificios industriales infrautilizados, oficinas antiguas que ya no responden a las necesidades actuales, activos con una ubicación estratégica pero sin capacidad para generar valor urbano. Todos ellos forman parte de una realidad cada vez más evidente: muchas ciudades tienen dentro de sí mismas la materia prima necesaria para seguir evolucionando.

Reciclar la ciudad significa transformar sus piezas obsoletas para adaptarlas a nuevas formas de vivir, trabajar, desplazarnos, relacionarnos y consumir. Cuando un activo se rehabilita con ambición, el impacto no se limita a sus metros cuadrados: puede cambiar la dinámica de una calle, atraer nueva actividad económica, mejorar la calidad del entorno, generar comunidad y contribuir a redefinir el modelo de barrio.

El distrito 22@ de Barcelona es uno de los mejores ejemplos de esta capacidad de transformación. Lo que durante décadas fue un tejido industrial vinculado a la actividad fabril se ha convertido en uno de los principales polos de innovación, tecnología y conocimiento del sur de Europa. Su evolución demuestra que los cambios de uso, bien planificados, pueden ser mucho más que una herramienta urbanística: pueden convertirse en una palanca real de regeneración urbana.

En ciudades tensionadas, donde la demanda de activos de calidad convive con una oferta limitada y con restricciones de suelo, la reutilización de edificios obsoletos adquiere una importancia estratégica. Permite incorporar nueva oferta sin recurrir necesariamente a modelos expansivos, adaptar inmuebles existentes a estándares actuales y responder a necesidades que han cambiado de forma acelerada en los últimos años. Las compañías buscan edificios eficientes, flexibles, sostenibles, bien conectados y capaces de ofrecer una experiencia diferencial a sus equipos.

Ahí es donde la rehabilitación puede marcar la diferencia. Transformar una antigua fábrica o un edificio infrautilizado en un espacio de trabajo contemporáneo no consiste únicamente en cambiar un uso por otro. Consiste en actualizar un fragmento de ciudad. En conservar aquello que le da identidad; como su memoria, su escala, sus elementos arquitectónicos, su relación con el barrio; y, al mismo tiempo, dotarlo de nuevas prestaciones: eficiencia energética, tecnología, bienestar, flexibilidad, accesibilidad y capacidad de adaptación.

Esta forma de intervenir tiene además una dimensión sostenible muy tangible. Rehabilitar implica, en muchos casos, reducir demoliciones, aprovechar estructuras existentes, limitar el consumo de nuevos materiales y disminuir la huella de carbono asociada al ciclo de vida del edificio. La sostenibilidad urbana no puede depender únicamente de grandes declaraciones; también se construye a través de decisiones concretas sobre cómo reutilizamos lo que ya existe.

El reciclaje urbano también ayuda a reducir tensiones. Incorporar espacios de calidad en ubicaciones consolidadas puede contribuir a evitar desplazamientos innecesarios, aprovechar infraestructuras existentes, acercar actividad económica a zonas bien conectadas y diversificar los usos de barrios que, de otro modo, corren el riesgo de quedar infrautilizados o excesivamente especializados. Un distrito competitivo no es aquel que concentra un único uso, sino aquel que combina trabajo, vivienda, servicios, cultura, comercio, espacio público y vida cotidiana.

Por eso, hablar de reciclaje urbano es hablar también de competitividad. Las ciudades que mejor sepan transformar sus activos obsoletos serán las que podrán responder con mayor agilidad a los cambios económicos, sociales y tecnológicos. No se trata solo de proteger el patrimonio, ni solo de generar rentabilidad inmobiliaria. Se trata de convertir edificios que han perdido su función original en motores de nueva actividad, nuevos usos y nuevas dinámicas urbanas.

En el 22@, esta lógica empieza a tomar forma en proyectos que demuestran cómo la rehabilitación puede ir más allá de la recuperación arquitectónica. Es el caso de NOCCO, un antiguo edificio industrial situado en la calle Perú, 62, construido en 1946 como fábrica de tules y encajes, que ha sido transformado en un espacio de trabajo no convencional. Su transformación ilustra cómo la rehabilitación puede reinterpretar la memoria industrial del 22@ sin renunciar a estándares contemporáneos. Lejos de plantearse como una nueva construcción, el proyecto apuesta por reutilizar la estructura existente, preservar elementos originales vinculados a la historia del edificio y del barrio, y adaptar el inmueble a nuevas formas de trabajo más flexibles, sostenibles y orientadas al bienestar de las personas.

Barcelona tiene en el 22@ un laboratorio privilegiado para demostrarlo. El distrito ha sabido convertir parte de su pasado industrial en una nueva centralidad económica. En calles como Perú, Pere IV o Sancho de Ávila, donde conviven antiguas naves industriales con nuevas oficinas y espacios creativos, esta transformación ya es visible en el día a día del barrio. Ahora, su siguiente etapa pasa por seguir profundizando en esa lógica: no borrar la ciudad anterior, sino reinterpretarla; no sustituir identidad por modernidad, sino hacer que ambas convivan; no desarrollar activos aislados, sino activar entornos.

La gran oportunidad inmobiliaria de las ciudades consolidadas no está solo en crecer hacia fuera, sino en mirar hacia dentro. En detectar qué edificios han quedado fuera de ciclo, qué usos ya no responden a las necesidades actuales y qué piezas urbanas pueden volver a tener sentido si se transforman con visión. Reciclar la ciudad es, en definitiva, una forma de inversión a largo plazo: en activos, sí, pero también en barrios, en sostenibilidad, en talento y en calidad de vida.

Porque cuando un edificio obsoleto se transforma bien, no cambia solo su valor. Puede cambiar también la manera en que un barrio funciona, se percibe y se proyecta hacia el futuro.

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