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Opinión | La crisis de Ceuta
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El apocalipsis de alma europea

La entrada de migrantes en Ceuta ha destapado las costuras de España ante esta jugada de Marruecos. Es la enésima vez que el país vecino ningunea al gobierno español.

La crisis de Ceuta pone en cuestión la colaboración migratoria de Marruecos tras el giro de Sánchez sobre el Sáhara

Marruecos reconoce 40.000 entradas de migrantes a Ceuta y 11 muertos en su territorio

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La entrada de marroquíes en Ceuta me pilló de camino a París. El artículo fácil se podía haber escrito solo. Europa ahora se indigna ante una imagen impactante de nuestra debilidad fronteriza; cuando basta un solo día para notar que la porosidad con el Magreb es parte del sistema nacional de Francia, Bélgica o Alemania. Rajoy debió escribir un artículo racista; pero Macron, con todo el sentido del humor del mundo, se pone muy digno con los Pirineos. Como si hubiese controlado muy bien cada vez que arde París porque el PSG ha ganado o perdido algo.

Lo mismo ocurre con el gran canciller alemán, Friedrich Merz, que nos llama a controlar las fronteras cuando tienen atentados constantemente en su casa; el último el 26 de julio, cuando un terrorista llamado Abdul atropelló a varias personas en Berlín. No cabe duda de que a España se le han visto las costuras con esta jugada de Marruecos. Como también es obvio que es la enésima vez que el país vecino ningunea al gobierno español con total impunidad.

Pero todo esto son solo las pésimas circunstancias en las que nos encontramos. La debilidad de Sánchez en cualquier ámbito -salvo TikTok- nos hace ser el hazmerreír del mundo. A nivel internacional solo nos queda El Quijote, el Prado y el fútbol. Pero Francia, Alemania o Inglaterra no están mucho mejor. Con todo, ese no es realmente el problema de España. Tampoco el de Europa. De poco o nada sirve que surjan ahora entre nosotros las tendencias defensivas, como si protegerse de lo foráneo fuera suficiente para sobrevivir. No bastará con que nos contentemos con echar a los otros. Somos un continente enfermo.

Claro que la inmigración es un problema demográfico, pero lo es especialmente porque hace mucho tiempo que Europa está desalmada. Los primeros bárbaros no son los que vienen de fuera. Ni siquiera los que hace tiempo que conviven con nosotros sin mezclarse. Su mayor fuerza es nuestra debilidad. La primera y peor barbarie es la de los propios europeos de origen, que carcome toda su interioridad.

Crecen por doquier los impulsos nacionalistas, como si bastara con juntar tres o cuatro características de nuestra patria para mantener con vida al viejo continente. Como si no hubieran sido precisamente este tipo de trucos baratos los que remataron nuestra cultura hace menos de cien años. El viejo Hegel ya decía que la experiencia y la historia enseñan que los pueblos y los gobiernos nunca han aprendido nada de la historia. Los problemas y las falsas soluciones siempre se repiten.

Pero tampoco aprendemos del presente. Hace muy poco que Catalunya murió por culpa de Pujol, que tuvo la genial idea de reducir la cultura catalana a la lengua, las sardanas y el rechazo a los de fuera. Mataremos a España de la misma manera, a base de nacionalismo barato. Hoy he visitado otra vez el Museo de Orsay. Monet, van Gogh, Renoir, Manet, Degas, Cézanne… Me gustan porque muestran la bella muerte del viejo mundo. Románticos, adoradores de una naturaleza que devora las formas. Sus pinturas son la metáfora de la liquidación de una cultura que se disuelve sus contornos. Es el canto del cisne. Hace 200 años que Europa agoniza porque no sabe quién es ni quién debería ser.

No, no nos resucitarán las estrategias de defensa ni los falsos sentimientos del nacionalismo. Hace 200 años que padecemos esta enfermedad autoinmune y los muros más altos del mundo no servirán protegernos.

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